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Freno a Donald Trump

No pasará mucho tiempo sin que los ciudadanos estadounidenses, aun esos hillbillies de la política que son los republicanos ultraconservadores, reconozcan al fin que su país está gobernado por un demente.

. Catón

De política y cosas peores

Acostada en decúbito supino, o sea de espaldas, sobre la mesa de exámenes del médico Gelón, y con el facultativo encima, la bella paciente apenas alcanzó a decir: “Doctor: este método de inseminación artificial me está pareciendo demasiado natural”. Ya conocemos a Jactancio Elátez. Vanidoso, pagado de sí mismo, es el epítome del narcisismo y de la egolatría. Asistió a una conferencia en la cual el disertante propuso una arriesgada teoría. Dijo: “A fin de cuentas, entre el hombre y la mujer sólo hay una pequeña diferencia”. Jactancio levantó la mano y acotó: “Perdone usted. En mi caso la diferencia no es nada pequeña”. En la clase de Ciencias Naturales el maestro les pidió a los niños que dijeran el nombre de un vegetal que hace llorar. Pepito contestó: “El repollo”. “No -lo corrigió el profesor-. Es la cebolla”. Replicó Pepito: “Que le den un repollazo en los éstos, a ver si no llora”. Profetizar es ejercicio peligroso. Muchos profetas sufren la desgracia de ver que sus profecías no se cumplen, y otros afrontan la desventura, aún más grande, de ver que sus profecías se cumplen. Lo mejor que se puede hacer es dejar en paz al futuro, lo cual es considerablemente más fácil que dejar en paz el pasado. No obstante lo anteriormente dicho me atrevo hoy a hacer un vaticinio: No pasará mucho tiempo sin que los ciudadanos estadounidenses, aun esos hillbillies de la política que son los republicanos ultraconservadores, reconozcan al fin que su país está gobernado por un demente, un hombre desquiciado que amenaza con destruir civilizaciones milenarias; con apoderarse de países como quien se apodera de un bien mostrenco; que hoy dice y mañana se desdice, y que no escucha más voz que la suya. Por muchos motivos admiro al pueblo norteamericano, pero me pregunto cómo fue posible que un individuo como Trump llegara a la Casa Blanca, la misma que en el pasado siglo ocuparon Franklin D. Roosevelt y John F. Kennedy. En el ejercicio de la democracia, lo mismo que en las dictaduras, es posible cometer errores. Sin embargo las equivocaciones cometidas en la democracia pueden corregirse con más democracia, a diferencia de los yerros cometidos por las dictaduras, fallas que no se reconocen, y por lo mismo no se enmiendan, según estamos viendo en nuestra propia casa. Una cosa puedo decir sin temor a equivocarme, y la diré sin ambages ni rodeos: El mundo respiraría más tranquilo si los conciudadanos de Trump pusieran freno a ese hotentote de cabeza amarilla por fuera y vacía por dentro. Tres cuentecillos relacionados con noches de bodas cierran el telón de este texto sabatino. La mañana del día que siguió a la ocasión nupcial el novio se dirigió, solícito e inquieto, a su flamante mujercita: “Te noto triste, Dulcifina. ¿Qué te pasa?”. Respondió ella, apesadumbrada: “Es que anoche nos la acabamos toda”. (No te apures Dulcifina. Eso no se acaba hasta que se acaba). En la habitación del hotel donde pasarían su primera noche de casados el galán tomó por los hombros a su desposada, fijó en ella una mirada penetrante y le hizo una pregunta comprometedora: “¿Cuántos hombres ha habido en tu vida antes de que llegara yo?”. Con otra pregunta respondió ella: “¿Traes calculadora?”. Al empezar la noche de las bodas el joven Leovigildo le dijo con solemne acento a su expectante dulcinea: “Kaderina: Guardé para ti mi virginidad de hombre casto y honesto. Seguí las enseñanzas de monseñor Tihamér Tóth en su edificante libro ‘Pureza y energía’, y jamás incurrí en pecado carnal, ni a dúo ni como solista. Tú eres la primera mujer con la que haré obra de varón”. Mortificada exclamó Kaderina: “¡Uta! ¡Otro principiante!”. FIN.