La carta de López Obrador y Sheinbaum
Es evidente, para mí, que se pusieron de acuerdo, de una manera o de otra.

No hay manera de evitar el comentario sobre la carta de López Obrador. Con el tiempo se le va a ir desgastando la dosificación de sus intervenciones en la plaza pública, pero por ahora sigue revistiendo un enorme interés todo lo que dice, aunque no necesariamente una inmensa importancia. Es el caso siempre de los caudillos, en retiro, en la travesía del desierto, o en el ocaso del patriarca.
Veo un par de características que conviene subrayar. La primera es la completa identificación, el total alineamiento de la argumentación de López Obrador y de la presidenta Sheinbaum el domingo, y sobre todo el lunes pasado. Ambos buscan la manera de denunciar a Estados Unidos, es decir, al Gobierno yanqui; es decir, al imperialismo; es decir, a Washington, sin comprometer o atacar directamente a Donald Trump. Ella lo hizo tácitamente el domingo al no mencionarlo por su nombre en el discurso del Monumento a la Revolución, el lunes al ser explícita y decir que no creía que él fuera el responsable de los ataques de la ultraderecha contra su Gobierno. Él contrasta el Trump primero con el Trump segundo, el Trump que lidió con él y el Trump que lidia con ella, y el tipo de relación que México tuvo con Estados Unidos, según AMLO, entre 2018 y 2020, con el que ha padecido Sheinbaum desde hace un año y medio.
Es evidente, para mí, que se pusieron de acuerdo, de una manera o de otra. O lo hablaron ellos, o sus equipos, o por ósmosis entendieron la una y el otro que ese era el camino más apropiado para enfrentar un reto que probablemente ningún Presidente de México ha tenido que presenciar, en todo caso desde Miguel de la Madrid, y probablemente más atrás. Creo que ambos se equivocan en cuanto a los hechos, como ahora explicaré, pero la táctica defensiva puede resultar útil, sobre todo para propósitos internos. No estoy seguro que Trump llegue a darse por enterado, pero en todo caso esto sirve para la militancia de Morena y los “quedabienes” de la comentocracia. Les permite seguir denunciando al imperialismo sin pelearse con Trump, por lo menos personal y retóricamente. Se parece enormemente al razonamiento de Nicolás Maduro en noviembre y diciembre del año pasado, cuando deslindaba al Presidente norteamericano de su secretario de Estado cubanoamericano, pintando al primero como el bueno y al segundo como el malo.
En segundo lugar, resulta difícil de entender la evidente falsedad del razonamiento. Existen diferencias entre Trump uno y Trump dos, pero no son las que dice López Obrador. Los contrastes principales son dos. En primer lugar, Trump uno se rodeó, por necesidad, por facilidad, por inclinación, por pereza mental, de un equipo de colaboradores razonablemente sensatos y experimentados. Sus jefes de oficina de la Presidencia, sus secretarios de Estado, sus consejeros de seguridad nacional, sus secretarios de Homeland Security fueron, en la mayoría de los casos, personas con experiencia de política exterior y/o de defensa y administración pública, con largas trayectorias burocráticas, militares, o académicas. En cambio, en esta ocasión, Trump ya no ha escogido a un equipo de esa naturaleza. Marco Rubio fue un senador con cierta experiencia en el Comité de Relaciones Internacionales, pero no proviene de ese ámbito. Todos los demás son personajes afines a Trump, afines a Proyecto 2025 de la Heritage Foundation, a MAGA, pero carentes de cualquier currículum de experiencia o sensatez. No conforman un muro de contención para él, al contrario: Magnifican, amplifican, potencian, su propio extremismo. Lo hemos visto en el caso de Venezuela, en el caso de Irán, de Europa, y hasta cierto punto con México.
En segundo lugar, Trump uno buscaba la reelección. Sabía que ciertas cosas no eran compatibles con su lógico afán reeleccionista. Trump dos sabe, a pesar de las payasadas, que no existe la posibilidad de volver a la Casa Blanca después del 2028. Por lo tanto, los filtros, las restricciones, las limitaciones que impone todo intento de perpetuación en el poder se desvanecen. Eso hace que sea, en efecto, diferente, pero no lo que dice López Obrador. Trump es el mismo. El de la escalera mecánica del Trump Tower en 2015 denunciando a los violadores y drogadictos mexicanos, y el de la intervención en Venezuela o el bombardeo de Iraq. Buscar la manera de diferenciar a Trump de sus colaboradores hoy en día probablemente resulte un esfuerzo fútil. Ni él se va a deshacer de ellos, ni ellos se van a alejar de él.
Por todo ello, puede uno suponer que la estrategia de Sheinbaum y AMLO -la misma- consiste en dirigirse a la opinión pública mexicana, y en particular a la base de la 4T. Ni AMLO ni Sheinbaum le hablan a Estados Unidos. Buscan consolidar su apoyo en México para lo que obviamente ven como un conflicto callejero mayúsculo. No estoy seguro que les alcance.
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