Crónica del tercer atentado fallido contra Trump
Hoy que escribo esta crónica no puedo dejar de pensar que se trató de un acontecimiento surrealista: La locura producto de la polarización política que se está viviendo en Estados Unidos.

Juegos de poder
La Policía nos obligó a bajar del vehículo a una cuadra del hotel Hilton de Washington DC. Tuvimos que caminarla en medio de una lluvia pertinaz. Ya frente al hotel había una protesta de un centenar de personas con banderas iraníes y palestinas. Algunos de los manifestantes nos increpaban gritándonos si no nos daba vergüenza ir a cenar con un pederasta. Al entrar al estacionamiento del hotel, vimos cómo la Policía sacaba del perímetro a una persona a rastras.
No obstante, el ambiente pesado que se respiraba, entramos al Hilton como Pedro por su casa, sin ningún problema.
En el lobby había muchos huéspedes que veían la procesión de los invitados a la cena de corresponsales de la Casa Blanca donde, por primera vez en su doble mandato, participaría el presidente Trump. Los convidados íbamos ataviados, como lo exigía el código de vestimenta, de etiqueta rigurosa. Los hombres con esmoquin, las mujeres de vestido largo.
Ahí, en el vestíbulo, comentamos entre los colegas mexicanos lo raro de la presencia de los huéspedes del hotel y la posibilidad, nada loca tomando en cuenta cómo está el mundo, de que uno de ellos pudiera haberse alojado en una habitación con tres maletas llenas de explosivos y volar el edificio entero a la hora de que Trump y casi todo su gabinete departieran con la crema y nata del periodismo estadounidense.
Volvimos a comentar el tema de la seguridad laxa cuando pasamos los arcos detectores de metal. Aunque todos llevábamos nuestros pasaportes, nunca nos pidieron identificarnos. Sólo requirieron el boleto, una pequeña cartulina con la invitación y el número de la mesa.
En 2008 cubrí la elección estadounidense. En carne propia me tocó pasar por los controles de seguridad de los actos de las campañas presidenciales de demócratas y republicanos. La seguridad fue tremendamente estricta, una verdadera monserga, sobre todo en los eventos de Obama quien, al ser el primer afroamericano con posibilidad de ganar la Presidencia, era objeto de amenazas en contra de su vida por parte de supremacistas blancos.
Uno hubiera esperado, y lo conversamos en el grupo de colegas mexicanos, que, con Trump, los controles de seguridad serían iguales o peores. Y es que ya lo habían intentado asesinar en un par de ocasiones, uno en un evento de campaña en Pennsylvania, donde resultó herido en su oreja por un disparo, el otro en su club de golf en Florida mientras jugaba; ahí el Servicio Secreto detectó el rifle evitando que el sospechoso disparara. No fue el caso en la cena del sábado en Washington DC: La seguridad se caracterizó por una gran laxitud.
Ingresamos al enorme salón atascado de mesas. La circulación era difícil. Platicamos sobre lo complejo que sería servir la comida para los meseros, ya no se diga de una eventual evacuación por una emergencia.
El ambiente era relajado y de mucha expectación. Se había filtrado que el presidente Trump daría un discurso duro en contra de la prensa ahí presente. La relación del mandatario con los periodistas ha sido muy tirante en toda su carrera política.
Llegó Trump junto con Melania. Se rindieron los honores a su investidura. Se cantó el himno nacional. Habló, brevemente, la presidenta de la asociación de corresponsales de la Casa Blanca quien informó que primero cenaríamos y luego vendría el programa que incluiría el discurso de Trump y la participación de un mentalista. Típicamente en estas cenas interviene un comediante famoso que suele burlarse del Presidente en turno. Trump, sin embargo, no tolera bromas y, supongo que, por eso, mejor invitaron al mentalista.
