El futbol y el miedo
Los Ángeles es la primera ciudad a la que llegué como inmigrante y siempre me ha abrazado. Aquí me siento como en casa porque es mi segunda casa. Pero no me gusta verla tan ansiosa en medio de una fiesta. Estos deberían de ser días para gritar por goles y no de miedo.

LOS ÁNGELES .— “Se ve medio tristón”, me comentó mi amigo Jimmy sobre el ambiente mundialista en Estados Unidos. Estábamos saliendo del aeropuerto y no me tocó ver ninguna señal de que el torneo más importante del planeta se estuviera realizando aquí. Quizás es que salí por la puerta equivocada, que estamos en medio de una injustificada guerra contra Irán, que hay que andar volteando a todos lados por si se aparecen los agentes encapuchados del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (o ICE) o que, después de todo, este país no es tan futbolero como México.
Escroléo en mi celular y me inundo de las alegres noticias y festivas imágenes del Mundial en México, no solo por el triunfo de 2 a 0 de la Selección Mexicana contra Sudáfrica, sino porque las protestas de los maestros no lograron impedir el paso de decenas de miles al Fan Fest en el Zócalo de la capital. Por decreto presidencial se habían suspendido las clases en la Ciudad de México, y los empleados del estado pudieron trabajar desde casa. Todo por el futbol. Jamás un presidente de Estados Unidos haría algo similar. No podría ni imaginárselo.
El Fan Fest de Los Ángeles también fue una fiesta con la victoria del equipo de México. Unas 40 mil personas se pegaron a una pantalla gigante en el Coliseo de Los Ángeles para demostrar su lealtad y nostalgia por México. Pero el resto de la ciudad no vibraba igual. Por más goles que haya, el miedo no desaparece.
Las calles están en alerta, las familias hispanas tienen planes en caso de que alguno de sus miembros sea detenido por la migra y, para ser sincero, lo último que desearía un latino, con papeles o sin papeles, sería verse sorprendido por una redada del policía migratorio de Trump a la entrada de un estadio. No gracias, mejor veo el partido por televisión y en español.
El otro día escuché una entrevista con Tom Homan, el zar de la frontera, en que decía que no van a priorizar operaciones especiales en los estadios mundialistas, PERO (en mayúsculas) que no van a dejar de hacer su trabajo durante el campeonato. Estas confusas declaraciones tienen el cruel propósito de crear terror. Más personas se han autodeportado de Estados Unidos en el segundo mandato de Trump, según cifras oficiales, que las que han sido deportadas. Y todo por el miedo de que vayan a separar a su familia.
Hay cosas que no parecen coincidencia. Precisamente un día antes de la inauguración del Mundial, el presidente Trump firmó un nuevo presupuesto de 70 mil millones de dólares para financiar las operaciones de ICE hasta el fin de su mandato. Traducción: Ahora hay más dólares para contratar a más agentes, para hacer más redadas y para deportar más inmigrantes. Así, de un plumazo, se esfumó la vieja idea de legalizar a los indocumentados en lugar de perseguirlos. La xenofobia es la política oficial de Estados Unidos y Trump es su principal proponente.
Este es el sexto Mundial al que me toca asistir y, donde estoy parado en Los Ángeles, lo siento desanimado. Seguro que es una cuestión de perspectiva. Cuando vuelva a jugar el equipo mexicano, todo va a estallar y los estadios se llenarán tan pronto se definan los duelos más reñidos. Pero las comparaciones son inevitables. Cuando llegué como periodista a Corea del Sur, Alemania, Sudáfrica y Brasil, cada uno de esos países estaba literalmente volcado sobre el Mundial, como ahora lo está México. Las calles estaban plagadas de color, de banderas y de “qué bueno que estás aquí”. Hoy Los Ángeles está soleado, pero en la cara siento un vientecillo frío.
Lo único parecido a una fiebre mundialista en Estados Unidos ha sido durante los partidos de la final de basquetbol de la NBA entre los Knicks de Nueva York y los Spurs de San Antonio. Y para los que se quejan de los altos precios de la final en el Mundial - que la FIFA estableció en más de 32 mil dólares - la revista New York reportó que en el cuarto juego de la NBA un boleto en la primera fila del Madison Square Garden se ofreció por 102 mil 603 dólares.
El Mundial está mostrando la cara más oscura de Estados Unidos. Este es un país en guerra consigo mismo. Y eso es precisamente lo que van a ver los turistas en este Mundial. En Estados Unidos están persiguiendo a los inmigrantes más pobres, a los más vulnerables, a los que hacen los trabajos que nadie más quiere hacer, a los que nos alimentaron durante la pandemia y a los que cuidan a nuestros hijos. No se vale tratar así a los que tanto han ayudado a crear esta nación.
Los Ángeles es la primera ciudad a la que llegué como inmigrante y siempre me ha abrazado. Aquí me siento como en casa porque es mi segunda casa. Pero no me gusta verla tan ansiosa en medio de una fiesta. Estos deberían de ser días para gritar por goles y no de miedo.
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