Las impresiones del Mundial
He disfrutado alguno de los juegos del Mundial de futbol, y espero poder gozar una final interesante y emocionante.

No soy demasiado aficionado al futbol. No veo deportes en la televisión, y no asistiría a un partido en un estadio colmado con miles de aficionados: Prefiero las reuniones en grupos pequeños. Aun así, he disfrutado alguno de los juegos del Mundial de futbol, y espero poder gozar una final interesante y emocionante.
Me gustó el juego de México contra Inglaterra: Nuestro equipo pareció hábil y disciplinado, pero no tuvo la eficacia de los ingleses que jugaron al contragolpe. Al final México perdió 3-2, una derrota digna. Se agradece el esfuerzo, y también hay que reconocer la actitud de los compatriotas en el estadio: Se comportaron con alegría y con un talante generoso y amable con los contrincantes. Eso habla bien de la madurez que vamos consiguiendo; y a la seguridad para festejar un buen juego, y aceptar que a veces se gana, y en otras ocasiones se pierde.
Pero no todo ha sido pulcro y diáfano: Una primera pifia de la FIFA fue el mecanismo para la venta de los boletos: Cuando alguien creía comprar una entrada, adquiría más bien una opción para participar en una subasta que podía incrementar el costo hasta niveles onerosos. Si en temporada regular un boleto barato fluctúa entre $350 y $700 pesos por partido, dependiendo de los contendientes pues algunos encuentros llaman más la atención del público y se sube el costo. De manera parecida en las zonas intermedias, el boleto puede costar entre $1,000 y $1,600 pesos; en las preferentes puede ir desde $2,000 hasta $2,600 y en los palcos y zonas exclusivas se cobrarán desde $3,600 y hasta $9,000 pesos por entrada.
En las rondas iniciales del Mundial en el Azteca los boletos más baratos se vendieron entre $1,200 y $5,000 pesos, pero los laterales en la misma zona pudieron haber llegado a los $8,000. Para la siguiente ronda, dieciseisavos y octavos de final, esos mismos asientos se están cotizando entre $4,800 y $12,800 por asistente, mientras que en las zonas exclusivas de palcos y terrazas se vendieron en más de $150,000 y hasta $350,000 por persona. Y los precios en la reventa, en todas las categorías, multiplicaron el costo varias veces...
Eso dejó al aficionado constante, la mayoría con recursos limitados, sin la oportunidad de asistir a los partidos, pues la puja por los precios sirvió para filtrar a los asistentes hacia los estratos de clases media alta y alta. Y para muchos interesados no quedó más remedio que ver los juegos en la televisión, o en las grandes pantallas colocadas en sitios públicos. Los aprovecharon bien, se divirtieron, festejaron los triunfos y encajaron la derrota con dignidad.
Y dejaron a México y a los mexicanos con muy buena imagen ante el mundo por la alegría con que festejaron, la hospitalidad que desplegaron y la generosidad con extranjeros, incluso con rivales en la cancha.
Pero hubo una peripecia que pone en entredicho la organización y manejo del Mundial, y la aptitud del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para seguir en el puesto. El reglamento estipula que cuando un jugador realiza una maniobra patentemente peligrosa contra un rival, el árbitro debe mostrarle una tarjeta roja y expulsarlo de la cancha. Y le estará prohibido participar en el juego siguiente.
En el partido de EUA contra Bosnia el jugador norteamericano Falorin Balogun fue expulsado y no podría jugar en contra de Bélgica en su siguiente encuentro. Los norteamericanos se quedarían sin su mejor goleador, y entonces Donald Trump solicitó a Infantino que se le permitiera contender contra Bélgica; el presidente de la FIFA aceptó la indicación del ejecutivo gringo, que no debía entremeterse, y le concedió su pretensión. Se mostró complaciente con el Donald, y sentó un precedente de sumisión ante el poderoso.
Pero el deporte es grande: Al día siguiente Bélgica aporreó al equipo de Estados Unidos, con Balogun incluido, por un magnífico cuatro goles contra uno.
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