Dos problemas tiene la vida: No conseguir lo que queremos, y conseguir lo que queremos
El éxito no es una estación a la que se llega, sino una forma de viajar.

Historias demasiado humanas
La pregunta me daba vueltas por la cabeza: ¿Cómo vine a parar acá?
Estaba ahí, en mi propio estudio, el que había soñado durante años. La silla era ergonómica, la computadora, una bestia de última generación. Afuera, la ciudad se movía a los pies de mi ventana en el piso 20.
Tenía todo lo que se suponía que debía tener: Reconocimiento, un equipo de ilustradores que eran unos “cracks”, clientes de afuera que pagaban sin chistar.
Había llegado. El joven que dibujaba en los márgenes de los cuadernos del secundario, el que toleró trabajos horribles para pagarse los cursos, el que llenó carpetas y carpetas con dibujos que nadie miraba, ese joven, ahora era el dueño de todo esto.
Y sin embargo, la pantalla no me devolvía un dibujo. Me mostraba una planilla de Excel con celdas de colores, proyecciones de facturación, columnas de impuestos y una lista de pendientes que me daba náuseas.
Fue ahí, mientras intentaba descifrar un presupuesto para un cliente de Alemania, que la pregunta me noqueó. No era una pregunta intelectual. Era un golpe en el estómago. ¿Cómo fue que mi vida se convirtió en esto?
En el secundario, yo tenía bien claro qué quería para mi vida. Mientras mis amigos no sabían si estudiar abogacía, viajar por el mundo o poner un bar, yo sólo quería una cosa: Vivir de dibujar. Era simple. No pedía ser millonario ni famoso. Sólo quería que el tiempo entre que me levantaba y me iba a dormir estuviera lleno de lápices, tinta, papeles y la magia de crear algo donde antes no había nada.
Y trabajé como un animal. De mozo, de cadete, de lo que viniera. Dormía cinco horas por noche para poder armar mi portfolio. Acepté proyectos ridículos por dos pesos sólo para sumar experiencia.
Me acuerdo de las charlas con Laura, mi novia de entonces y mi mujer de ahora, en el departamento de un ambiente miserable en donde vivíamos. Le mostraba mis bocetos con un entusiasmo desbordante.-“Mira, Lau, ¿te gusta? Es para una etiqueta de un vino que no va a comprar nadie”.
-“Es increíble, Marcos. Eres el mejor”.
-“Algún día, vamos a tener un estudio grande, con una ventana gigante, y yo voy a dibujar todo el día mientras escuchamos música”.
Ella me sonreía, me preparaba algo de comer y me acariciaba el pelo. Creía en mí más que yo mismo. Y esa promesa, la del estudio con la ventana gigante, se convirtió en mi Norte. Cada presupuesto que pasaba, cada noche sin dormir, era un ladrillo para construir ese sueño.
Y de a poco, fue sucediendo. Un cliente trajo a otro. Un proyecto chico me abrió la puerta de uno más grande. De repente, no daba abasto. Contraté a un estudiante que era un talento. Después a otro. Alquilé una oficinita. Después, esta. El sueño se estaba materializando. Qué ironía. Se estaba haciendo tan real, tan sólido, que me estaba aplastando.
Sin darme cuenta, mi día a día había cambiado por completo. La mesa de dibujo, esa que había comprado con mis primeros ahorros, empezó a juntar polvo. Mis herramientas ya no eran los lápices de grafito ni los estilógrafos, sino el Google Calendar, el WhatsApp y el home banking. Pasé de crear mundos a gestionar recursos. De buscar la belleza en un trazo a pelear por un plazo de pago.
-“¿No vas a dibujar hoy?”, me preguntó Laura el otro día, mientras yo contestaba mails en la cena.
-“No puedo, amor. Mañana tengo que presentarle el plan a la gente de la agencia y todavía no cerré los números”.
-“Pero… tú no te encargas de los números”.
-“Ahora sí”, le contesté, casi con orgullo. Como un idiota.
No me di cuenta del silencio que vino después. O no quise darme cuenta. Estaba en piloto automático, corriendo una carrera que yo mismo había inventado. Me había convencido de que todo ese sacrificio, toda esa burocracia, era el precio a pagar por el sueño.
“Es una etapa”, me decía. “Cuando el estudio se consolide, voy a delegar todo y me voy a dedicar a lo mío”.
¿Cuántos años llevaba diciéndome lo mismo? ¿Tres? ¿Cinco?
La mentira se me hizo evidente el otro día, hablando con Pablo, uno de mis amigos del secundario. Le conté de mi angustia, de esta sensación de ser un impostor en mi propia vida.-“Llegaste, amigo. Tienes todo lo que querías. ¿De qué te quejas?”, me dijo, mitad en joda, mitad en serio.
“Justamente de eso, Pablo. Llegué. ¿Pero a dónde? Siento que me esforcé tanto por construir la casa que me olvidé de vivir adentro. El tipo que maneja este estudio no es el joven que quería dibujar. Es un gerente. Un desgraciado gerente”.
Pablo se quedó callado. Me miró fijo y me soltó una frase que me movió el piso.
-“Che, un siquiatra yanqui dice que para no perderte tienes que tener claras cuatro cosas: Qué quieres para tus relaciones, para tu trabajo, para tu salud y para ti, para tu alma. Y el tipo propone una pregunta simple pero demoledora, para hacerte todos los días: ‘¿Esto que estoy haciendo ahora me acerca a la vida que quiero tener?’”.
Me quedé helado. La pregunta era un golpe de knock out. Porque no me pedía que evaluara mis logros, mi cuenta bancaria o mi estatus. Me obligaba a mirar mi agenda, mi día a día. ¿Mi última semana era coherente con la vida que quería?
Hice el ejercicio mental ahí mismo. Relaciones: Con Laura, apurados, cansados, hablando de cuentas y de problemas. Trabajo: Un infierno de Excel y reuniones que odiaba. Salud: Dormía poco y mal, comía cualquier cosa y la última vez que hice deporte fue en el colegio. Mi desarrollo personal, mi alma: ¿Cuándo fue la última vez que agarré un cuaderno para dibujar algo para mí? ¿Sin un cliente, sin un brief, sin un plazo? No me acordaba.
Caí en la cuenta de que no me había desviado del camino. El problema era peor: El camino se había convertido en el destino. La inercia me llevaba puesto. Nos entrenan para ser productivos, para avanzar, para cumplir objetivos como si estuviéramos juntando figuritas. Pero nadie te enseña a levantar la cabeza del manubrio y preguntarte si la ruta que estás siguiendo te lleva a un lugar donde de verdad quieres estar.
La pregunta de Pablo no me dio una solución. Me dio algo mucho más importante: Un mapa. Me mostró que estaba perdido.
Esa noche, cuando volví a casa, no prendí la computadora. Fui directo a la biblioteca, busqué mi vieja mesa de dibujo que ahora usábamos para apoyar estupideces y la limpié. Saqué un cuaderno, un lápiz 6B y me quedé ahí, mirando la hoja en blanco. No sabía qué dibujar. Sentí miedo. ¿Y si ya no sabía cómo hacerlo? ¿Y si el gerente se había comido para siempre al dibujante?
Pero por primera vez en mucho tiempo, la pregunta en mi cabeza no era “¿cómo llegué a esto?”. Era otra, mucho más difícil y, al mismo tiempo, la única que importaba: “Y ahora, ¿qué hago?”.
A veces, el mayor peligro no es no llegar. Es llegar y descubrir que te perdiste en el camino. El éxito no es una estación a la que se llega, sino una forma de viajar.
Juan Tonelli
Escritor y conferencista
Autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.
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