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Creí que ser hombre era no quebrarme nunca

Fuimos criados con una ética implacable: El hombre era aquel capaz de suprimir su mundo interno para proteger el externo.

Juan Tonelli

HISTORIAS DEMASIADO HUMANAS

Nos enseñaron que ser hombres consistía en no tener miedo y no llorar. Durante siglos, el manual del héroe fue simple. Si algo te daba temor, lo eliminabas. Si algo te amenazaba, lo golpeabas. Si algo te dolía, lo enterrabas bajo una armadura de silencio. Fuimos criados con una ética implacable: El hombre era aquel capaz de suprimir su mundo interno para proteger el externo. La fuerza era la ausencia de fisuras.

Pero el mundo cambió y los dragones que se supone que debiéramos matar hoy ya no tienen escamas ni echan fuego por la boca. Los desafíos actuales son la incertidumbre, la fragilidad de un vínculo, el miedo al fracaso o la angustia de no saber quiénes somos cuando nos quitan el uniforme de proveedores. Y frente a estos nuevos monstruos, la espada ya no sirve para nada.

Robert Bly, ese gran buscador de la esencia masculina, escribió algo que debería ser nuestra nueva brújula: la verdadera iniciación de un hombre no consiste en matar al dragón, sino en aprender a dialogar con él. Es una imagen interesantísima porque redefine el coraje. Ya no se trata de la fuerza bruta que elimina la amenaza, sino de la valentía silenciosa de tolerar la ambigüedad.

Dialogar con el dragón es tener el coraje de mirar de frente al propio miedo, a la propia tristeza o a la propia duda, y no salir corriendo hacia la agresividad o la indiferencia para escapar de emociones que obviamente, son parte inevitable de la vida.

El heroísmo viejo era el del guerrero que no temblaba. El heroísmo nuevo es el del hombre que, aun temblando, se queda. En este nuevo rito de iniciación, la ternura deja de ser una debilidad para convertirse en un acto de valentía.

Porque siendo honestos, para un hombre, es mucho más fácil enfrentar un peligro físico que la mirada de un hijo y pedirle perdón. Es más simple levantar una bolsa de cien kilos que cargar con la propia vulnerabilidad y decir “estoy mal, necesito ayuda”.

Nos enseñaron códigos tribales para sobrevivir a las guerras, pero nadie nos enseñó el lenguaje para sobrevivir a la intimidad. La ternura es hoy, la forma más alta de coraje. No es una debilidad que no sostiene, sino la capacidad de ser real. La fuerza que se necesita para soltar el control y permitir que el otro vea nuestras sombras. Habitar la emoción no nos debilita, sino que nos hace más consistentes. Un hombre que llora no es un hombre que perdió una batalla; es un hombre que finalmente tuvo las agallas de no negar, y darle lugar a lo que siente.

Ese hombre es alguien que ha multiplicado sus herramientas: Un padre que abraza a su hijo sin la rigidez del mandato, un amigo que es capaz de confesar un naufragio personal sin sentir que ha dejado de ser hombre por hacerlo.

Matar al dragón era un trámite de fuerza; dialogar con él es algo mucho más desafiante, y también más fecundo.

Al final, el hombre no necesita ser más duro, sino darle lugar a su sensibilidad.

Ser capaz de comprender que la verdadera victoria no es derrotar a lo que nos asusta, sino tener la grandeza de sentarnos a la mesa con nuestras propias sombras y, por primera vez, no tener que pedir perdón por ser humano.

JUAN TONELLI

Juan Tonelli Escritor y conferencista Autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”

www.youtube.com/ juantonelli