Los dictadores deben morir en la cárcel
Entre miles de pláticas durante cuatro décadas he entendido el enojo de los exiliados cubanos cuando otros latinoamericanos se rehúsan a criticar la dictadura en Cuba.

JORGE RAMOS
MIAMI - Llevo exactamente 40 años viviendo en esta ciudad y estoy empapado del dolor de los exiliados cubanos. Me sé de memoria sus historias de destierro, adaptación y éxito. Y nunca deja de sorprenderme su buen humor, candidez y energía a pesar de todos los horrores que han pasado.
Pero esta fue una buena semana. Acusaron al dictador de asesinato y, aunque la justicia aparezca lejana, hay esa tenue sensación de que están más cerca que nunca de un cambio en la isla. Después de todo han sido 67 años de tiranía, y esa estrofa de la canción “y ya vienen llegando” se ha referido a todo menos a la democracia y a la libertad en Cuba.
Treinta años después de que el gobierno cubano derribara en aguas internacionales a dos avionetas de la organización Hermanos Al Rescate, matando a sus cuatro tripulantes, el Departamento de Justicia de Donald Trump acusó de asesinato al dictador y actual líder moral de Cuba, Raúl Castro, quien era en ese momento ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Junto con el inusual encausamiento está circulando un audio en el que el mismo Raúl Castro da la orden de derribar las avionetas. “Túmbenlo en el mar, y no consulten”, se le escucha. En la grabación de varios minutos, su preocupación no era la destrucción de las aeronaves, sino que cayeran como una “bola de fuego” sobre la Habana.
Es difícil saber qué sigue. La acusación contra Raúl, de 94 años, no terminará con su entrega voluntaria a las autoridades estadounidenses, como pidió Todd Blanche, el ingenuo fiscal general interino de Estados Unidos. El gobierno cubano ya rechazó todas las acusaciones contra su jefe real y dice que son una excusa para una posible intervención militar. Pero luego de la extracción de Nicolás Maduro en Venezuela, Trump se ha hecho fama de impulsivo e impredecible. Y tras la distracción de la guerra en Irán, a Trump se le puede ocurrir cualquier cosa.
Aquí en Miami la acusación contra Raúl fue motivo de celebración en la Calle Ocho - se llenó el restaurante Versailles - y hasta de planes de varios ejecutivos para invertir en la isla luego del fin de la revolución. Fue, en el fondo, una pequeña venganza para que Raúl no muera tranquilo. Todos los dictadores deberían morir en la cárcel. No pasó con Fidel, ni con Hugo Chávez o Augusto Pinochet. Y es poco probable que ocurra con Raúl. Pero Maduro ve todo esto detrás de las rejas.
Entre miles de pláticas durante cuatro décadas he entendido el enojo de los exiliados cubanos cuando otros latinoamericanos se rehúsan a criticar la dictadura en Cuba. ¿Por qué los presidentes de Brasil, Colombia y México nunca piden democracia y libertad para los cubanos? ¿Por qué se asustan de llamarle dictador a Miguel Díaz-Canel? Está clarísimo que los presos políticos, los asesinatos de opositores, la brutal censura de prensa, la represión por las más mínimas protestas - hasta por la canción “Patria y Vida” - y la falta de elecciones multipartidistas, no son culpa del bloqueo estadounidense sino de un sistema basado en el abuso de autoridad y en la concentración del poder de la familia Castro y sus allegados.
Solo una vez he estado en Cuba, cuando el papa Juan Pablo II visitó la isla en 1998. La recorrí toda. Pero por entrevistar a disidentes y a periodistas independientes las autoridades cubanas me prometieron que nunca podría regresar y han cumplido su palabra. Y solo una vez entrevisté al dictador Fidel Castro. Fue en Guadalajara en 1991 durante la primera Cumbre Iberoamericana. Pero la entrevista duró únicamente 59 segundos. Sus guardaespaldas me empujaron a un lado y me tiraron al piso cuando empecé a preguntarle a Fidel sobre la falta de democracia en la isla. Si así me fue a mí por un ratito, imagínense lo que pasan los cubanos todos los días.
Cuando alguien te golpea y te ofende, nunca se olvida. Y por eso los cubanos en el exilio tienen buena memoria. Nunca olvidan la traición que les jugó el presidente John F. Kennedy durante la invasión de Bahía de Cochinos en 1961; jamás llegó el apoyo aéreo prometido por Estados Unidos. Desde entonces, le han dado la espalda al Partido Demócrata. E incluso ahora que Trump ha empezado a deportar a cubanos a la isla, sus lealtades no se han modificado.
Carlos Alberto Montaner, el abuelo de mi hija, Paola, murió antes de cumplir su sueño de regresar a una Cuba libre. Se escapó de una prisión de la isla, y luchó toda su vida para terminar con la dictadura. No le tocó verlo, más nunca perdió la esperanza. Estaba convencido, como yo lo estoy, de que todos los dictadores caen.
No estamos solos. En estos días percibo una cierta alegría en Miami. No es que vaya a haber un inmediato cambio de régimen en la isla, ni que haya ninguna seguridad de que el dictador en turno vaya a terminar en una cárcel de la Florida. No estoy de acuerdo con ninguna intervención militar de Estados Unidos en América Latina. Pero la acusación criminal a Raúl Castro fue un muy rotundo “no se nos olvida” y “tú también caerás”.
A veces hay que decir las cosas para que pasen. Y si están escritas, mejor.
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