Estábamos comiendo el primer plato cuando, de pronto, se escuchó un estruendo. Yo pensé que se había caído una charola con comida. Lo mismo pensó Trump según reveló después. La realidad es que se trataba del sonido de unos balazos. De inmediato observé una escena francamente bizarra. Desde el fondo del salón, como si fuera una ola, la gente comenzó a agacharse y meterse debajo de las mesas. Yo me quedé sentando sin entender qué estaba pasando. Vi cómo entraron los agentes del Servicio Secreto con sus armas en la mano, rodearon al Presidente y lo sacaron de la mesa de honor. Trump estaba consternado. Se tropezó al salir. También se llevaron a Melania.
Era como la escena de una película. De todos lados salían agentes del Servicio Secreto que se llevaban a miembros del gabinete y del Congreso dispersos en distintas mesas. Uno de ellos, que no reconocí, muy cercano a la nuestra.
Yo me asusté cuando un equipo policiaco tipo SWAT, vestidos de azul como para ir a la guerra y con armas largas, se posicionó en el escenario donde estaba la mesa de honor. Ahí sí pensé que podía entrar al salón un grupo terrorista echando bala; se armaría una balacera de Dios padre. Me dio miedo, pero pudo más el morbo de seguir observando lo que acontecía.
Casi todo el salón estaba tirado en el suelo resguardándose. Había un orden y silencio muy extraños. Sólo se escuchaban, de repente, alguna que otra instrucción de los agentes del Servicio Secreto.
No hubo una estampida, lo cual hubiera sido fatal por la falta de espacio. Por el contrario, la gente permaneció en su sitio con calma. Algunos gritaron consignas patrióticas. God bless America.
Eventualmente los invitados comenzaron a pararse. Del miedo pasamos a la confusión.
¿Qué había pasado?
¿De verdad habíamos atestiguado otro intento de homicidio al Presidente de Estados Unidos?
Inmediatamente le escribí a mis seres queridos “no se preocupen, estoy bien” sabiendo que pronto se enterarían de lo ocurrido.
Vino, entonces, una fase de rara combinación de consternación, pasmo, enojo y hasta alegría porque este evento no había pasado a mayores.
Obvio, estando en el medio periodístico, rápidamente consideramos entrar al aire para informar lo que estaba pasando. Vía WhatsApp contactamos al director de N+FORO y establecimos comunicación con el canal por medio del celular del corresponsal de N+ en Washington, Ariel Moutsatsos.
Nadie podía salir del lugar. Estábamos confinados. Pronto se esparció el rumor de que habían abatido al atacante y su cuerpo baleado se encontraba en las afueras del salón. No fue cierto. La realidad es que las autoridades atraparon a Cole Tomas Allen, un hombre de 31 años de California, quien realizó los disparos.
Ya más calmadas las aguas, se nos informó que continuaría el programa de la cena. Incluso que regresaría Trump. Él quería, pero el Servicio Secreto se lo prohibió por protocolo. Alrededor de una hora después del atentado, nos dejaron salir del salón informándonos que el acto se reagendaría en los próximos 30 días.
Salimos del Hilton, tomamos un Uber y nos fuimos a tomarnos unos tragos, compartir la experiencia y celebrar el desenlace del evento: Ni un muerto ni un herido.
Eso sí: Nadie nos quitó el susto.
El susto de haber vivido lo que experimentan los estadounidenses cotidianamente, es decir, el peligro de que un loco armado hasta los dientes entra a un lugar cerrado a disparar a diestra y siniestra. Por eso, los estadounidenses muy ordenadamente se resguardaron bajo las mesas mientras que los mexicanos veíamos el suceso con incredulidad. Y nosotros que venimos de un país tremendamente violento.
Hoy que escribo esta crónica no puedo dejar de pensar que se trató de un acontecimiento surrealista: Una especie de sueño ilógico y absurdo. Pero no, no fue una escena onírica sino de algo muy real: La locura producto de la polarización política que se está viviendo en Estados Unidos en gran parte fomentada por el propio Trump.
Leo Zuckermann
X: @leozuckermann
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