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Dos noticias

“El acortamiento del periodo escolar por Mario Delgado, en mala hora secretario de Educación, provocó una reacción casi unánime, hasta el punto en que el cuatrotero tuvo que recular, aunque se escuche mal, y hoy tratará de sacar la pata que metió.”

. Catón

De política y cosas peores

“Vendo huevos”. Eso le dijo el hombre de la canasta a un transeúnte. Acotó éste: “¡Bonito me voy a ver vendado de ahí!”. El galán le comentó a la chica con quien bailó: “Pones un sello muy especial en tu manera de bailar”. Explicó ella: “Es que el curso de baile que tomé fue por correspondencia”. La señorita Peripalda se confesó con don Arsilio: “Acúsome, padre, de que por la noche me asaltan malos pensamientos”. Le indicó el sacerdote: “Recházalos con energía”. “¡Ah no! -se alarmó la piadosa catequista-. ¿Y luego si no vuelven?”. Muy buenos maestros tuve en este oficio, el de escribir en los papeles públicos. Mi primer aprendizaje lo recibí de insignes tipógrafos de antaño, herederos directos de la tradición de Gutenberg con quienes trabajé de obrero en los talleres de “El Sol del Norte”, periódico de la Cadena García Valseca en mi ciudad, Saltillo. Acababa yo de salir de la preparatoria, y aquellos buenos señores -don Felipe Briones; el maistro Chantaca- me adoptaron como a una mascotita y me enseñaron a ser buen corrector de pruebas. Luego me impartieron lecciones de escritura varios excelentes linotipistas: Juan Guel Aguilar, Regino Dimas, Toño Ruiz, Agustín Jaime (tal era su verdadero nombre). Y finalmente tuve venerados catedráticos de periodismo. Don Carlos Herrera Álvarez, director del periódico, a quien ya le perdoné haberme asestado el remoquete que hasta la fecha cargo con resignación cristiana, el de Catón. Don Cipriano Briones Puebla, sabio jefe de redacción que me tranquilizaba cuando cometía yo un error mayúsculo: “No se preocupe, Armando. Las verdades y las mentiras periodísticas duran 24 horas”. A veces llegaba yo con mi libreta en blanco: “No encontré ninguna noticia, señor Briones”. “¿Cómo es posible? ¡Debajo de cada ladrillo hay una!”. Dos noticias han ocupado en estos días mi atención, siempre tan desocupada. La primera es la interrupción de la gira por México de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. El hostigamiento de que fue objeto en su recorrido será un motivo más de desprestigio para nuestro País, cuya fama de violento, antidemocrático y cerril quedará confirmada nuevamente. Una cosa le digo a la ilustre visitante: Si vuelve a escribir el nombre de México con jota yo escribiré Isavel Natibidad Dias Haiuzo. La segunda noticia fue la del acortamiento del periodo escolar por Mario Delgado, en mala hora secretario de Educación. La reacción contra esa medida fue casi unánime, hasta el punto en que el cuatrotero tuvo que recular, aunque se escuche mal, y hoy tratará de sacar la pata que metió. Tenía razón el señor Briones: No sólo hay una noticia debajo de cada ladrillo; también hay muchas debajo de cada mal Gobierno. Caperucita Roja terminó de componerse su ropita y le dijo al Lobo Feroz: “Qué susto me diste. Creí que habías dicho: ‘Te voy a comer’”. Grande fue la sorpresa de don Algón, el gerente de la compañía, cuando al entrar en el cuarto del archivo vio a su linda asistente Dulcibel y al joven archivista Pitorrango llevando a cabo sobre la mesa el consabido acto. Antes de que el estupefacto ejecutivo pudiera articular palabra le dijo la muchacha: “Ya sabemos que es la hora del café. Pero ¿qué a fuerza tenemos que tomar café?”. Don Serventino se veía cogitabundo. Nadie se alarme: Eso quiere decir que se veía pensativo, ensimismado, absorto. Sus compañeros de mesa en el Bar Ahúnda le preguntaron a qué se debía su abatido estado de ánimo. Respondió él con desolado acento: “Le hablé a mi hijo adolescente de las abejitas y los pajarito, y él me habló de lo de mi hija con su novio y lo de mi mujer con el vecino del 14”. FIN.

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