“El derecho de propiedad que es el derecho a la propiedad…”
En estos siete años no sólo se ha perdido democracia, relevancia internacional, desarrollo económico, salud, educación, fortaleza institucional y muchas de las conquistas que se habían logrado con décadas de participación social para edificar un Poder Judicial independiente y profesional.
Las deliberaciones de los integrantes de la Suprema Corte son cada vez más catastróficas, los conceptos vertidos ante el pleno provocan hilaridad en algunos, no obstante, las exposiciones no son reflexiones de juristas acreditados, ni consideraciones ceñidas al texto constitucional, tampoco razonamientos donde se aprecia la profundidad que otorgan décadas de estudio.
Los argumentos exhiben a políticos oportunistas con preparación defectuosa y una interpretación de la realidad mexicana anclada a un modelo totalitario, supeditados al poder presidencial consintiendo cualquier arbitrariedad con tal de complacer al Ejecutivo, testaferros que cumplen con el arraigado vicio del régimen por el servilismo y la mediocridad.
Esta forma autocrática de hacer política he irse adueñando del Estado tiene una ruta ideológica muy socorrida: La Revolución Mexicana, Morena se siente custodio de un movimiento que sucedió hace más de un siglo y usado insistentemente por décadas, inoculando en generaciones de mexicanos una idea deformada y oropelizada del pasado nacional.
Para confrontar esa visión idílica y simplista de un movimiento revolucionario y sus consecuencias reales, basta revisar lo escrito y divulgado por un auténtico revolucionario de pensamiento y acción, para advertir que todo lo que criticaba y repudiaba en aquel inicio del siglo XX, actualmente el obradorismo lo cumple a cabalidad.
Salvador Alvarado (1880-1924) publicó en 1919: “El Problema de México”, en un momento en que la lucha entre antiguos aliados buscaba afanosamente hacerse del poder de forma implacable y mortal, desde esa posición analiza y confronta:
“Entonces creímos que con cambiar el personal de la administración pondríamos fin a los males de la tiranía y hoy, después de 10 años de luchas, de sufrimiento, de destrucción y de ruina, nos encontramos con que estamos haciendo exactamente lo mismo que se hacía durante el Gobierno del general Díaz, con la única diferencia de que los hombres que hoy están en el poder tienen otros nombres y sus procedimientos son más crudos”.
En relación al Poder Judicial la decepción es incontrovertible, apercibiendo de la urgente necesidad de separar la Justicia del poder presidencial, acentuando la preparación así como la independencia política y económica:
“Debe hacerse una carrera de la judicatura, separarla de la política y pagarla espléndidamente. Con ello tengo la seguridad de que habrá justicia tan pura y tan respetable como es posible entre los hombres”.
De la ominosa costumbre de hacer una unidad entre el Ejecutivo y el Poder Judicial:
“(…) aun cuando todavía por desgracia, sea el Presidente el que dice la última palabra en asuntos políticos o de trascendencia, pues como ya se dijo, procura mandar a la Corte a sus amigos”.
El actual régimen se cree heredero del movimiento, hace una apología de la Revolución mexicana tratando de unir pasado y presente para legitimarse políticamente, la realidad demuestra que están más cerca de la dictadura que de un régimen democrático y como todos los autoritarismos, las frases que buscan la justificación del despropósito son un embrollo, como la pronunciada por la ministra María Estela Ríos:
“El derecho de propiedad que es el derecho a la propiedad sí se tiene, pero no el derecho de propiedad”. (https://tinyurl.com/mr3avbyx).
En estos siete años no sólo se ha perdido democracia, relevancia internacional, desarrollo económico, salud, educación, fortaleza institucional y muchas de las conquistas que se habían logrado con décadas de participación social para edificar un Poder Judicial independiente y profesional.
Los mexicanos hemos perdido a nuestros tribunales y la posibilidad de justicia imparcial, cualquier ciudadano está a merced de los humores de un político o un funcionario, las consecuencias serán fatídicas.
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