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¿Por qué me incomoda tanto que hagan cosas por mí? 

Hay chicos que aprenden demasiado temprano que no pueden darse el lujo de ser chicos. Mientras otros juegan, ellos están atentos. Quién está triste, a quién hay que cuidar, a quién hay que rescatar.

Juan Tonelli

Historias demasiado humanas

Cuando le di el regalo, retrocedió.

“No hace falta que me regales nada”.

Pensé que era cierto pudor. Pero enseguida agregó: “Porque después voy a sentirme en deuda”.

La frase quedó suspendida entre los dos. Bajó la mirada, como si acabara de decir algo demasiado íntimo.

“Y ya no quiero deberle nada a nadie”.

Durante mucho tiempo no entendí qué había detrás de esas palabras.

Lo único que veía era una mujer que nunca pedía ayuda. Que resolvía todo sola y que cuando alguien intentaba acercarse demasiado, encontraba una manera elegante de tomar distancia. Si le ofrecías una mano, agradecía, pero prefería arreglárselas por su cuenta. Si recibía un gesto de afecto, casi de inmediato buscaba la forma de compensarlo. Como si todo regalo trajera escondida una factura.

Al principio pensé que era una forma de mantener lejos a los demás. Me preguntaba por qué alguien rechazaría justamente aquello que la mayoría de nosotros anhela. ¿Por qué le costaba tanto dejarse cuidar? ¿Qué podía haber detrás de esa actitud de no necesitar a nadie?

La respuesta empezó a aparecer el día que dejé de mirar su comportamiento y empecé a imaginar su historia. Hay chicos que aprenden demasiado temprano que no pueden darse el lujo de ser chicos. Mientras otros juegan, ellos están atentos. Quién está triste, a quién hay que cuidar, a quién hay que rescatar. Crecen ocupándose de hermanos menores, sosteniendo a una madre desbordada o intentando llenar el vacío que dejó un padre ausente.

Nadie se los explica con palabras, pero descubrieron que querer significa hacerse cargo, que amar es sostener, que descansar puede esperar, que las propias necesidades siempre son menos urgentes que las ajenas.

Y el cuerpo aprende una lección silenciosa que puede acompañarlo toda la vida. Empieza a asociar la cercanía con la exigencia, los vínculos con la responsabilidad, el amor con el agotamiento.

Entonces aparece una estrategia que desde afuera suele confundirse con frialdad, cuando en realidad es supervivencia emocional: “No necesito nada de ti, así tú tampoco vas a necesitar demasiado de mí”.

De pronto aquella frase dejó de sonar distante. Era una forma de protegerse, no de rechazar el amor que paradójicamente, tanto necesitamos todos. Estaba intentando evitar el precio que durante tantos años había pagado por recibirlo.

Hay personas que no le tienen miedo al amor. Le tienen miedo al costo que aprendieron a pagar cada vez que amaron. Por eso algunas relaciones les resultan tan difíciles y no porque no sepan querer, sino porque les cuesta distinguir entre acompañar y cargar, entre compartir y hacerse responsables de la felicidad del otro, entre un vínculo sano y otro donde terminan desapareciendo para que el otro exista.

Y del otro lado, no vemos que muchas veces llegan agotadas antes incluso de que la relación empiece. No porque el otro les haya pedido demasiado, sino porque su historia les hace anticipar una deuda que todavía no existe.

Hay heridas que no nos convencen de que el mundo es peligroso, sino de que todo acto de amor tiene un precio. Que recibir nos obliga a devolver multiplicado y que aceptar ayuda es perder independencia. Que todo vínculo termina convirtiéndose, tarde o temprano, en una carga.

Con el tiempo entendí que yo había estado intentando abrir una puerta equivocada: Creía que necesitaba demostrarle cuánto podía quererla.

En realidad, lo que ella necesitaba descubrir era que existe una manera de amar en la que nadie pasa factura. En la que recibir no deja a nadie en deuda.

Quizá por eso la confianza no siempre nace cuando alguien nos demuestra cuánto nos quiere sino mucho antes. Empieza el día en que descubrimos, casi con incredulidad, que esta vez no hace falta pagar ningún precio. Y quizás ese sea uno de los actos de amor más difíciles.

Lograr que por primera vez en mucho tiempo, la otra persona pueda descansar en nuestro afecto sin sentir que algún día tendrá que devolverlo. Porque quizás el amor más profundo no sea el que más da. Sino el que consigue que el otro pueda recibir sin sentirse en deuda.

Juan Tonelli

Escritor y conferencista

Autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.

www.youtube.com/juantonelli

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