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¿Sigue México?

Esto es lo que hay. En el caso de Trump, no estamos lidiando con un líder racional. Sus decisiones están basadas en corazonadas, no en la historia, ni en la diplomacia, ni en la experiencia de expertos.

Jorge  Ramos

Primero lo primero. Estoy totalmente en contra de una operación militar o policial de Estados Unidos dentro de territorio mexicano. Sin excepciones. Donald Trump no es el salvador, y nunca lo será. El presidente es un egocéntrico agresor con espíritu imperialista. Pero, al mismo tiempo, tenemos que reconocer que México ha fracasado durante décadas en su lucha contra los narcos y que es necesario que las autoridades hagan mucho más. Pronto.

El tema -¿cómo controlar la violencia en México y acabar con los narcos?- se ha convertido en noticia internacional debido a las acusaciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos contra 10 funcionarios mexicanos del partido Morena (incluyendo al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya) por, supuestamente, colaborar en el narcotráfico y aceptar la ayuda de los criminales para ganar la elección a la gubernatura de Sinaloa en 2021. El Gobierno de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en lugar de ofrecer ayuda en las investigaciones, ha salido a defender a los miembros de su partido. Se ha enrollado en la bandera de la soberanía, ha repetido hasta el cansancio que quiere ver más “pruebas”, y ha sido fuertemente criticada por la oposición.

“Hoy México está viviendo una verdadera tragedia, y así lo tenemos que entender”, dijo recientemente el senador panista, Ricardo Anaya. “Hoy en México gobierna un narco-partido. Morena es un narco-partido”, sigue. Esta gravísima acusación no es nueva. Viene desde que Andrés Manuel López Obrador, el ex presidente de México, estableciera la fallida política de “abrazos, no balazos”. En todo el País hay evidencias de que los distintos carteles de las drogas operan con la complicidad de políticos y policías. Por eso es tan difícil acabar con ellos; están protegidos por quienes los deberían perseguir.

Mientras todo esto ocurre en México, Trump anda dando batazos por el mundo. Primero fue Venezuela y la captura del dictador Nicolás Maduro, luego la guerra inventada en Irán -no hay pruebas de que los iraníes amenazaron a Estados Unidos con la posibilidad de crear armas atómicas- y ahora el presidente estadounidense anda buscando un nuevo escenario para utilizar sus juguetes de guerra. Había dicho que tomaría a la isla de Cuba “casi inmediatamente”, enviando a sus playas el portaviones más grande del mundo. Pero hay crecientes señales de que está perdiendo la paciencia con su vecino del Sur. ¿Sigue México? Ojalá que no.

Trump ha hecho un montón de declaraciones, algunas contradictorias, sobre México, aunque nunca ha ocultado su deseo de enviar tropas para luchar contra los narcotraficantes, a quienes considera terroristas. Sheinbaum, inteligentemente y con la estrategia de “cabeza fría”, ha logrado disuadirlo de semejante aventura. Pero hay dos cosas que brincan.

La primera es que en la nueva Estrategia Nacional para el Control de Drogas de Estados Unidos, que se acaba de publicar, figura el objetivo de “destruir a las Organizaciones Criminales Transnacionales”. Eso no se puede lograr sin tropas o drones estadounidenses en los territorios que ocupan. Y segundo, las más recientes declaraciones de Trump son particularmente agresivas contra México y sugieren una posible preparación para actuar. “Las drogas que entran por el mar han caído en un 97%”, dijo hace poco Trump desde la Casa Blanca. “Y ahora que hemos entrado a la fase terrestre, es mucho más fácil. Hay quejas de representantes de México, pero si ellos no hacen el trabajo, lo vamos a hacer nosotros. Y ellos lo comprenden”.

No, no creo que lo comprendan. En Estados Unidos hay un sentido de urgencia que no parece haber llegado al Palacio Nacional en el Zócalo. Las mañaneras han estado repletas de argumentos leguleyos para no extraditar a Estados Unidos a la decena de funcionarios del partido de la Presidenta acusados de narcotráfico. No suena como que se lo han tomado en serio o con premura. Y cuando se trata de Trump, basta una noche de insomnio para iniciar una guerra o una nueva operación militar en otro país.

Esto es lo que hay. En el caso de Trump, no estamos lidiando con un líder racional. Sus decisiones están basadas en corazonadas, no en la historia, ni en la diplomacia, ni en la experiencia de expertos. Además, se siente todopoderoso y máximo jefe del continente americano. No está acostumbrado a perder. El éxito de la operación quirúrgica en Venezuela le ha hecho mucho daño porque le hizo creer que en el resto del mundo todo sería así. Hasta que se topó con Irán.

Así que las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo: Trump es un ser impredecible y ambicioso que se quiere meter en territorio mexicano para perseguir a los narcos, y en México no parece haber la voluntad, la capacidad o la estrategia para enfrentar un problema que los rebasa y que tiene infiltrado al partido en el poder.

Vienen tiempos tormentosos.