Certidumbre
La revisión anual del T-MEC no es un fenómeno aislado ni sólo una decisión derivada del regreso de Donald Trump. La nueva postura de Washington encuentra a México con una certidumbre institucional previamente debilitada.
Friedrich Hayek, al recibir el premio Nobel de Economía en 1974, advirtió sobre la “pretensión del conocimiento”, denunciando la arrogancia de quienes creen poseer la información suficiente para comprender y dirigir una economía compleja. Detrás de esa pretensión de conocimiento se esconde una falsa certidumbre: Creer que es posible comprender una realidad económica compleja y anticipar sus resultados.
A 52 años de aquella reflexión, es incontrovertible que la incertidumbre forma parte del futuro. El fracaso de las economías planificadas lo demuestra. Lo que sí es posible es construir certidumbre con base en reglas de convivencia y un marco jurídico que ordene la actividad económica.
“Estados Unidos no aceptó renovar el T-MEC en su forma actual. En consecuencia, el T-MEC no se renueva. Estados Unidos continuará dialogando con México y Canadá para abordar las deficiencias del Tratado y nuestros déficits comerciales con estos países”, informó Jamieson Greer, quien días antes anticipaba: “Creemos que existen problemas sustanciales”. Por su parte Sheinbaum declaró “La posición de Estados Unidos era esperada por todos y no hay nerviosismo de que vaya a pasar algo con la economía mexicana”.
El tratado concebido en 1994 para dar certidumbre a inversionistas, trabajadores y consumidores de los tres países dejó de ofrecer la previsibilidad que le dio origen al quedar sujeto a revisiones anuales. La certidumbre comercial dio paso a un pantano de incertidumbre institucionalizada.
México enfrenta una quinta erosión de la certidumbre institucional.
Primero se debilitó la certidumbre de una democracia representativa. Después, la derivada de la separación de poderes. Más tarde, la que ofrecían los órganos constitucionales autónomos. Luego, la asociada a un Poder Judicial imparcial. Hoy comienza a erosionarse también la certidumbre comercial que, durante más de tres décadas, convirtió a México en un destino atractivo para la inversión a largo plazo.
La erosión institucional no conoce límites autoimpuestos. Aceptar la pérdida de una regla o un contrapeso facilita la pérdida del siguiente.
Las cifras no dejan espacio para el discurso panglosiano. Ninguna es producto del azar. La inversión física pública cayó 18.4% real entre enero y abril de 2026 respecto al año previo. La inversión fija en maquinaria y equipo cayó 3.2% al mes de marzo, reflejo de decisiones de largo plazo que hoy prefieren esperar antes que arriesgar. Al mismo tiempo, los analistas consultados por el Banco de México estiman un crecimiento de apenas 1.07% en 2026. La incertidumbre no siempre provoca crisis inmediatas; con mayor frecuencia aplaza inversiones, enfría expectativas y termina erosionando el crecimiento.
El diagnóstico exige nombrar la falla con precisión. No se trata de que el Gobierno mexicano carezca de un discurso sobre la certidumbre -la invoca en cada conferencia matutina y la repite en cada ronda de negociación comercial-, sino de que ha confundido declararla con producirla. “Hay certidumbre, tan hay certidumbre que se está invirtiendo”, sostiene la Presidenta. Sin embargo, la certidumbre no nace de las declaraciones oficiales, sino de instituciones capaces de hacer previsibles las reglas del juego. Es aquí donde cobra sentido la ética de la responsabilidad de Weber: Gobernar no consiste en proclamar buenas intenciones, sino en asumir las consecuencias previsibles de las decisiones adoptadas. Los datos no representan una opinión disidente: Son evidencia de que esa certidumbre se erosiona.
La revisión anual del T-MEC no es un fenómeno aislado ni sólo una decisión derivada del regreso de Donald Trump. La nueva postura de Washington encuentra a México con una certidumbre institucional previamente debilitada. La erosión de la democracia representativa, de la separación de poderes, de los órganos constitucionales autónomos y de la confianza en la imparcialidad del Poder Judicial ha mermado la capacidad del País para enfrentar choques externos. La incertidumbre comercial tiene un origen externo, pero sus efectos se profundizan en un México cuyas instituciones han perdido capacidad para generar confianza y previsibilidad.
Hayek dejó una lección que conserva plena vigencia: Su argumento no era una invitación al fatalismo ni una excusa para la inacción institucional. Era una defensa de las reglas estables como el único instrumento legítimo frente a aquello que ningún Gobierno puede prever. Donde no hay certeza sobre los resultados, debe existir certidumbre sobre los procedimientos. Gobernar como si se pudiera anticipar el desenlace del T-MEC o el comportamiento de los mercados es, precisamente, la “pretensión del conocimiento” que Hayek denunció. La mejor defensa frente a un mundo incierto nunca ha sido la arrogancia de creer que puede controlarse el futuro, sino la fortaleza de instituciones capaces de resistir sus inevitables sacudidas.
Reconstruir la certidumbre no exige profecía ni control sobre el futuro. Exige algo más modesto y, a la vez, más difícil: Instituciones que cumplan su función incluso cuando el poder preferiría que no lo hicieran. Desperdiciar la ventaja competitiva que México aún conserva frente a sus socios comerciales, por la incapacidad de generar certidumbre propia, sería un acto de irresponsabilidad histórica.
Hayek tenía razón: Nadie puede ofrecer certeza sobre el futuro. Pero una democracia constitucional sí puede ofrecer algo igualmente valioso: Certidumbre sobre las reglas con las que habremos de enfrentar ese futuro. Esa certidumbre se construye -o se erosiona- todos los días con cada acción u omisión de quienes gobiernan y de quienes, como ciudadanos, decidimos alzar la voz o guardar silencio.
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