El enojo como refugio
La incertidumbre es incómoda. Nos cuesta convivir con preguntas sin respuesta. ¿Qué quiero? ¿Por qué hago lo que hago? ¿Hace cuánto que vivo una vida que ya no sé si elegí?

Historias demasiado humanas
Llevaban años divorciados cuando se encontraron por casualidad en un aeropuerto. Hablaron unos minutos, hasta que ella, casi como quien viene a saldar una deuda, le dijo algo que él tardó años en comprender.
“¿Te acuerdas de que siempre me preguntabas por qué vivía enojada? Bueno... al final descubrí que casi nunca estaba enojada contigo.
“Durante mucho tiempo te culpé por tus olvidos, por tus demoras, por cualquier comentario fuera de lugar. Vivíamos discutiendo por todo. Pero la verdad era otra: Lo que me desesperaba era no saber qué quería, qué sentía, quién era yo. Y mientras no podía responder esas preguntas, pelear contigo era mucho más fácil que escucharme”.
La frase siguió resonando durante años porque cambia por completo la manera de mirar muchos conflictos. Solemos pensar que el enojo aparece para expresar lo que sentimos. ¿Y si, muchas veces, ocurriera exactamente lo contrario? ¿Y si el enojo apareciera para evitar descubrir lo que realmente sentimos?
No todo enojo responde a esta lógica. Existen injusticias, traiciones, abusos y límites que merecen ser defendidos. Hay enojos que son una reacción sana frente a una realidad objetiva. Pero también existen otros que funcionan de una manera muy distinta: No nacen tanto de lo que ocurre afuera como de aquello que todavía no podemos ordenar por dentro.
La incertidumbre es incómoda. Nos cuesta convivir con preguntas sin respuesta. ¿Qué quiero? ¿Por qué hago lo que hago? ¿Hace cuánto que vivo una vida que ya no sé si elegí? Frente a esa ambigüedad, encontrar un culpable ofrece un alivio inmediato. Tal vez no resuelva el problema, pero construye una explicación. Y las explicaciones, incluso cuando son incompletas, tranquilizan más que la confusión.
Por eso, muchas veces, el enojo organiza el caos interior. Convierte una inquietud difusa en un conflicto concreto. En lugar de enfrentar nuestras dudas, dirigimos toda la atención hacia alguien que parece ser el responsable de nuestro malestar. El problema no está en nosotros, está afuera.
Vivimos diciendo que sí cuando queremos decir que no. Nos adaptamos tanto a las expectativas de los demás que, un día, dejamos de reconocer cuáles eran nuestros propios deseos. Frente a ese desorden, el enojo funciona como un arquitecto improvisado: Levanta paredes, señala enemigos y nos ahorra, al menos por un tiempo, la tarea mucho más incómoda de preguntarnos qué nos está pasando de verdad.
Quizá por eso dos personas que parecen opuestas estén librando, en el fondo, la misma batalla. Está quien convierte cualquier diferencia en una discusión y encuentra motivos para pelear por todo. Y está quien nunca discute, quien acepta, cede y acomoda sus necesidades para no incomodar a nadie. Desde afuera parecen personalidades completamente distintas. Sin embargo, muchas veces comparten la misma dificultad: No reconocer qué necesitan o no sentirse con derecho a expresarlo.
La diferencia es que unos explotan hacia afuera y otros hacia adentro. Los primeros hacen de la pelea un idioma. Los segundos hacen del silencio una cárcel. Pero ambos pueden terminar viviendo relaciones donde nadie conoce realmente a la persona que tiene enfrente, porque esa persona tampoco ha terminado de conocerse a sí misma.
Tal vez por eso tantas discusiones empiezan hablando de los platos sin lavar, de una demora o de un mensaje que nunca llegó, cuando en realidad arrastran preguntas mucho más antiguas. ¿Me siento visto? ¿Importo? ¿Puedo decir lo que necesito sin miedo a ser rechazado? ¿Hace cuánto que dejé de escucharme?
Ninguna de esas preguntas se resuelve ganando una discusión. La madurez emocional quizá no consista solamente en aprender a comunicarnos mejor. Tal vez empiece antes: Cuando somos capaces de permanecer un rato dentro de nuestra propia incertidumbre sin la necesidad inmediata de encontrar un culpable que la ordene.
Nada de esto significa que el otro nunca tenga responsabilidad. Existen heridas reales, maltratos y desencuentros verdaderos. Pero incluso entonces, la manera en que atravesamos ese dolor también depende de la conversación que mantenemos con nosotros mismos.
Porque el enojo rara vez es el destino. Muchas veces es apenas el guardián de una puerta. Y detrás de esa puerta suele haber algo mucho más frágil que la bronca: Miedo, tristeza, vergüenza, soledad, necesidad de ser vistos o simplemente una pregunta que nunca aprendimos a hacernos.
¿Qué necesito, de verdad? Quizás esa sea la conversación más importante de todas. No la que tenemos con nuestra pareja, con nuestros hijos o con nuestros compañeros de trabajo. La que postergamos durante años con nosotros mismos.
Porque muchas guerras no comienzan cuando alguien grita. Comienzan el día en que dejamos de escucharnos.
Juan Tonelli
Escritor y conferencista
Autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.
Grupo Healy © Copyright Impresora y Editorial S.A. de C.V. Todos los derechos reservados