La columna
Esto de escribir una columna es una especie de apostolado. Cuando le pregunté a un colega cuando escribía su columna me contestó: “Toda la semana”.

Jorge Ramos
Este es mi espacio; yo vivo aquí. Escribir esta columna es, posiblemente, la actividad más constante que he tenido en toda mi vida, luego de ser padre. Desde hace 33 años escribo algo cada semana, y no recuerdo haber fallado ni una sola vez. Aquí cuento lo que se me ha quedado atorado en la garganta y en el estómago. O mi punto de vista de lo que es noticia. Pero siempre con la idea de aportar algo nuevo, personal, único.
No siempre se logra, lo sé. Hay columnas de las que quisiera olvidarme, de esas que el lector ni siquiera recuerda el título tan pronto pasa la página. Y luego hay otras en que le atinas a comprender, explicar y ver con ojos frescos lo que está pasando. Son esas veces, como diría la escritora Isabel Allende, en que estás bien parado en el mundo.
Cuando era apenas un adolescente y empezaba a hojear el periódico que diariamente llegaba a la casa, me saltaba las páginas editoriales. Me iba de la primera plana hasta la sección de deportes. Hasta que un buen día mi mamá me sugirió que, si leía los editoriales y las columnas, iba a entender todo lo que estaba pasando en el planeta. Creo que le tengo que agradecer a ella que me haya convertido en columnista. Y el mayor halago que he recibido como escritor es que, durante muchos años, ella recortaba mis columnas que aparece los sábados en el diario Reforma de México y la pegaba en un voluminoso álbum.
Todo comenzó cuando escribí una serie de columnas luego de un viaje a la nueva Rusia. El muro de Berlín había caído, y la Unión Soviética se había desmoronado. Las columnas no tenían destinatario. Las escribí porque tenía mucho que decir y la televisión, donde yo trabajaba y con sus límites de tiempo, no era suficiente. Se las envié por fax a Carlos Verdecia, el director de El Nuevo Herald en Miami y, para mi sorpresa, decidió publicarlas. La primera -llamada “Rusia; bienvenidos al capitalismo”- salió publicada en mayo de 1993.
Con mucho esfuerzo, llamadas y faxes fui extendiendo la publicación de la columna semanal a otros diarios de Estados Unidos y América Latina. Pero mi objetivo era publicar en México, mi país, y hacerlo en Reforma, un periódico con una muy bien ganada reputación de periodismo independiente. Pedí una cita con Ramón Alberto Garza y René Delgado, y ambos aceptaron mi solicitud. Mi primera columna en Reforma fue el 3 de septiembre de 1993 y se tituló “Lo que vi en México” (que aún no era democrático). Con el apoyo de la familia Junco De La Vega no he dejado de publicar semanalmente desde entonces. Y gracias a The New York Times Syndicate, me pueden leer en decenas de diarios del continente.
Esto de escribir una columna es una especie de apostolado. Cuando le pregunté a un colega cuando escribía su columna me contestó: “Toda la semana”. Es cierto. Uno va pensando lo que va a escribir todos los días, hasta antes de dormirse y, a veces, también en sueños. La traes en la cabeza permanentemente. Hasta antes de apretar la tecla para enviar la columna, la estamos cambiando y corrigiendo. Y muy pocos columnistas lo hacen por dinero; no salen las cuentas si contamos todas las horas que le dedicamos.
Escribimos para que nos lean. Los que dicen que escriben para sí mismos se dedican a otra cosa, pero no a escribir columnas. Y el mejor consejo que he recibido fue de Guillermo Martínez, columnista del Miami Herald en inglés y español. “Escribir una columna es como comerse una alita de pollo”, me dijo un día. No se trata de escribir de todo el pollo ni de otros pollos. Se trata de agarrar un tema uno solo -y comérselo hasta los huesitos, hasta que no quede nada de carne.
Escribir columnas también es periodismo, aunque des tu opinión. Toda columna tiene que estar asentada en la realidad. No se vale inventarse datos ni reescribir la historia. Pero es esencial que expreses lo que estás pensando. No es un noticiero, ni un resumen noticioso. La periodista Oriana Fallaci lo dijo magistralmente. “Sobre toda experiencia profesional dejo jirones del alma”, escribió en su libro “Entrevista con la historia”, “y veo como si la cosa me afectase personalmente o hubiese de tomar posición, y en efecto la tomo, siempre, a base de una precisa selección moral”.
Escribir columnas es, sobre todo, un ejercicio ético, particularmente cuando se trata de cuestionar a los autoritarios y rechazar el abuso de poder. La columna, en el mejor de los casos, debe servir para algo. Y si eso es apoyar la democracia, la libertad y la justicia, mejor aún. La columna es un nombre viejo -cuando los ensayos y editoriales se publicaban verticalmente en los periódicos de papel- pero me gusta la palabra porque denota algo sólido, vertical y muy visible.
Y hace poco que junté un centenar de mis columnas en un libro -“Así veo las cosas”- me di cuenta de que ahí estaba mi verdadera autobiografía. Cuento de guerras, presidentes, viajes y elecciones, pero también de la muerte de mi padre, de mi hermano Alejandro y de mi gata, Lola. Y todo gracias a que un buen día mi mamá me sugirió que les pusiera atención a los editoriales.
Gracias por leerme todos estos años. Sin ti, lector, no hay columnista.
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