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Ciudad de poetas

¡Qué de poetas ha habido en mi ciudad!

. Catón
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De política y cosas peores

Sor Bette y sus alumnas del Colegio de las Damas iban de paseo por el campo cuando vieron -espectáculo pecaminoso- a un gallo que perseguía a una gallina. En su carrera la gallinita atravesó el camino y fue arrollada por una troca -del inglés truck- que pasaba. Les dijo la sor a sus pupilas: “¿Lo vieron, hijas mías? Prefirió la muerte antes que la pérdida de la virtud”. (Lejos de mí la temeraria idea de contrariar a la reverenda madre, pero, mutatis mutandis -cambiando lo que hay que cambiar-, yo habría preferido la pérdida de la virtud. Bien dice el apotegma popular: La vida no retoña. La virtud, en cambio, puede florecer de nuevo, como lo prueba la existencia de las Arrepentidas, piadosa congregación formada por prostitutas que al paso de los años habían perdido atractivos y clientela). “En Saltillo el que no es poeta hace cajeta”. La frase proverbial mencionaba al sabroso dulce que se hacía -se hace aún- con pulpa de perón o de membrillo en las aromadas cocinas saltilleras, y aludía también a la abundancia de liróforos, si me es permitido el uso de ese inusitado término. ¡Qué de poetas ha habido en mi ciudad! Manuel Acuña, claro, a quien bastaron dos poemas para ganar una inmortalidad que en estos tiempos se ha vuelto muy mortal; Otilio González, bárbaramente asesinado en Huitzilac por esbirros de Álvaro Obregón; José León Saldívar, autor de un símil rutilante: “Las estrellas: Salivas luminosas que mojaron los labios de Dios cuando dijo la metáfora del universo”; José García Rodríguez; Rafael del Río; Felipe Sánchez de la Fuente. Y Jesús Flores Aguirre, nacido en la señorial Villa de Patos, cultivador acabalado de tres disímbolos oficios: El de poeta, el de abogado y el de fortunoso seductor de damas. “No soy rico ni guapo -solía decir-. Lo único que necesito para conquistarlas es que me dejen hablar”. Viene ahora a mi memoria, a la que pocas cosas viene ya, un lindo soneto trisílabo que Flores Aguirre escribió en Parras, ciudad hermosa de Coahuila, lugar de viñas y de vinos: “Precioso / racimo / arrimo / amoroso. / Goloso / lo oprimo, / y exprimo / y destrozo. / El mosto / de agosto / simula / granate / y abate / mi gula”. Desde luego había otros poetas no tan buenos, como el que cantó a la trágica muerte del célebre aviador: “Iba Francisco Sarabia / volando sobre el Potomac / cuando de pronto ¡pac!”; o el que hizo el encomio de nuestra ciudad: “Saltillo, siempre Saltillo, / con sus grandes catedrales. / Saltillo, siempre Saltillo, / siempre remedia los males. Con su benemérita Normal, / y su glorioso Ateneo Fuente / y el Tecnológico Regional, / que está del Ateneo enfrente”. En fin, lo que cuenta es el sentimiento. Pero vuelvo a Jesús Flores Aguirre, ahora en su faceta de abogado. Decía él que la ley es como chicle: Puede torcerse, estirarse y hacerse para un lado o para otro según sea la voluntad de quien la aplica, voluntad que también puede ser torcida y hecha para un lado o para otro, ya sea por influjo del poder o del dinero. Visión desfavorable del Derecho y la justicia es ésa, pero valedera en su tiempo y más certera ahora, cuando vemos que a los adictos al régimen se les ofrece dadivosamente gracia y justicia, en tanto que a quienes no pertenecen a él se les da desgracia y se les trata con injusticia. Una antigua frase misantrópica decía: “Del cura, el abogado y el doctor, mientras más lejos mejor”. No hago mía esa sentencia, pero me deja pensando, por lo menos en un 33%. “No hay hombre perfecto” -filosofó uno de los parroquianos del Bar Ahúnda. “Sí lo hay -opuso uno de sus compañeros de mesa-. Yo me casé con su viuda”. FIN.