El problema no es que las cosas salgan mal, sino abandonarnos
Hay un momento en muchos partidos, no sólo los que jugamos en la cancha sino en la vida, en que uno deja de perder contra el rival y empieza a perder contra su propia resistencia a la realidad.

Historias demasiado humanas
“No abandonarme en la derrota, sino intentar llevar el partido hasta donde yo pueda”.
Rafael Nadal dijo esto en alguna entrevista y desde entonces no dejo de recordarlo. Entendiendo que si bien él se refería al tenis, tiene un paralelismo absoluto con los problemas y dificultades que tenemos en la vida. El habla de no soltarse a uno mismo cuando las cosas ya no salen como esperábamos.
Quien vio jugar a Nadal sabe que había partidos donde todo estaba en contra: El marcador adverso, el cuerpo roto, el rival jugando el mejor tenis de su vida. Su expresión mostraba que era consciente de la adversidad que atravesaba, y sin embargo seguía ahí. Presente. Como si cada punto fuera el primero de su vida. Había algo en esa presencia, en esa insistencia obsesiva y sagrada a la vez.
Lo que no hacía también era notable. Nunca rompió una raqueta ni permitió que sus emociones -que indudablemente las tenía-, lo esclavizaran.
De chico sus padres le repetían algo simple: “Tienes la suerte de tener una raqueta. Muchos chicos no. Cuídala.” Y esa enseñanza menor, casi doméstica, terminó moldeando algo enorme: La convicción de que su estado de ánimo no era un problema del otro, ni del clima, ni del marcador. Era su responsabilidad, y su oportunidad.
En una época donde solemos confundir intensidad con autenticidad, eso resulta bastante extraño. Porque la frustración no sólo duele; también nos saca del presente. Hace que dejemos de ver lo que todavía podemos hacer y quedemos atrapados en lo que salió mal, en lo injusto que parece todo. Hay un momento en muchos partidos, no sólo los que jugamos en la cancha sino en la vida, en que uno deja de perder contra el rival y empieza a perder contra su propia resistencia a la realidad.
Ahí el partido suele terminar de verdad.
Esto no ocurre sólo en cosas grandes sino también en una separación, en un proyecto que se cae, en una enfermedad. Y también en lo mínimo: La discusión que se va de las manos, el día que no arranca, la decepción que nos amarga por completo. De golpe algo se rompe en nuestro interior y desde ahí actuamos, ya no desde el problema sino desde la resistencia al problema, que suele ser bastante más destructiva. Es como si el dolor nos diera permiso para abandonarnos.
Lo que Nadal comprendió es que aceptar que algo está pasando no es lo mismo que resignarse. Es dejar de gastar energía en pelear contra lo que ya ocurrió para poder usarla en lo que todavía está ocurriendo. Es la diferencia entre la persona que pierde un set y lo asimila, y la que pierde un set y pasa los dos siguientes jugando contra ese set perdido. Hay una fortaleza visible, la de quien gana, resuelve, se impone. Y hay otra bastante menos vistosa: La de quien logra no irse cuando las cosas se ponen difíciles.
Nadal conmovía a personas que no sabían nada de tenis precisamente porque en esa insistencia había algo que todos hemos necesitado alguna vez.
Carlos González Vallés, sacerdote jesuita español, lo dijo de otra manera, pero apuntaba al mismo lugar: No sufrimos solamente por lo que pasa, sino por la resistencia a que eso esté pasando.
Aceptar lo que pasa y quedarse en el partido. Eso ya es una victoria.
Juan Tonelli
Escritor y conferencista
Autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.
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