Cuando estabilizar desplaza al desarrollo: El dilema de México
El Fondo Monetario Internacional publicó su Perspectiva de la Economía Mundial.

¿Quién resiste el próximo golpe? El tablero de indicadores que el Banco Mundial actualizó el lunes pasado en Washington, en el marco de las Reuniones de Primavera, obliga a hacerse esa pregunta sin rodeos. El caso de África subsahariana: Menos de cuatro de cada 10 personas tienen acceso a Internet. La cobertura sanitaria universal subió de 49 puntos en 2000 a 69 en 2023, pero el avance se estancó y la meta de 2030 ya no parece alcanzable. En agua potable y saneamiento básico, entre el 80 y 90% en los países clientes del Banco, aunque África Oriental, Meridional y Occidental siguen muy atrás del resto. Cuando estalle la próxima crisis -y las crisis siempre llegan-, brechas como estas separarán a quienes tropiezan y se recuperan de quienes caen sin que nada los detenga.
También el lunes, el Fondo Monetario Internacional publicó su Perspectiva de la Economía Mundial. El crecimiento previsto para el planeta es de 3.1% en 2026 y 3.2% en 2027, menos que el 3.4% de 2024-25 y muy por debajo del promedio de 3.7% registrado entre 2000 y 2019. El Fondo ya ni lo llama “escenario base” y prefiere “pronóstico de referencia” porque la incertidumbre no permite ver más allá. La guerra de Irán, que empezó a finales de febrero, encarece la energía, los fertilizantes, el helio y los microprocesadores y disparó las expectativas de inflación. Sin ese conflicto iniciado por Estados Unidos e Israel, los números habrían subido, pero la guerra continúa y no parece que vaya a resolverse pronto.
¿Y si la situación empeora? El FMI contempla dos posibilidades inquietantes. Un escenario “adverso”, con crecimiento mundial de 2.5% e inflación de 5.4%, y un escenario “severo”, con daños duraderos a la infraestructura petrolera y gasera de Irán y sus vecinos, crecimiento de apenas 2% e inflación superior a 6% hasta bien entrado 2027. Las economías emergentes que importan materias primas resentirán más el golpe, con casi el doble de afectación que las economías avanzadas. El patrón se repite: Los choques globales siempre golpean con más fuerza a los países de menores ingresos.
Un dato importante ilumina lo que realmente está en juego. Entre 2010 y 2024, se redujo a la mitad la población mundial en alto riesgo climático -inundaciones, sequías, ciclones, olas de calor-. No fue porque el clima se moderó, sino porque más personas tuvieron acceso a la electricidad, salieron de la pobreza extrema o accedieron a servicios básicos que antes no existían para ellas. El desarrollo que funciona es, en los hechos, la mejor forma de adaptación climática.
Juntos, los reportes del Banco Mundial y el FMI ponen sobre la mesa una disyuntiva incómoda que no admite respuestas fáciles. No es crecimiento contra resiliencia porque eso simplifica demasiado el asunto. Es decidir entre la obsesión por cuadrar las cuentas fiscales cada año, cueste lo que cueste, y una apuesta distinta: Buscar la estabilidad con inversión real en salud, educación, agua, conectividad e infraestructura básica. México no ha zanjado ese dilema todavía. El discurso oficial dice una cosa; los números de 2025 -inversión física en el nivel más bajo desde 2008, transferencias récord a Pemex- dicen otra muy distinta. Cuando llegue el próximo choque -y llegará-, sabremos si México está preparado o no.
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