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La “religión global”

Los estadios asemejan ser templos sagrados. Con todo respeto, podrían asemejarse a Iglesias, mezquitas, sinagogas o centros de culto budista.

David  Faitelson

CIUDAD DE MÉXICO.-

Los estadios asemejan ser templos sagrados. Con todo respeto, podrían asemejarse a Iglesias, mezquitas, sinagogas o centros de culto budista.

Pero el fenómeno no se detiene ahí. Tiene una fuerza sobrenatural, porque los sentimientos y el corazón mandan aquí sobre cualquier pensamiento razonado. Es una mezcla de pasión y de magia. Nada más perfecto que eso para la naturaleza humana.

Mientras Infantino pica la tecla de multiplicar en su calculadora y plantea los primeros escarceos para subir de 48 a 64 Selecciones en el Mundial del 2030, el mundo ha observado casi atónito el poder de un deporte y todo lo que emana de él.

No hay poder que sea más impactante que el del futbol, capaz, más allá de su trivial, lúdica y hasta banal esencia, de sacar a las personas a las calles, generar aglomeraciones, olvidar conflictos, apaciguar la crisis y, sobre todo, esparcir fe e ilusiones.

Bajo la creencia de que en el futbol cualquier escenario es posible -hasta cierto punto, porqué en Semifinales está “la realeza” del juego- la gente olvida distancias, fantasea sobre la cancha y, si la Selección de su país de origen queda eliminada, termina admirando y celebrando a los mejores del mundo. El futbol es, casi, mágico, porqué al final vende un producto que nadie tiene: Esperanza.

Ha sido un verano deslumbrante. Ningún otro fenómeno se puede comparar con lo que vemos.

Y los estadios, rebosantes de pasión, podrían ser lo de menos. Lo de más, la ya icónica postal del Paseo de la Reforma con el Ángel incapaz de tapar con su sombra a la impetuosa muchedumbre o la imagen desde un mercado en Jartum (Sudán) donde los niños se agolpan frente a una vieja televisión para seguir las incidencias de un juego de la Selección inglesa.

Las calles llenas de júbilo en una fría Buenos Aires víctima del invierno de De la Mora o, quizá, esas luces brillantes en la madrugada de Longyearbyen, el pueblo del archipiélago de Svalbard, la población noruega más cercana al círculo polar ártico.

El futbol no conoce fronteras, hemisferios, climas, usos horarios, lenguas, costumbres, culturas. El futbol es una especie de “religión global”, que justamente cumple la función de esparcir su creencia y su fe en cada rincón del planeta.

La FIFA tiene como pendientes el involucrar dos mercados que, si bien participan con aficionados -”clientes”no están totalmente integrados al negocio. Uno es China y el otro es la India.

Incorporar a 16 Selecciones más podría aligerar el camino futbolístico competitivo -que también existe, claro- para la clasificación de esas dos potencias que juntas albergan un buen porcentaje de la población mundial.

La Copa del Mundo del 2030 está planteada sobre una base 64 Selecciones en 6 países y en 3 continentes, como pretexto para celebrar el centenario del primer Mundial, Uruguay 1930.

Es decir, contra todos los pronósticos y después del exitoso experimento de este verano, FIFA piensa expandirse y obtener más beneficios a partir de ello.

La FIFA tiene 211 países o Federaciones afiliadas. El COI cuenta con 206 naciones. La ONU tiene 193 estados miembros. La Organización Mundial de la Salud aglutina a 194 agremiados.

Las cifras estiman que hay 2 mil millones musulmanes y mil 422 millones de católicos en el mundo. Los números en la calculadora de Infantino siguen siendo espectaculares y prometen serlo aún más.

El futbol es una “religión global”. Cualquiera puede pertenecer o ser parte de ella. Cuando el balón rueda, la fe, la esperanza y las ilusiones aparecen.

¿Díganme qué le falta para ser una doctrina?

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