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Trump y el ayatola, Sheinbaum y el rey

Trump ha celebrado su acuerdo con la teocracia iraní por muchos motivos, pero el más sobresaliente se centra en la reapertura del estrecho de Hormuz.

Jorge  Castañeda

Amarres

Gracias a Carlos Elizondo Mayer-Serra, dispongo de un magnífico paralelo entre Donald Trump e Irán, por un lado, y Claudia Sheinbaum y la monarquía española, por el otro. Parece extraño, pero impera una gran afinidad entre ambos temas.

Trump ha celebrado su acuerdo con la teocracia iraní por muchos motivos, pero el más sobresaliente se centra en la reapertura del estrecho de Hormuz. Como se sabe, a partir del bombardeo norteamericano-israelí, que comenzó el 28 de febrero, dicho paso marítimo se cerró a la navegación. Por allí transita la quinta parte del petróleo y gas natural consumido en el mundo, y una proporción semejante de los fertilizantes, de urea y de amoniaco.

La interrupción se explicó por varios factores: La voluntad de Teherán de cerrar el estrecho, amenazando a buques en tránsito con minas, drones y lanchas rápidas; la reticencia de las empresas de transporte marítimo de correr riesgos; y la renuencia de las aseguradoras en Londres de proteger a buques que se atrevieran a atravesar el estrecho.

El llamado acuerdo de paz de Trump reabre el estrecho; no se alcanzaron, por lo menos en esta fase, ninguno de los demás objetivos estadounidenses. En otras palabras, el pacto restablece el status quo ante: Volvemos exactamente a la situación que prevalecía antes de la guerra. Guerra provocada por Trump. Sin ninguna necesidad, sin provocación iraní, sin urgencia, y en plena negociación de Washington con Teherán a través del Gobierno de Omán. Al cabo de miles de muertos, miles de millones de dólares de gasto militar, un encarecimiento significativo de los precios de la energía y una posible hambruna en África, Trump triunfa al borrar el efecto de una causa que el inventó sin ninguna necesidad. Es el cuento del rabino y el chivo que he relatado en varias ocasiones. Sus corifeos en Fox News y las redes sociales lo celebran, lo alaban y el resto del mundo no sabe si reír o llorar.

A principios de 2019, López Obrador inició un pleito con España innecesario, absurdo, carente de cualquier justificación, y en ausencia de cualquier provocación de parte del Gobierno español, o del jefe de Estado ibérico. Exigió una disculpa por las atrocidades cometidas según él por los conquistadores del siglo XVI, por los colonizadores de los dos siglos subsiguientes, y por todos los españoles de aquella época (que no eran españoles). Enseguida escaló el conflicto al divulgar la existencia y parte del contenido de la carta entregada a Pedro Sánchez en México, y siguió exacerbando el enfrentamiento con otras supuestas ofensas incurridas. Entre ellas, la (falsa) inexistencia de una respuesta de Felipe VI, la obcecación de los españoles de no atender su exigencia y, por último, la declaración de una “pausa” (whatever that means), de las relaciones entre México y España.

Huelga decir que el capricho de López Obrador no revistió el precio del de Trump. Al final, no importó mayormente, salvo por el costo de oportunidad. Durante seis años, un interlocutor privilegiado en potencia de México en Europa fue despreciado; un aliado ideológico fue desatendido; y el oso mexicano fue objeto de burlas y penas ajenas en toda Iberoamérica.

Sheinbaum siguió adelante con la confrontación, al negarse a invitar al rey a su toma de posesión, provocando la previsible reacción española: O el rey, o nadie. De nuevo, nada muy grave, pero más vergüenzas. Hasta que paulatinamente se enfrió el pleito, más por los españoles que por México, sin que surgiera el famoso perdón, pero gracias a un “reconocimiento” de los abusos contra los pueblos originarios que tanto Felipe VI como su padre mencionaron y condenaron en múltiples ocasiones desde 1992.

Ahora, con el encuentro de Sheinbaum y el rey durante la visita de este último a México para presenciar el partido entre España y Uruguay, se cierra todo el sainete. Y los corifeos de la 4T -la comentocracia quedabien y los medios afines, como Milenio, El País, etc.- celebran ya, y festejarán -tal vez en el Ángel- la hazaña de México. Después de una gran labor diplomática y cultural, de un esfuerzo paciente y ecuánime, la Presidenta con cabeza fría resolvió el problema, o la crisis.

¿Cuál problema o crisis? Pues el que ella y su predecesor crearon, igual que Trump. Volvemos al status quo ante, y nada más. Porque nadie pedirá perdón, nadie dirá algo nuevo, ella podrá seguir glorificando a los pueblos originarios, y Felipe VI repetirá que sí se produjeron abusos. Ocho años de tonterías habrán sido superados, sin ningún beneficio para nadie, pero la 4T podrá festejar llegar al quinto partido (que en realidad es el equivalente del cuarto de antes), y sus corifeos, al igual que los de Trump, salvarán la cara, o por lo menos los muebles.

Jorge Castañeda