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Las matemáticas y las chimichangas

Feynman alguna vez dijo: “No confundas la educación con la inteligencia, puedes tener un doctorado y seguir siendo un idiota”.

Jesús Canale

¿Qué prefiere usted al visitar su restaurante preferido, pedir siempre el platillo que más le gusta o pedir platillos que no ha probado? La introducción que sigue es algo personal, disculpe.

Cuando estaba en la secundaria y preparatoria, con el “domingo” que nos daba mi papá cenaba en el Café Pradas de la calle Serdán y pedía invariablemente un sándwich de queso amarillo caliente, derretido. Alternaba ese sitio con una sencilla cenaduría de platillos sonorenses que había en el entonces bulevar Centenario -hoy Hidalgo- justo frente al costado Norte de Catedral; allí invariablemente pedía chimichangas hechas con tortilla de harina sobaquera y crujiente, bañadas con una crema muy sabrosa.

Años después, durante el año de servicio social en Ímuris, comí siempre en un pequeño restaurante al paso de la Carretera Internacional, junto a la garita de aduana que allí había, e invariablemente pedí todos los días del año un par quesadillas emparedadas en tortillas de harina gruesecitas acompañadas de frijoles maneados.

Después, cuando cursaba mi posgrado en la CDMX, tiempo en el que ya tenía mi sueldo o beca (el Gobierno les llamaba de una u otra manera según le convenía) así que ya podía ir a comer uno que otro domingo fuera del hospital, y esporádicamente iba a la Hostería de Santo Domingo, justo en el Centro Histórico, por la sencilla razón de que allí se servía durante todo el año el chile en nogada, que también invariablemente pedía, nunca otro platillo. Me perdí quizás de algunas otras delicias que preparaban en esos sitios; lástima que esos cuatro restaurantes ya cerraron y la oportunidad de degustar en ellos otros platillos se me fue por completo.

Esta larga introducción permite en mi caso responder sin titubeo la pregunta con que arranca esta columna. Pero no todo mundo escoge pedir siempre lo mismo; otros, más exploradores, cuando se enfrentan a la oportunidad de escoger entre lo conocido y lo desconocido escogen probar diferentes platillos -igual con el calzado, pasta de dientes, jabón, desodorante, automóvil, pluma, calcetines, etcétera-. Usted habrá escuchado que, para los matemáticos (no todos), todo se puede resolver con matemáticas, incluso los temas sentimentales, simplemente se requiere encontrar una fórmula matemática que dé en el clavo.

Pues bien, hace poco más de 50 años el físico estadounidense y laureado en 1965 con el Nobel de Física, Richard Feynman, que solía visitar un restaurante tailandés llamado “Indra” en Glendale, California, se enfrentó en una ocasión al dilema de qué ordenar, si lo mismo que antes o algo diferente y se le ocurre en ese momento trabajar sobre esa inquietud aplicando matemáticas de manera que se puso a hacer unas anotaciones de signos, números y textos, estos últimos casi imposibles de descifrar pues tenía muy mala letra, pero, en fin, llegó allí mismo a encontrar una fórmula matemática (foto) que planteaba y resolvía el dilema de alguien que visita su restaurante preferido y no sabe si pedir lo mismo que antes o probar algo diferente.

Feynman falleció en 1988 pero recientemente un equipo de expertos en ciencias de la cognición efectuaron un experimento sobre la toma de decisiones en 2,500 participantes y sometieron a la fórmula de Feynman las correspondientes variables: Los resultados empalmaron casi perfectamente con la ecuación propuesta cinco décadas atrás por un físico en un restaurante de California.

A quien le interese y pueda entender los detalles aquí está la ubicación del estudio: Proceedings of the National Academy of Sciences, 2 de junio de 2026, Vol 123. La imperfección del estudio es que la fórmula ¡no toma en cuenta el aburrimiento! y sobre esto el servicio digital Nature Briefing ha comentado que “incluso el plato más sabroso puede no ser siempre apetecible”.

Para el caso de las estrategias económicas y el comercio -mercadotecnia- las matemáticas han sido un factor útil para la proyección, el diagnóstico, el pronóstico y la toma de decisiones, es verdad, pero para las operaciones de la voluntad, el criterio y la afectividad, no parece que las matemáticas puedan ser el punto de partida, al menos hoy no se ve cómo.

A propósito de todo esto, el mismo Feynman alguna vez dijo: “No confundas la educación con la inteligencia, puedes tener un doctorado y seguir siendo un idiota”.

Médico cardiólogo por la UNAM.

Maestría en Bioética.

jesus.canale@gmail.com

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