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Menospreciar la inteligencia ciudadana

Todas las tiranías se parecen, comienzan negando la existencia de los otros y haciendo del control político y social un método ominoso, cuando finalmente se presenta el desastre niegan inútilmente la realidad.

Joaquín  Robles Linares N

SEPTENTRIÓN

Avanzamos hacia a la incertidumbre que presagian las catástrofes, mientras esto sucede, este domingo se recurre a un ejercicio de ostentación insustancial, una concentración virtual que evidencia que el acarreo ha cansado a la población, los estados se afanan en el capricho presidencial para conmemorar el segundo aniversario de su triunfo electoral, un monumento a la insensatez a la más absurda demagogia y una muestra patente de la relación de este régimen con la simulación y la mentira.

Las ocurrencias saturan el discurso oficial acompañadas por una profusión descomunal de falsedades, atestiguamos cómo se alejan de la verdad haciendo de esto una rutina y una vulgar demostración de poder, mintiendo por soberbia a sabiendas que lo que se dice es mentira.

Toman decisiones que hasta algunos de sus correligionarios avergüenzan, defienden obsesivamente a criminales y maniobran abusivamente para mutilar la Constitución a conveniencia -muestra de su incompetencia e incomprensión-, las voces que defendían a la Presidenta y que invocaban diferencias con su antecesor han quedado sepultadas en el desencanto.

Todas las tiranías se parecen, comienzan negando la existencia de los otros y haciendo del control político y social un método ominoso, cuando finalmente se presenta el desastre niegan inútilmente la realidad.

En los inicios del porfiriato la arrogancia fue más que una característica, fue un sistema que encumbró a un régimen indiferente que ignoraba a los adversarios y cobijaba con cinismo a los oportunistas:

“Los conservadores y católicos fueron ridiculizados una vez tras otra en la prensa subvencionada, pues el oficialismo no los reconocía como dignos, ni siquiera para entablar debates (…) en primer lugar, la alta jerarquía eclesiástica recién volvía de su exilio y solicitó a sus fieles que se manejaran con prudencia y sumisión a las autoridades, para que no se acusara a la Iglesia de sublevación y rebeldía”. (Adán Rodríguez Ávila, «La oposición en los primeros lustros del porfiriato», revista BiCentenario: El ayer y hoy de México, núm. 69).

Más allá de las distancias cronológicas entre el caudillismo del siglo XIX y un partido que instrumentalizó la democracia para desmantelarla, las actitudes autocráticas los hermanan. Ambos cometen invariablemente los mismos errores: Refugiarse en la ideología, apelar a la acusación estéril, sacralizar su origen y subestimar la inteligencia ciudadana, una soberbia autodestructiva.

Mientras el País padece esta pesadilla dirigida por una administración incapaz de descifrar la realidad, cada Estado vive sus propias devastaciones. En Sonora, la huelga universitaria impuesta por ambos sindicatos ya supera el mes de parálisis, convirtiendo la pérdida del semestre en una amenaza real.

El presuntuoso Plan Sonora -aquella panacea que nos proyectaría a un futuro promisorio mediante la energía solar- ha quedado olvidado en la retórica y muy lejos de la materialidad.

La aventura ferroviaria local corre la misma suerte: Miles de millones de pesos yacen enterrados entre Ímuris y Nogales. En esos valles hoy sólo se levantan columnas solitarias, monumentos al despropósito que culminan en un túnel a medio construir en la frontera de Nogales, destino final de un tren misterioso.

Si algo caracteriza a estos regímenes son los excesos, escoltados por esa enfermiza dependencia de la ostentación como mecanismo de dominación, el camino a la ceguera política que continuamente deriva en catástrofe, la trampa del exceso de confianza.

Se miente porque se puede, no hay consecuencias, siete años de negar lo evidente y hacer de esta práctica un instrumento de tenacidad política.

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