Trump negoció el presente; Xi, el futuro
Donald Trump y Xi Jinping se reunieron esta semana en Pekín y ambos aparentemente obtuvieron lo que necesitaban.

Eduardo Ruiz-Healy
Donald Trump y Xi Jinping se reunieron esta semana en Pekín y ambos aparentemente obtuvieron lo que necesitaban. Trump: Titulares de victoria antes de las elecciones intermedias de noviembre y anuncios de compras chinas de soya, gas natural licuado y, según él, 200 aviones Boeing. Xi, algo más valioso: Abrir la puerta a la venta de chips H200 de Nvidia a unas 10 empresas chinas -Alibaba, Tencent y ByteDance entre ellas- cuyas licencias, según reportes de prensa, aprobó el Departamento de Comercio estadounidense meses atrás, pero que no habían derivado en una sola entrega. China frenaba esas compras porque apuesta por desarrollar semiconductores propios. La cumbre empezó a deshacer ese bloqueo.
El intercambio revela la asimetría de fondo. Trump opera con el horizonte de enero de 2029; Xi mira hacia décadas venideras. Esa diferencia determina quién cede más y quién cede mejor. Las compras de soya, gas y jets alimentan el ciclo electoral estadounidense y cuestan poco. Los H200, en cambio, son materia prima para entrenar modelos de inteligencia artificial y quien los acumula hoy construye una ventaja tecnológica difícil de revertir mañana. Las condiciones que, según diversos medios, impondría EE.UU son su uso no militar y una cesión de los ingresos de Nvidia al Gobierno estadounidense. Trump negoció el presente; Xi, el futuro.
Xi logró además que China presentara la reunión como el inicio de una “Estabilidad Estratégica Constructiva” para los próximos tres años. Bajo esa fórmula, la rivalidad debe mantenerse dentro de límites predecibles y el ascenso chino debe aceptarse como hecho, no como una anomalía. China obtuvo así un marco que acota los impulsos más disruptivos de Trump y lo obliga a tratarla como potencia de igual rango. Trump aceptó, o al menos no impidió que China presentara la reunión bajo una fórmula que le conviene más a Xi que a él.
El lenguaje corporal en el Gran Salón del Pueblo confirmó esa lógica. Trump llamó “amigo” a Xi y desplegó sus habituales gestos histriónicos. El Presidente chino evitó el término y prefirió usar “socios estratégicos”. Los presidentes estadounidenses pasan; el Partido Comunista Chino permanece.
Para México, lo acordado en China abre un riesgo directo. Foxconn, mencionada en reportes como posible distribuidora de los H200, opera decenas de plantas en México. Si esos chips se usaran aquí para ensamblar, integrar o producir componentes que luego crucen la frontera como producto norteamericano, EE.UU podría perder parte del control que intentó preservar con sus restricciones de exportación. La ruta mexicana podría convertirse en un punto sensible de triangulación tecnológica.
Para evitarlo, Trump podría presionar a México mediante auditorías, restricciones regulatorias y amenazas arancelarias contra las cadenas del T-MEC. México puede convertirse así en un punto de fricción entre los acuerdos que Trump presume: El comercial con China y el de reglas de origen del T-MEC. A eso se suma el fentanilo: Si Trump no reconoce los avances mexicanos, su frustración no se dirigirá contra China, sino contra México.
La cumbre fue un triunfo táctico para Trump y un avance estratégico para Xi. México no estuvo en las negociaciones, pero lo acordado por ambos lo afectará de alguna manera, tarde o temprano.
Eduardo Ruiz-Healy
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