No me dejó por otra persona; me dejó de ver
El amor no muere de un golpe, sino que se va apagando, en silencio. Muere de distancia acumulada, de dar por sentado que el otro es un mueble más en la casa.

HISTORIAS DEMASIADO HUMANAS
— Siempre creí que el final de un amor lo ibas percibiendo por la intensidad del ruido —me confesó un amigo hace poco, entre desolado y perplejo. Esperaba portazos, una coreografía de vajilla rota o una escena dramática que le avisara, con decibeles, que la casa se estaba vaciando. Pero no. Lo que encontró fue un vacío inmenso, elegante y helado.
Solemos medir el final de un vínculo por la estridencia. Pensamos que si no hay escándalos, si no hay estallidos, la relación sigue viva. Sin embargo, en las charlas y confesiones que recibo, aparece otra cosa. No entra por el oído, no avisa.
El amor no muere de un golpe, sino que se va apagando, en silencio. Muere de distancia acumulada, de dar por sentado que el otro es un mueble más en la casa, algo que estará ahí para siempre aunque nadie lo cuide.
Escucho a las mujeres, y lo que me llega no es solo enojo, es un cansancio que viene de los huesos. Me hablan de sentirse las arquitectas de una casa donde, al final del día, nadie las habita de verdad. Están agotadas de ser el motor de todo: Las que recuerdan los turnos médicos, las que planifican el futuro, las que apagan los incendios diarios y las que crean una atmósfera amorosa. Lo que lloran en silencio es la ausencia de una mirada que las reconozca, ansían una ternura que no sea un trámite y la desesperación de saber que, para el otro, se han convertido en una gerenta de asuntos familiares, que ya no se observa. Han sido devoradas por la gestión de la vida, y en esa maraña de tareas, la mujer que eran quedó sepultada bajo toneladas de una rutina que las usa, pero que no las valora.
Luego escucho a los hombres. No son pocos los que me confiesan sentirse utilizados. Sienten que su rol en la pareja terminó el día que eyacularon y procrearon. Ven cómo sus mujeres los miran con desdén, cómo los hijos ocupan todo el lugar en el corazón y las cabezas de sus madres, y ellos solo quedan relegados a ser esa columna estructural del edificio, que sostiene todo pero nadie valora, reducidos a un “ocúpate”, a un ser que solo existe para conseguir dinero, pagar cuentas, y resolver problemas logísticos. Se sienten absolutamente invisibles, o simplemente inexistentes.
Lo curioso es que, aunque los reclamos parecen ser polos opuestos, son lo mismo. Más allá de las diferencias biológicas y ciertos roles, ambas partes se sienten terriblemente solas.
Cuando damos por sentado al otro, cuando dejamos de ser amantes para convertirnos de socios de una empresa llamada “Familia”, la conexión no explota: Desaparece.
El amor se vacía cuando dejamos de ser curiosos e interesarnos por el otro. Cuando pensamos que ya sabemos todo lo que el otro piensa, que ya no tiene nada nuevo para ofrecernos, y empezamos a mirar hacia otro lado. Y es ahí, en ese “ya sé quién sos y qué vas a decir”, donde empieza algo que no hace ruido. No es un silencio de paz ni tampoco una pelea. Es otra cosa.
Una noche, en la cocina, él le pasó la sal sin mirarla. Ella la agarró sin tocarle la mano. Nadie dijo nada. El plato estaba caliente. El ruido de los cubiertos contra el plato sonaba más fuerte de lo normal. En otro momento, se habrían reído de algo mínimo. Esa vez no. Terminaron de comer, juntaron los platos, ordenaron la cocina y se fueron a dormir.
A veces, el adiós no es un grito. Es esa distancia que se fue generando sin que nos diéramos cuenta, en esos días en los que pasamos uno al lado del otro sin rozarnos, sin preguntarnos cómo estamos, sin mirarnos a los ojos. El amor se va muriendo cuando pasamos a “tenernos”. Porque el día que un ser humano deja de ser un misterio para convertirse en que damos por descontado que está y estará, algo se rompe.
Y cuando alguien ya no encuentra hogar en el otro, suele ser demasiado tarde.
Juan Tonelli
Escritor y conferencista
Autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”
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