La carta de Gertrudis
Soy un hombre inseguro. Supongo que todo escritor lo es. Siempre estoy, entonces, necesitado de una palmadita en la espalda, de unas palabras de estímulo.

De política y cosas peores
Nalgarina, vedette de moda, lucía aquella tarde un abrigo de piel del cual estaba muy orgullosa. Le contó a su amiga Sabaneta: “Anoche soñé que me atacaban los animales con cuyas pieles se confeccionó mi abrigo”. “Qué raro sueño -ponderó la amiga-. Los conejos no suelen ser tan agresivos”. Sabemos perfectamente bien quién es el tal Capronio. Es un sujeto díscolo, ruin y desconsiderado. Su esposa le comentó: “Mi mamá casi se muere de la risa con el chiste que contaste anoche”. “Haberlo sabido -refunfuñó Capronio-. Me sé otros mejores”. El nombre “Gertrudis” es muy lindo. Hay hombres que así se llaman -Gertrudis Sánchez, por ejemplo, saltillense, general de la Revolución-, pero el nombre es básicamente femenino, y todos los nombres femeninos me gustan por el solo hecho de ser nombres de mujer. En torno de una mujer gira el sistema solar -y lunar- de cualquier hombre que tenga el alma en su almario. El nombre Gertrudis es de origen teutón. Proviene de ger, que significa lanza, y trud, que quiere decir fiel. En el Año Cristiano figura Santa Gertrudis de manera destacada. Se le representa con el corazón en llamas, por la fe ardiente que la poseía. Su fiesta es el 15 de noviembre. Ahora bien: Alguno de mis cuatro lectores me preguntará por qué escribo lo que escribo. (Ninguno de los lectores hace la pregunta. Todos están ocupados en otras cosas. Así, el autor se ve en la necesidad de responder él mismo su interrogación). Escribo con la esperanza de merecer un mensaje como el que hace días recibí firmado por una generosísima lectora que lleva aquel hermoso nombre: Gertrudis. Su familia y amistades la llaman cariñosamente Tutuy. Ese texto me emocionó, a más de servirme de aliento para seguir en la tarea diaria. Helo aquí: “Estimado Armando. Soy una de los millones de personas que cada día se deleitan con tus escritos. Hoy que hacía la cuenta de tus años pensaba que eres contemporáneo de mis padres, QEPD, de esa generación sensible, pausada, fina y de bellos valores, que tristemente está en extinción. Te escribo sólo para agradecer tu presencia en mi vida, pues leerte es como poner un ancla en lo verdaderamente importante; es vivir un pocos más cerca de Dios a través de las cosas sencillas, de la naturaleza, de la espiritualidad, de los amigos, y de ese sentido del humor tan particular que tienes y que nos alegra los días haciéndonos sonreír a pesar de las sombras de la vida. Dios te ha bendecido con el don de comunicar alegría y esperanza, y también de denunciar cuando se necesita. Que tu voz de profeta no se apague nunca. Un fuerte abrazo”. Mi tarea diaria se justifica si es acreedora de un mensaje así. Soy un hombre inseguro. Supongo que todo escritor lo es. Siempre estoy, entonces, necesitado de una palmadita en la espalda, de unas palabras de estímulo. Mis cuatro lectores me perdonarán que lo diga, pero después de recibir y leer esas palabras pensé que quizá -sólo quizá- he justificado el hecho de haber venido a este mundo y de ocupar un sitio en él. No me alcanzarán los días que me quedan para agradecerle a Tutuy -a Gertrudis- su bondad. La mujer le reclamó a su indolente y bostezante marido: “Me casé contigo para toda la vida, Cadiciano, pero aquí en el lecho conyugal tú no demuestras ninguna”. Acompañada por su esposo cierta señora fue a una ferretería. Le pregunto al dueño: “¿Tienen cinturones de castidad?”. Antes de que el desconcertado ferretero pudiera dar respuesta a esa extraña cuestión el señor le preguntó a su mujer: “¿Significa eso, Terebinta, que todavía sigues enojada conmigo?”. FIN.
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