El Imparcial / Columnas / Columnas México

‘Supérenlo’

La Presidenta se tropieza una y otra vez en la mañanera intentando minimizar el impacto político y diplomático del caso Sinaloa.

Agregar EL IMPARCIAL en

“Ya supérenlo”, nos dicen los propagandistas del Gobierno de Claudia Sheinbaum. Ya superen a López Obrador, dicen. Es sólo un hombre, argumentan. Y de ahí pasan a insistir en que el problema de la narcopolítica viene desde hace décadas. México siempre ha convivido con gobernadores corruptos, policías comprados, militares coludidos y fiscales obedientes, por lo que deberíamos de dejar de frotarnos las manos ante las nuevas revelaciones. Y nos preguntan: ¿Por qué tanta obsesión con Andrés Manuel? ¿Por qué tanto entusiasmo ahora que Estados Unidos exhibe los vínculos entre Rubén Rocha, Enrique Inzunza y la maquinaria política sinaloense? La respuesta es simple: Porque no se trata de superar a AMLO. Se trata de desmontar el legado que dejó y Sheinbaum no parece estar decidida a hacerlo.

La Presidenta se tropieza una y otra vez en la mañanera intentando minimizar el impacto político y diplomático del caso Sinaloa. Habla como si bastara indignarse por la “intervención extranjera”, cerrar filas, acusar complots y seguir adelante, centrando toda la atención en la torpe Gobernadora de Chihuahua. Como si la imputación estadounidense fuera apenas otra molestia mediática y parte de un Poder Judicial que manufactura mentiras. Como si el problema fuera el mensajero y no el mensaje.

Sí, México arrastra una larga historia de complicidad entre el crimen organizado y el poder político. El estudio reciente publicado por el Council on Foreign Relations -“Mexico’s Long War: Drugs, Crime and the Cartels”- documenta cómo el narcotráfico penetró instituciones locales, cuerpos policiales y estructuras gubernamentales desde hace décadas. Pero López Obrador agravó esa descomposición al convertir la estrategia de seguridad en una mezcla tóxica de negación, propaganda y pactos tácitos. “Abrazos, no balazos” terminó siendo algo más que un slogan fallido, y se convirtió en una doctrina de tolerancia territorial. Gobernar sin confrontar. Administrar sin investigar. Fingir que el problema disminuía mientras los cárteles expandían control político, económico y social. Y Sinaloa se volvió el ejemplo más obsceno de esa convivencia.

Ante ello, la respuesta oficial raya en lo ridículo. Como si citar a Rubén Rocha o pedir comparecencias ante la Fiscalía General de la República resolviera algo. ¿La misma Fiscalía que durante años supo y no actuó? ¿La misma institución que, según reveló Claudio Ochoa Huerta, acumulaba expedientes delicadísimos mientras Alejandro Gertz Manero administraba la justicia mediante un archivo de chantajes políticos? Porque ese es el verdadero escándalo. No sólo la posible colusión criminal, sino el hecho de que el Estado mexicano sabía. Escuchaba. Documentaba. Grababa. Archivaba. Y callaba. La justicia se convirtió en seguro de vida político. Carpetas congeladas para disciplinar adversarios. Investigaciones usadas como moneda de cambio dentro del régimen. Gertz Manero no fue un fiscal anticorrupción; fue el guardián de los secretos de la élite gobernante. Un hombre temido no por judicializar expedientes, sino por esconderlos.

Por eso resulta tan insultante el coro de “ya supérenlo”. Lo que realmente piden los porristas del régimen es resignación. Acepten el statu quo. Acostúmbrense a convivir con gobernadores bajo sospecha. Normalicen la captura criminal del Estado. Dejen de incomodar al “movimiento”. Dejen de señalar a López Obrador. Pero resulta imposible “superarlo” cuando Claudia Sheinbaum insiste en declararse políticamente inseparable de él. Cuando afirma -como lo hizo esta semana- que nunca marcará distancia porque son parte del mismo proyecto. Y quizás, sin querer, dijo la verdad más importante de su sexenio.

Porque entonces no habrá corrección. No habrá ruptura. No habrá una nueva línea divisoria entre autoridad y criminalidad. Habrá continuidad, lealtad y más negación ideológica frente a una realidad cada vez más brutal. Mientras México se niegue a enfrentar domésticamente el problema, Estados Unidos lo hará desde fuera. Con acusaciones. Con presiones diplomáticas y económicas. Con visas canceladas. Con expedientes. Porque el vacío que dejan las instituciones capturadas siempre termina siendo llenado por el más fuerte. Y mientras tanto, los nuevos siervos del poder gritan “Ya supérenlo”. Como si el País pudiera superar un incendio mientras quienes gobiernan siguen jugando con cerillos.

Temas relacionados