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Creemos que la vida está bajo control, hasta que en un segundo nos muestra lo equivocados que estábamos

Tenemos la costumbre absurda de confundir la calma con la victoria definitiva. Creemos que si cumplimos con nuestra parte la vida nos debe un contrato de no agresión.

Juan Tonelli

Historias demasiado humanas

Tenemos la costumbre absurda de confundir la calma con la victoria definitiva. Creemos que si cumplimos con nuestra parte -si pagamos las cuentas, si cuidamos la salud, si somos buenos en lo que hacemos-, la vida nos debe un contrato de no agresión.

Vivimos como si la seguridad fuera un derecho adquirido, instalados en esa falsa certeza de que, si hicimos todo bien, el golpe no nos va a tocar a nosotros. Pero la vida no sabe de contratos ni de méritos. La vida es, por definición, el arte de perder el equilibrio en el momento exacto en que creíamos que teníamos los pies bien firmes sobre el suelo.

La incertidumbre no avisa. A veces llega con un sobre médico que nadie esperaba, a veces con una mirada gélida de quien pensabas que te amaba para siempre, o a veces en un campo de juego, cuando el destino decide que el guion que escribiste no le gusta y lo rompe en mil pedazos.

Pensemos, por ejemplo, en la final del Mundial de Qatar 2022 entre Argentina y Francia. Para quienes la vieron, no fue solo un partido; fue una clase maestra sobre incertidumbre y fragilidad.

A diez minutos del final, el equipo argentino ganaba cómodamente 2 a 0. El desenlace parecía escrito: La gloria estaba asegurada, el título en el bolsillo. Un país entero -y millones de espectadores en el mundo- empezaron a relajarse, dando por sentado que el resultado ya no cambiaría. Pero en apenas dos minutos -el tiempo que tarda una vida en desmoronarse-, Francia empató 2 a 2. El paraíso se incendió. El desconcierto no fue solo deportivo; fue ver cómo la realidad cambia las reglas mientras todavía estás intentando acomodarte.

Y ahí es donde la mayoría de nosotros nos quebramos. Queremos que la vida sea un partido ganado 2 a 0, un camino asfaltado, donde lo único que queda es esperar el silbato final. Pero la realidad es frágil y cambiante.

Después del caos y la confusión, Argentina volvió a tomar la ventaja (3 a 2) y, sobre el final, Francia empató otra vez (3 a 3). Para cuando el agotamiento mental era absoluto, en el último segundo del tiempo suplementario, un delantero francés quedó solo frente a Emiliano Martínez, el arquero argentino.

Ese segundo final, con la pelota viajando hacia el arco, fue como en cámara lenta. Es el momento en el que algo se rompe. Si el francés anotaba, se terminaba todo.

¿Qué hacemos cuando todo pende de un hilo y el miedo, como un animal salvaje, se nos mete en el pecho?

El arquero, en ese instante, no se quedó paralizado. No tapó la pelota porque tuviera la garantía de que iba a ganar; simplemente la atajó. Martínez se estiró hasta lo imposible y mantuvo la pelota fuera de la red, torciendo otra vez el destino de la historia.

No hay seguridades en esta vida. Ni en el trabajo, ni en los afectos, ni en la salud. El “minuto 80” nos va a alcanzar a todos, de una forma u otra. Nos van a cambiar los planes, nos van a romper el molde y nos van a dejar frente a nuestro propio delantero francés, solos, a un segundo del final.

Podemos dejar que la incertidumbre nos paralice o podemos, como en ese instante eterno Qatar, estirarnos hasta el límite de lo posible. Porque al final, la diferencia entre los que sobreviven y los que se hunden no es quién tiene más certezas. Es quién se anima a seguir jugando, aunque el corazón esté lleno de preguntas.

Juan Tonelli

Escritor y conferencista

Autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”

www.youtube.com/juantonelli