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Detente, Trump

AMLO se hace presente porque la narcopolítica que toleró persigue hoy a Morena. Vuelve porque Estados Unidos ha comenzado a hacer las preguntas que en México nadie quiso formular. Y regresa, sobre todo, porque tiene miedo.

Denise Dresser

Denise Dresser

Nos dijeron que López Obrador estaba retirado. Que se había ido a La Ching…, literalmente y políticamente. Que cumpliría su promesa de desaparecer de la vida pública para no opacar a la Presidenta ni intervenir en el nuevo Gobierno. Pero la promesa de AMLO expira en cuanto el legado empieza a tambalearse. Por eso reaparece. No sólo para defender su obra; también para defenderse a sí mismo. Su carta pública es una reaparición desafiante, pero también una confesión involuntaria. Detrás de cada elogio al pasado hay preocupación por el futuro. Detrás de cada recuerdo de su relación con Trump hay ansiedad ante lo que viene. AMLO se hace presente porque la narcopolítica que toleró persigue hoy a Morena. Vuelve porque Estados Unidos ha comenzado a hacer las preguntas que en México nadie quiso formular. Y regresa, sobre todo, porque tiene miedo.

Y por ello escribe una carta donde intenta presentar una relación excepcional con Trump. Una historia de entendimiento mutuo, amistad política y respeto recíproco. Una narrativa donde ambos mandatarios navegaron las diferencias gracias a la buena voluntad. El problema es que los hechos cuentan otra historia. En su primera iteración, Trump nunca fue particularmente amable con México. Convirtió a los mexicanos en villanos convenientes para movilizar a su base electoral. Nos usó como símbolo del desorden fronterizo. Aprovechó la dependencia económica para presionar la renegociación del T-MEC. Alimentó el miedo al migrante y utilizó a México como piñata política permanente. No fue una relación entre iguales; fue una relación marcada por la presión.

Pero quizá el problema más revelador de la carta no es su reconstrucción fantasiosa del pasado, sino su incapacidad para entender el presente. López Obrador está convencido de que Trump es un hombre razonable rodeado de malos asesores. Que el problema son quienes lo rodean y no él mismo. Que las amenazas provienen de consejeros extremistas y no de convicciones profundamente arraigadas. Es una lectura sorprendentemente ingenua para alguien que presume conocer tan bien a su interlocutor. Porque el Trump de hoy no es el de ayer. Es más poderoso, más radical y más obsesionado con la migración, el fentanilo y la seguridad fronteriza. Pero, sobre todo, es un Trump para quien la narcopolítica mexicana se ha convertido en un tema central.

Washington ya no discute únicamente caravanas o aranceles. Discute organizaciones criminales y redes de protección política. Comienza juicios y quita visas. Insiste en lo que durante años se negó, se minimizó o se encubrió desde Palacio Nacional. Y López Obrador escribe como quien ignora que su propia narrativa choca con expedientes, investigaciones y acusaciones que ya cruzaron la frontera. AMLO sigue creyendo que la política funciona como una mañanera interminable donde basta repetir una versión para convertirla en verdad. Sigue imaginando que controla la conversación. Mientras tanto, el mundo cambió. Estados Unidos cambió. Trump cambió.

Y llega entonces la verdadera razón de la carta. El miedo. Miedo al Trump que viene, no al Trump que conoció. Miedo a un Presidente estadounidense que ya no necesita a López Obrador, ya no negocia con él y ya no está dispuesto a tratar a México como un expediente administrable. Por eso la carta suena menos a memoria y más a súplica. Cada línea intenta convencer a Trump de que hubo respeto mutuo; cada párrafo busca recordarle favores que nunca existieron; cada adjetivo delata la ansiedad de quien prefiere no mencionar la narcopolítica, la colusión criminal y las responsabilidades que su Gobierno prefirió tapar. Entre líneas la carta parece una petición preventiva; un salvoconducto disfrazado de recuerdo.

Trump 2.0 es una amenaza que AMLO no termina de entender. Y quizá por eso la carta resulta tan reveladora: un ex Presidente que quiso moldear la realidad a su antojo descubre que la realidad ya no le obedece. Mientras imagina romances trumpistas, sucesiones controladas, herederos políticos y hasta futuros presidenciales para su hijo “Andy”, el mundo que se avecina se parece cada vez menos a las fantasías de Palenque. En el México que existe más allá de su cabeza, la lista de narcopolíticos crece y se acerca cada vez más a López Obrador. Y por eso, la carta no retrata a un líder seguro de sí mismo. Retrata a un hombre preocupado. Un hombre acorralado. Un hombre con miedo.

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