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Juana

Juana honra a las mujeres que resisten y a quienes las cuentan. Honra el periodismo que incomoda y el coraje que persiste.

Denise Dresser

Juana es mujer. Amante, hija, periodista. Pero también es algo más peligroso de encarnar: Es valiente. Es ese arquetipo incómodo de mujeres que luchan por otras en un país que se proclama el “tiempo de mujeres”, pero sigue siendo agreste y violento para el 51% de su población. Un país donde nacer mujer no es una condición, es una advertencia. Ahí se inserta Juana, la ópera prima del actor Daniel Giménez Cacho. Y lo hace sin concesiones. Cruda. Honesta. Necesaria. Como diría Pauline Kael, las buenas películas hacen que las cosas importen. Juana importa porque no sólo cuenta una historia: Toma posición. Es un thriller sobre periodismo y corrupción, pero también un grito colectivo contra el machismo que estructura la vida pública y privada en México.

Juana es un caleidoscopio de la multifacética mujer mexicana hoy. Es, para empezar, la obsesionada con asesinatos de mujeres en un país donde la violencia se ha vuelto rutina. Durante los últimos siete años, México ha acumulado más de 6,400 feminicidios. Cada año se registran entre 700-900 casos oficiales, aunque muchos más se clasifican como homicidios para maquillar cifras. Doce mujeres son asesinadas cada día, y por eso marchamos cada 8 de marzo. La estadística no es un sólo un dato; equivale a una condena cotidiana.

Juana sigue esa pista. Investiga. Nombra. Y se topa con lo inevitable: El poder. En la película, el asesino es un político de altos vuelos. En el México que inspira lo plasmado en la pantalla, eso ocurre también. La violencia de género no flota en el vacío; está entrelazada con redes de corrupción, crimen y complicidad institucional. Juana se estrella una y otra vez contra el muro de la impunidad. Ese muro que no se rompe porque protege intereses. Ese muro que convierte al Estado en espectador o en cómplice. Porque aquí y ahora, la impunidad es arquitectura deliberada.

Pero Juana no sólo documenta la violencia. También la padece. Es víctima de violencia doméstica, como lo son siete de cada 10 mujeres en México. Durante la pandemia, miles quedaron encerradas con sus agresores, sin refugios suficientes, sin apoyo gubernamental. El hogar dejó de ser refugio para convertirse en jaula que encierra a hijas, esposas, hermanas. Ser mujer en México es vivir en peligro permanente.

Juana también es hija. Cuida -como tantas de nosotras- a una madre con demencia senil que se desvanece. Sostiene lo que se cae. Encarga su vida al cuidado de otra a quien ama pero cuestiona. Es el retrato de millones de mujeres que cargan con el trabajo invisible, no remunerado, no reconocido. Las que sostienen familias, economías, afectos, mientras el Estado se desentiende. Pero lo que define a Juana es ser periodista. Y en México, eso implica riesgo. Más de 150 periodistas han sido asesinados en las últimas dos décadas. La amenaza es constante, la protección insuficiente. Y si se es mujer, el riesgo se multiplica: Acoso, violencia digital, agresiones físicas. Lo documenta Artículo 19: El periodismo bajo asedio, la verdad sitiada.

Juana investiga, se enoja, confronta. Y en ese proceso, también se transforma. En la película hay un arco de empoderamiento: No la heroína invencible, sino la mujer que se recompone, que se vuelve indomable en medio de la violencia, que decide no callar a pesar del costo. No es sólo denuncia: Es resistencia. No es sólo dolor: Es reconstrucción. Por eso Juana incomoda. Porque es espejo. Porque es diagnóstico. Nos obliga a ver lo que preferimos ignorar: Que la violencia contra las mujeres no es un fenómeno aislado, sino un sistema que atraviesa la casa, la calle y el Estado.

Para quienes hemos sido atravesadas por múltiples violencias, esta película no sólo se mira: Se siente. Nos arropa. Nos reconoce. Nos devuelve una voz que tantas veces ha sido silenciada. Es un acto de empatía en un país que ha normalizado la crueldad. Y ahí está Diana Sedano, sosteniendo la película con una actuación que sacude y representa. A muchas. A demasiadas. A todas.

Juana honra a las mujeres que resisten y a quienes las cuentan. Honra el periodismo que incomoda y el coraje que persiste. Y nos deja con una pregunta incómoda: ¿Qué hacemos con lo que ya no podemos dejar de ver? Porque el cine, cuando es verdadero, no termina en la pantalla. Se queda y exige. Como escribió Jean-Luc Godard, el cine no está para reflejar la realidad, sino para transformarla. Ojalá Juana lo logre. Ojalá nosotros también.

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