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Se acabó la vacación colectiva

México y Canadá, el lunes marcará el comienzo de un nuevo capítulo de tensiones.

León Krauze

EPICENTRO

Se acabó el Mundial y con su final termina también esta suerte de gran vacación colectiva que nos regalamos todos cada cuatro años. Hay mucho que criticarle a la vorágine de la FIFA en 2026, pero hay algo que reconocerle: La convocatoria ampliada de países para el torneo nos permitió constatar, quizá como nunca antes, lo que el futbol significa para el planeta entero. No hubo, en realidad, una tregua para los problemas o las conflagraciones del mundo, pero sí hubo un respiro, una postergación de la pesada realidad más inmediata. O, cuando menos, una distracción noble.

Pero se acabó.

Y la realidad que espera al mundo supondrá un despertar súbito.

Después del despliegue de concordia entre Estados Unidos,

México y Canadá, el lunes marcará el comienzo de un nuevo capítulo de tensiones. Parece inevitable, no sólo por los pendientes específicos de la agenda regional, sino también, quizá de manera más peligrosa y urgente, por las necesidades políticas de Donald Trump, que necesitará volver a echar mano de sus villanos de confianza para tratar de recuperar terreno rumbo a una elección de noviembre que parece escapársele de las manos. Vienen tiempos turbulentos para los tres anfitriones y entre los tres anfitriones.

La lista podría ampliarse hasta el cansancio, pero basta pensar en los cuatro mejores equipos del torneo. Incluso para ellos, el despertar a la realidad será complejo.

Francia volverá a enfrentarse a una política profundamente fracturada, con el crecimiento persistente de la extrema derecha encabezada por Jordan Bardella y un Gobierno que sigue buscando una estabilidad elusiva.

España regresará a una polarización que no cede, con Pedro Sánchez intentando sostener una mayoría frágil y polémica, en la que impera una riesgosa polarización, mientras los conflictos políticos y territoriales siguen marcando la conversación pública.

Inglaterra tendrá que dejar atrás la euforia deportiva para poner a prueba al nuevo Gobierno que encabezará Andy Burnham, que enfrenta también una derecha ascendente, una economía estancada, un sistema público bajo presión, tensiones por las comunidades inmigrantes y el desafío casi imposible de reconstruir la confianza de los británicos en la política.

Y Argentina, que ha vivido semanas de gozo y emoción casi ininterrumpidos, volverá a la incertidumbre económica y al enorme reto de Javier Milei: Contener la inflación, sostener el ajuste y convencer a los argentinos de que el sacrificio de hoy terminará traduciéndose en un país más estable mañana. No será fácil.

Conviene agradecer esta pausa. El Mundial no detuvo las crisis ni resolvió nada, pero durante unas semanas nos dio una conversación común y un respiro compartido. Ahora vuelve la realidad, con todas sus tensiones. Y vuelve también la pregunta que siempre aparece al final de cada Copa del Mundo: ¿Dónde y cómo estaremos dentro de cuatro años?

Esta vez, la respuesta parece más incierta que nunca.

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