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Comunicación, respeto y confianza

Los grandes líderes de la historia -independientemente de su signo ideológico- tenían en común una capacidad extraordinaria:...

Óscar Serrato

Gobernar es un acto lingüístico. El lenguaje no sólo describe la realidad: La construye. A través de él se articulan aspiraciones compartidas, se movilizan voluntades y se organizan comunidades. El éxito o fracaso de un Gobierno depende además de sus resultados materiales, de su capacidad narrativa. Un gobernante que no domina ese arte no gobierna: Administra, y mal.

Los grandes líderes de la historia -independientemente de su signo ideológico- tenían en común una capacidad extraordinaria: Articular una narrativa que inspirara, que uniera a comunidades dispersas alrededor de propósitos comunes y generara la acción colectiva necesaria para que las cosas verdaderamente sucedieran. Basta recordar a Churchill pronunciando “We shall fight on the beaches” en los días más oscuros de la Segunda Guerra Mundial, sin ejércitos suficientes ni garantía de victoria, pero con la claridad de que las palabras correctas podían sostener una nación entera.

De esa estatura hemos descendido, con alarmante naturalidad, hacia un tipo de gobernante que parece extraído directamente de las páginas de El hombre del subsuelo de Dostoyevski.

De discursos que encendían plazas pasamos a insípidas presentaciones en PowerPoint. De la palabra viva, capaz de generar confianza y respeto, pasamos a la diapositiva muerta, llena de cifras sin alma y promesas sin anclaje en la realidad. Perdimos algo en el camino. Y esa pérdida tiene consecuencias.

La confianza no es un sentimiento vago ni una simpatía instintiva. Es un juicio. Un juicio doble y exigente: Por un lado, evaluamos la competencia del gobernante -su poder hacer, su capacidad real de transformar la realidad y cumplir lo que promete; por el otro, su sinceridad- su querer hacerlo, la autenticidad del compromiso detrás de las palabras. Cuando ambas dimensiones se sostienen con hechos, la confianza florece y con ella la legitimidad. Cuando una falla, se fractura. Cuando fallan ambas, como ocurre cuando se fabrican imágenes para disimular la incompetencia, lo que se destruye no es sólo la credibilidad de un gobernante: Se destruye el tejido mismo de la vida pública.

La consecuencia más visible es la sustitución del Gobierno por el anuncio. El caso de Sonora es ilustrativo y, por eso mismo, perturbador. En el quinto año de una administración -que debería ser de consolidación, de cosecha, de demostrar que lo sembrado ha dado frutos- se sigue recurriendo al mismo mecanismo desgastado: El anuncio económico como espectáculo. Una estrategia de escape hacia adelante en la que cada nueva cifra millonaria, cada nuevo proyecto, sirve para distraer la atención del pequeño porcentaje de lo anunciado que alguna vez llegó a concretarse.

Pero existe una jerarquía en las transgresiones del poder público. Puede uno perdonar la torpeza, tolerar la ineficiencia, comprender incluso el error de cálculo. Lo que no admite justificación -ni ideológica ni pragmática- es la falsedad deliberada. Y cuando esa falsedad se construye con imágenes manipuladas para celebrar éxitos que no ocurrieron, estamos ante algo cualitativamente distinto: La mentira convertida en política de comunicación.

El reciente episodio de la presidenta Sheinbaum es revelador no tanto por la torpeza del montaje -imágenes falsas para festejar una supuesta saturación del Aeropuerto Felipe Ángeles- sino por la respuesta ante la evidencia. Acusar a los críticos de actuar por odio es una maniobra conocida: Desplaza el problema hacia quien lo señala. La imagen falsificada no es solo una mentira. Es un insulto a la inteligencia del ciudadano y una confesión implícita de incapacidad: La realidad no alcanza para sostener el relato, ni la competencia para producirla ni la sinceridad para reconocerlo.

Esta no es, por desgracia, una práctica nueva. Basta recordar aquel traslado mediático de los expedientes del Fobaproa en cajas que, al abrirse, resultaron estar vacías. O aquella fotografía de un imaginario viaje en tren hacia el AIFA, donde López Obrador, Sheinbaum y el general en jefe del Ejército posaron sonrientes para una imagen que los inmortalizó, no como estadistas, sino como embusteros. El tren no había llegado. Las cajas estaban vacías. El aeropuerto no desbordaba pasajeros. El patrón es siempre el mismo: Primero la imagen, luego -si acaso- la realidad.

Ningún ejemplo local ilustra mejor esta crisis que La Sauceda. Esta obra, que debió ser emblema de visión y transformación, es a la vez espejo claro de lo que puede lograrse con voluntad real y manual de lo que no debe hacerse. La opacidad en el ejercicio del gasto público no es un detalle menor: Niega simultáneamente ambas dimensiones de la confianza -la de la competencia, porque las obras no se terminan y la de la sinceridad, porque se celebran como si lo estuvieran.

Aquella administración municipal -de triste memoria- que celebraba una inversión de 50 millones tiene hoy su eco perfecto en la retórica actual de la “transformación”. El resultado, con distintos actores y el mismo guión, es igualmente elocuente: Un bosque único en el mundo, único sobre todo por su notable ausencia de bosque.

No es inevitable. La pregunta es si estamos dispuestos a exigir, más allá de ideologías: Gobernantes que rindan cuentas con hechos, no con imágenes; que midan su éxito por lo construido, no por lo anunciado. Ese es el mínimo que una comunidad se debe a sí misma. Elevemos el nivel.

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