Facultades de la UNAM
No sé si lo digo en mi abono o para mi descrédito: Fui alumno en tres facultades de la UNAM.

Terminó el acto del amor y ella encendió un cigarro. Le dijo él: “Si sigues fumando se te harán más chicas las bubis”. Ripostó ella: “Entonces tú debes haber fumado mucho”. (Nota explicativa: El galán no tenía un cigarro: Tenía un pitillo). Don Algón fue a visitar a su hijo, que estudiaba la carrera en otra ciudad. Cuando llegó a la residencia de estudiantes pasaba ya la medianoche. Aun así tocó el timbre. Asomó un muchacho por la ventana del segundo piso. “Diga”. Preguntó don Algón: “¿Aquí vive Malvarino Patané?”. Sí -respondió el chico-. A’i tírelo en el jardín”. No sé si lo digo en mi abono o para mi descrédito: Fui alumno en tres facultades de la UNAM. La primera fue la de Ciencias Políticas y Sociales, cuando el plantel se hallaba todavía en Mascarones antes de trasladarse a CU. Aspiraba yo a ser diplomático -tenía ya cierta experiencia, pues había sido actor-, y me inscribí en esa facultad donde tuve de compañero a Enrique Álvarez Félix y como maestros al sapientísimo y bondadoso don Luis Recasens Siches y a don Luis R. Cuéllar, excelente profesor de francés que nos enseñaba esa preciosa lengua haciéndonos aprender de memoria versos de Rimbaud, Verlaine y Baudelaire. Me topé, sin embargo, con un obstáculo invencible: La materia de Estadística, fincada en la ciencia matemática, indispensable saber que me ha sido vedado desde siempre. Eso me hizo saltar de aquel plantel y llegar a otro al cual no entraban los guarismos: La prestigiosa Facultad de Derecho. Ahí asistí a las cátedras de don Andrés Serra Rojas, don Mariano Jiménez Huerta, don Ernesto Gutiérrez y González y -afortunado que soy- don Ignacio Burgoa, con quien tuve el honor de amistar al paso de los años. En el teatro de cámara de Radio Concierto, en Saltillo, dio el maestro Burgoa una conferencia en la cual hizo un recuento emocionado de su vida. “Jamás había hablado de mí mismo en una conferencia -me dijo después-, pero algo me llevó a hacerlo aquí”. Terminada la presentación un inolvidable amigo, Onésimo Flores Rodríguez, nos recibió en su casa. Ahí, inspirados por benévolos espíritus, el maestro y yo entonamos a dúo canciones de Guty Cárdenas y Lara. Él era dueño de una magnífica voz de bajo barítono, y yo le hacía una segunda de tercera. Fui estudiante también de Filosofía y Letras. ¿Mis maestros? Rafael Salinas, de latín; Demetrio Frangos, de griego; Pablo Martínez del Río, de Historia; Margarita Quijano, novia que fue de Ramón López Velarde, de Literatura Dramática Comparada. Llevo en mí esos años como si no fueran años, sino apenas días. Por eso siento las dificultades por las que está pasando ahora mi Alma Máter. Pasajera será esta tormenta; otros más fuertes vientos y mayores tempestades ha visto la Universidad, y todo retornará a su cauce. El buen sentido, la buena voluntad y el amor a la noble Casa de Estudios harán que por su raza hable el espíritu, y no la politiquería. Inspirado este día has estado, columnista. Tu texto demostró una vez más que eres aprendiz de todo y oficial de nada, pero aun así la nostalgia ornó tus líneas. Narra ahora un cuento final y ve luego calle abajo, pero no chupando un mango, como hizo una vez Vasconcelos cuando era rector de la Universidad, lo cual fue causa de que Andrés Henestrosa, entonces joven, sufriese un cierto desencanto de quien era su ídolo. Doña Sufricia le comentó al médico: “Me acuesto boca arriba y me duele el vientre. Me acuesto sobre el costado derecho y me duele el hígado. Me acuesto sobre el costado izquierdo y me duele el riñón”. Le sugirió el facultativo: “Acuéstese bocabajo”. “Doctor -acotó doña Sufricia-, no conoce usted a mi marido”. FIN.
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