Así lo vivió este aficionado
Cuando salí del estadio me pinché la piel para ver si no estaba soñando. ¿Cuatro victorias consecutivas de México en un Mundial sin recibir un solo gol en contra?

Juegos de poder
Nada como lo del martes en la noche. Nada.
Cuando era niño, la primera vez que fui a un estadio fue al Azteca. Me invitó mi querido Chiprutus -quien seguro está celebrando los triunfos de la Selección Mexicana de Fútbol en el cielo- a su palco, el legendario 3166.
Entrar y ver la cancha del Coloso de Santa Úrsula me impactó. Recuerdo que tontamente me sorprendió que no hubiera narración del partido a diferencia de la televisión. Desde aquella primera visita, pienso que no hay nada como ver un juego de fútbol en un estadio. He visitado varios en distintos países. Ninguno se compara al Azteca. Ninguno como este recinto donde se consagraron Pelé y Maradona.
El martes llegué nervioso al partido de México contra Ecuador. No era el único. Los aficionados que atiborramos el estadio con jerseys verdes sabíamos que no sería fácil esta aduana, la primera de la fase de eliminación directa del Mundial. Estaba de mal humor. Ya quería que comenzara el encuentro. Para colmo, se retrasó una hora por el clima. La gente cantaba las canciones que sonaban en las bocinas. Yo refunfuñaba.
Finalmente, vino la ceremonia de protocolo donde, como siempre, el canto del Himno Nacional resultó una belleza. El estadio retumbaba cual sonoro rugir del cañón. Comenzó el partido y el Azteca se dejó sentir. No pararon los cánticos a favor de México y las rechiflas en contra de Ecuador. Impresionante. Nudo en la garganta y piel chinita. Gran felicidad por compartir esta experiencia con dos de mis cachorros.
Desde el silbatazo inicial, comenzó la música futbolera. Porque eso es lo que vio y sintió este aficionado el martes en el Azteca: El último y cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven.
Los aficionados mexicanos ya mayores hemos realizado un largo viaje con nuestra Selección donde era común observar la inoperancia del equipo nacional, lo cual nos provocaba desasosiego y desesperanza. Sin embargo, esta noche fue diferente. Compartimos la dicha, experimentamos una “Oda a la Alegría”.
Desde la banca, con una batuta invisible, Javier Aguirre dirigía a la orquesta del Azteca.
La defensiva, conformada por Jorge Sánchez, César Montes, Johan Vásquez y Jesús Gallardo, jugaban con orden y disciplina para mantener intacta la portería. El arquero, Raúl Rangel, se lucía con un par de atajadas excepcionales.
Erik Lira y Luis Romo se batían en la media cancha por nota. Roberto Alvarado se fugaba. Julián Quiñones y Raúl Jiménez percutían las redes ecuatorianas.
Durante toda esta ejecución, aparecía el gran solista de la noche, un joven de 17 años, Gilberto Mora, “Morita”, el virtuoso armador de la cadencia sinfónica.
Todos ellos acompañados por el magnífico coro del público del Azteca.
“¡Oh, amigos, no esos tonos! Entonemos otros más agradables y llenos de alegría”, escribió el compositor alemán para su oda. Eso escuchaba en un estadio convertido en coro jubiloso que acompañaba al monumental desempeño de la orquesta de Aguirre.
Don Ludwig hecho realidad: “Después de atravesar el sufrimiento y el caos, la humanidad encuentra en la fraternidad y la alegría su mayor triunfo.”
¡Qué triunfo el del martes!
El mensaje de la “Oda a la Alegría” de Beethoven es que, pese al dolor, los conflictos y las divisiones, existe un ideal capaz de unir a las personas. En este caso, los mexicanos ávidos de ganar algo.
Eso es lo que sintió este aficionado el martes durante el juego en el Azteca.
Y luego del triunfo, vino la celebración.
Beethoven le dio paso a José Alfredo Jiménez. Mientras los jugadores mexicanos se fundían en abrazos, el público cantaba “El rey”. El estadio literalmente vibraba. “No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey”.
Como si ya fueran campeones, la Selección dio la vuelta olímpica para recibir el cariño de la afición y agradecer el apoyo. Todo era felicidad.
Nada como la noche del martes. En el Azteca he vivido tragedias (como cuando el portero del América metió un gol de último minuto para quitarle al Cruz Azul su noveno campeonato) y satisfacciones (cuando el Cruz Azul finalmente levantó esa novena copa en una final contra Santos Laguna). He visto la inauguración de dos Copas Mundiales, el gol histórico de Maradona frente a Inglaterra, el golazo de tijera de Manuel Negrete y la coronación de Argentina en el Mundial de 1986. He cantado junto a Paul McCartney las canciones de mis adorados Beatles. Por fortuna, atesoro muchas historias del Coloso. Pero nada, nada como la del partido México contra Ecuador del Mundial de 2026.
Cuando salí del estadio me pinché la piel para ver si no estaba soñando. ¿Cuatro victorias consecutivas de México en un Mundial sin recibir un solo gol en contra? Qué sueño más lindo, pero no desperté con una sonrisa en la boca porque increíblemente era la realidad.
Leo Zuckermann
X: @leozuckermann
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