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Recuerdos de aquella elección que polarizó al País

Para los analistas políticos, la elección de 2006 fue un manjar. Lo que siguió, también. Había mucho material que examinar.

Leo Zuckermann

Juegos de poder

Esta semana se cumplen 20 años de la elección presidencial de 2006. El resultado fue apretadísimo. Calderón ganó por un margen escaso de 0.56 puntos porcentuales. López Obrador la desconoció argumentando la existencia de un fraude electoral que nunca pudo comprobar.

AMLO tuvo todo para ganar ese año: Medios, dinero y estructura territorial. Como jefe de Gobierno capitalino, había logrado una amplia cobertura mediática. Luego se posicionó exitosamente como la víctima de un complot para desaforarlo e inhabilitarlo electoralmente. Posteriormente, se convirtió en el popular puntero en las encuestas.

Le ganó, sin embargo, su arrogancia. Cometió varios errores que le costaron la elección. No se presentó al debate entre los candidatos. No supo cómo contestar el ataque de que era un peligro para México. No quiso aliarse con la otra fuerza de izquierda de Patricia Mercado. En todo momento subestimó a su principal contrincante, Felipe Calderón, quien aglutinó el voto útil anti-AMLO.

Durante la campaña, muchos le preguntaron al tabasqueño si iba a reconocer su derrota. Él aseguró que lo haría.

Incumplió. De nuevo se hizo la víctima y armó un tremendo conflicto postelectoral.

Recuerdo lo que escribió Manuel Camacho el lunes 3 de julio, un día después de la elección, en una editorial periodística: “Ahora viene la tarea que sigue. La consolidación del triunfo y el diálogo nacional. Si persistiera la confrontación, no se va a ganar nada.” Camacho, político que respeté y admiré, trabajó en la campaña de AMLO y, todavía un día antes, creía que iban a ganar; por eso escribió eso.

Perder fue un shock para la izquierda nacional. Hasta ahora no pueden digerir que un personaje como Calderón les haya ganado aquella elección.

La polarización de aquel primer semestre de 2006 se profundizó después de los comicios con la decisión de AMLO de desconocer los resultados. La política de hoy es de alguna forma polvo de aquellos lodos. Aunque Morena y sus aliados hoy tienen alrededor del 60% de las preferencias del electorado, existe un 40% que los rechaza.

Para los analistas políticos, la elección de 2006 fue un manjar. Lo que siguió, también. Había mucho material que examinar. Sin embargo, la polarización también significó eventos muy tristes por la intolerancia.

Recuerdo uno en particular.

Un año después de la elección, Carlos Tello Díaz publicó un libro titulado 2 de julio. El historiador reconstruía cómo ese día se fue configurando la victoria de Calderón cuando todos anticipaban el triunfo inevitable de AMLO. Se trata de una estupenda crónica de la secuencia de decisiones, nervios, errores de comunicación, encuestas de salida, datos contradictorios y estrategias de los equipos de campaña.

Tello me invitó a moderar la presentación de su libro en un hotel de la Ciudad de México que fue el único que se atrevió a rentar el lugar para este evento. Y es que se corría el riesgo de que llegaran los manifestantes de AMLO a reventar la presentación, como efectivamente sucedió.

Liderados por Rafael Acosta, mejor conocido como “Juanito”, arribaron los provocadores a gritar consignas a favor de AMLO y en contra de Calderón. En mi papel de moderador, les pedí que guardaran silencio e hicieran sus preguntas de manera civilizada. Fue imposible.

Reventaron el evento porque el libro cuestionaba la “verdad” lopezobradorista sobre el supuesto fraude electoral en la elección presidencial del 2006. El líder de estos provocadores era este individuo inconfundible de cinta elástica en su cabello con los colores de la bandera.

Ese día se puso frente a mí. Gritaba, escupía y manoteaba. Agarró las flores del arreglo que estaba en la mesa de presentación y las aventó. Lo mismo con las botellas de agua. En ese momento, cuando la violencia física era inminente, decidí suspender la presentación.

Así lo reportó al día siguiente La Jornada: “Los integrantes de la mesa salieron del salón en medio de empujones y resguardados por personal de seguridad del hotel, para refugiarse en otra sala del inmueble. Ahí esperaron por varios minutos hasta que los manifestantes se retiraron. Mientras, aprovecharon para dar entrevistas, expresar su enojo y asegurar que les aventaron botellas y las flores que estaban en el presídium. Zuckermann, de plano, calificó a quienes protestaron de fascistas. El hecho de que no dejen hablar demuestra su intolerancia, subrayó”.

Así mismo los califiqué en una columna que escribí sobre este evento y que titulé “Son unos fascistas”. Porque eso son los que no dejan hablar en una presentación de un libro. Y el líder de aquel acto de intolerancia fue ese personaje ridículo que acabó siendo una caricatura.

Leo Zuckermann

X: @leozuckermann