Nuestra odisea
Nuestro caballo de Troya llegó en 2018. Entró en nombre de la regeneración nacional, del combate a la corrupción y de la justicia para los olvidados.

Denise Dresser
“Háblame, Musa, de un hombre complicado”. Así comienza “La Odisea”. No del hombre perfecto. No del héroe invencible, sino del hombre complejo, astuto, contradictorio. Christopher Nolan conserva esa esencia. Odiseo no es sólo el vencedor de Troya; es quien comprende demasiado tarde que la victoria que lo hizo célebre también inauguró la destrucción del mundo al que quería regresar. Al introducir el caballo de Troya, rompió para siempre la ley de Zeus: El pacto de hospitalidad, la confianza entre extraños, las reglas que sostenían la civilización. Ganó una guerra. Perdió una época.
Ése podría ser también el prólogo de nuestra propia odisea. Porque el viaje de Odiseo revela que un mundo terminó y otro comienza. Eso parece estar ocurriendo en México. Nuestra Edad de Bronce fueron los 30 años de la transición democrática: Imperfectos, frustrantes, incapaces de derrotar la corrupción o la desigualdad, pero construidos sobre una convicción sencilla: El poder debía tener límites. Había árbitros, órganos autónomos, jueces independientes, reguladores, prensa libre, alternancia. Ninguna de esas instituciones era impecable. Todas podían corregirse. Pero juntas constituían el pacto civilizatorio que impedía que una sola voluntad sustituyera a la ley.
Nuestro caballo de Troya llegó en 2018. Entró en nombre de la regeneración nacional, del combate a la corrupción y de la justicia para los olvidados. Muchos abrieron las puertas con entusiasmo. Y es innegable que hubo políticas con efectos redistributivos, particularmente mediante la expansión de los programas sociales. Pero, detrás del caballo, también entró otra lógica: La concentración del poder, la demolición gradual de los contrapesos, la captura de instituciones que habían sido diseñadas precisamente para limitar al gobernante. Incluso economistas cercanos a una visión de mayor intervención estatal, como Mariana Mazzucato -asesora contratada por la 4T- propone un modelo de desarrollo que México hoy ya no puede tener porque presupone reguladores independientes, evaluadores técnicos y tribunales confiables: Justamente las capacidades institucionales destruidas y saqueadas como lo fue Troya.
Después vino el resto del viaje. Odiseo cree que sigue avanzando hacia Ítaca cuando en realidad se aleja de ella. Los monstruos aparecen y los hombres sucumben. El Cíclope podría representar la pérdida de empatía frente a quienes más sufren; tener sólo un ojo para ver a las víctimas de la violencia, las madres buscadoras, quienes padecieron la pandemia, quienes siguen esperando justicia. Circe revela la verdadera naturaleza de muchos hombres -convertidos en los cerdos de la nueva élite morenista- que usan el poder para obtener privilegios. Calipso ofrece la seducción del olvido: Años de propaganda cotidiana, de mañaneras, de descalificación sistemática de críticos y de una conversación pública dominada por la narrativa oficial. Y cuando Odiseo desciende al Hades, nosotros vemos desfilar a nuestros propios muertos: Los 130,000 desaparecidos, los 43 de Ayotzinapa, los periodistas asesinados, las fosas clandestinas de nuestro inframundo mexicano.
La escena más dolorosa de “La Odisea” no es la caída de Troya. Es cuando Odiseo confiesa a Penélope que él mismo inauguró una época de oscuridad. “Rompimos la ley de Zeus para siempre”, admite. Y ya no había reglas; Sólo vencedores. Esa revelación resuena hoy en México. Un año después de la reforma judicial, el saldo visible es una justicia debilitada, tribunales cuya independencia se erosiona, ciudadanos que llegan a los juzgados sabiendo que el desenlace está escrito de antemano. La toga permanece. El estado de Derecho se desvanece. Como en Troya, los muros siguen de pie, pero el alma de la ciudad ya fue saqueada. Quienes celebraron la reforma se dejaron llevar por el canto de las sirenas.
Al final, Odiseo regresa a Ítaca y encuentra el palacio ocupado por hombres rapaces que comen, beben y se reparten el reino como si les perteneciera. La Ítaca que Odiseo abandonó ya no existe. Aquí, nuestra odisea de vuelta a la democracia apenas comienza. Y el desafío no consiste sólo en regresar, sino en reconocer cuánto del País que dejamos atrás ya fue consumido desde dentro. Ojalá que después del viaje brutal de la 4T, cuando finalmente divisemos la costa del País perdido, todavía tengamos la lucidez -y el coraje- para rescatarlo.
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