Los genes y la raza del mexicano
La carga genética predominante en México es un mosaico -es decir, muy diversa- y se encuentra en los mestizos que suman en nuestro País un 80% de la población

CRITERIO
En los últimos años parece gestarse una especie de confrontación racial al interior del pueblo mexicano pero también hacia su exterior, es decir, entre el pueblo mexicano y los pueblos de otras naciones, principalmente europeos.
No voy a elucubrar en los orígenes de esta replanteada confrontación -replanteada, sí, porque se trata del resurgimiento de un brote que habría ocurrido siglos atrás- ni la tomaré en serio porque muy probablemente se encendió de nuevo no desde el seno de nuestro pueblo sino a partir de una provocación replanteada principalmente por algunos elementos de la clase política y por ello esto conduciría a un espectáculo de arena partidista que desviaría e incluso rebajaría la intención de este texto.
La cuestión racial suele haber inducido un enfrentamiento de clases o grupos de la composición social en no pocas naciones a lo largo de la Historia.
Técnicamente la raza es el resultado de la expresión de una serie de cruces de información contenida dentro de unas partículas minúsculas ubicadas dentro del núcleo de nuestras células, conocidas como genes. De aquí que hoy, cuando se habla de las similitudes y diferencias físicas entre diversos grupos humanos se está hablando en realidad de los genes que se pueden representar dentro de un mapa y de aquí lo de “mapa genético” o genoma.
Todas las personas compartimos con los demás el 99.9% del genoma propio de la especie humana y solamente el 0.1% restante contiene y aporta la información que determina las diferencias que hacen que no seamos iguales unos a otros y entre esas diferencias está la raza, o mejor dicho las razas.
Pero la antropología y la genética moderna coinciden en que la biología realmente no admite la idea de la existencia de razas y ubican la idea de raza en una construcción social y cultural a partir de características físicas externas del individuo, fundamentalmente el color de su piel o la forma de sus párpados, por ejemplo.
La verdad es que cuando -por ejemplo- hablamos de un indígena no lo representamos en nuestra imaginación como un sujeto blanco, de cabello rojizo y ojos verdes sino moreno, de cabello negro y ojos color café oscuro. Si se quiere, podríamos decir que estrictamente las razas genéticamente no existen, pero social y culturalmente sí existe el racismo, y este lleva aparejadas otras características como el sitio geográfico de donde se proviene, la lengua, las costumbres básicas y otras que nos hacen exteriormente diferentes unos de otros.
No obstante estas realidades científicas se siguen haciendo diferencias en la apreciación, trato y aceptación o rechazo según “la raza”; en todo caso sería mejor hablar de etnias, pues la idea de etnia, que puede incluir la “extinta” idea de raza contiene además una identidad cultural aportada por el idioma, la historia, la cosmovisión y las tradiciones. Sin embargo seguimos hablando de razas, pero si tuviéramos mejor información y criterio aceptaríamos que la raza no es algo real, ni siquiera fundamental para la especie humana.
La carga genética predominante en México es un mosaico -es decir, muy diversa- y se encuentra en los mestizos que suman en nuestro País un 80% de la población, al menos, y contiene en diverso grado ingredientes genéticos nativo-americanos, europeos, africanos y asiáticos, en ese orden.
El pueblo indígena, considerado así por autoapreciación, es decir, por lo que se considera cada quien a sí mismo, ronda un 19%, pero por definición objetiva ronda el 15%, aunque los hablantes de al menos una de las 68 lenguas indígenas representan solamente el 6% de la población.
Lo más destacable de todo esto es que hablar de “razas humanas” ya no es genéticamente admisible; a este respecto cabe aquí anotar lo dicho en 1970 por san Josemaría Escrivá a un grupo de trabajadores durante su visita a una población del Estado de Jalisco: “¡Nadie es más que otro, ninguno! ¡Todos somos iguales! Cada uno de nosotros valemos lo mismo (…) porque no hay razas, no hay más que una raza: La raza de los hijos de Dios”.
Jesús Canale
Médico cardiólogo por la UNAM.
Maestría en Bioética.
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