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Estaba rodeado de gente y nunca me sentí tan solo

Con los años entendí que la soledad no siempre es un pozo del que hay que salir. A veces es un espacio que necesita ser habitado.

Juan Tonelli

Historias demasiado humanas

Ese día me emborraché como nunca.

Quise borrar una sensación que me resultaba insoportable. La fiesta había sido organizada para celebrar un logro importante, uno de esos momentos que, en teoría, deberían dejar una huella luminosa en la memoria.

Había música, abrazos, amigos, familiares felices de verme feliz. Y, sin embargo, mientras las copas se acumulaban, yo me sentía extraño por dentro. Una distancia difícil de explicar. Como si contemplara mi propia vida desde unos metros más atrás. Como si todo aquello estuviera ocurriendo y, al mismo tiempo, no terminara de alcanzarme.

Recuerdo esa sensación con nitidez, aunque hayan pasado años. No tanto por la borrachera inolvidable, sino por la pregunta que dejó flotando. ¿Cómo puede sentirse tan solo alguien rodeado de tanto afecto?

Durante mucho tiempo pensé que aquella experiencia era una anomalía personal, una falla que debía corregirse cuanto antes. Hoy sospecho que era otra cosa: El encuentro inesperado con una dimensión de la vida de la que solemos escapar.

Hace unos días volví a pensar en ello viendo una escena de la película “White Oleander”. “Ingrid”, la madre interpretada por la hermosa Michelle Pfeiffer, mira a su hija y le dice algo brutal:

“No vuelvas a hacerlo. No te apegues a cualquiera que te preste la más mínima atención sólo porque estás sola. La soledad es una condición humana. Nadie jamás va a llenar ese espacio”.

La frase tiene la delicadeza de un martillazo. Y precisamente por eso resulta difícil olvidarla. Porque contradice una de las fantasías más persistentes de nuestra cultura: La idea de que existe alguien capaz de completar aquello que sentimos incompleto en nosotros. Una pareja, un amigo, un hijo, una comunidad, una vocación. Algo o alguien que termine de acomodar las piezas y nos devuelva una sensación permanente de plenitud.

La experiencia suele encargarse de desmentirlo. No porque el amor no importe, ni porque los vínculos carezcan del poder de transformarnos. Todo lo contrario. Una buena relación puede volver la vida más rica, más amable y más habitable. Lo que no puede hacer es resolver aquello que pertenece exclusivamente a nuestro territorio interior.

Hay una parte de la existencia que nadie puede vivir por nosotros.

Cuesta aceptar que nadie puede sentir exactamente lo que sentimos, atravesar nuestras pérdidas desde adentro o responder las preguntas fundamentales que, tarde o temprano, aparecen cuando el ruido disminuye.

Quizá por eso la soledad resulta tan inquietante. Nos enfrenta con nuestra condición más elemental: La de ser individuos irrepetibles, separados por una distancia que ningún vínculo logra eliminar por completo.

La mayor parte del tiempo intentamos negociar con esa realidad. Buscamos distracciones, acumulamos actividades, perseguimos objetivos, encadenamos conversaciones. Todo para mantener ocupada la atención y postergar ciertas preguntas.

Pero la soledad tiene una particularidad: Siempre encuentra la manera de hacerse presente. Y cuando deja de ser vista como un defecto que hay que corregir, empieza a revelar otra cosa.

Empieza a mostrar quiénes somos cuando dejamos de sostener personajes. Qué deseamos realmente. Qué nos duele. Qué partes de nuestra vida fueron elegidas y cuáles simplemente heredadas.

Por eso sospecho que aquel vacío que sentí en medio de una fiesta no era un error ni una señal de que algo andaba mal. Era una invitación que entonces no supe leer.

La invitación a dejar de buscar afuera una respuesta para una pregunta que era mía.

Con los años entendí que la soledad no siempre es un pozo del que hay que salir. A veces es un espacio que necesita ser habitado. Un lugar incómodo, pero también fértil. El único donde podemos encontrarnos sin aplausos, sin expectativas y sin testigos.

Tal vez por eso la frase de aquella madre resulta tan perturbadora y tan liberadora a la vez. Nadie va a ocupar completamente ese espacio.

Y quizás esa no sea una mala noticia.

Quizá, después de todo, aquella noche, en medio de la música, los brindis y las copas, no estaba perdiéndome de los demás. Estaba empezando, sin saberlo, a encontrarme conmigo mismo.

Juan Tonelli

Escritor y conferencista

Autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.

www.youtube.com/juantonelli