Si el tigre es eficaz una de cada 10 veces, ¿por qué tú no soportas fallar?
El error nos paraliza. Nos contaron el cuento de la eficacia y nos compramos una ansiedad que no nos deja mover.

Historias demasiado humanas
Si los felinos midieran su autoestima con nuestra vara, estarían todos deprimidos en un rincón de la sabana, sintiéndose unos impostores. El león, ese icono de poder absoluto, sólo corona con éxito el 15% de sus cacerías. El tigre, un depredador letal, el verdadero rey de la selva, falla entre el 90 y el 95% de sus intentos.
Si se juzgaran como nos juzgamos nosotros, pasarían hambre rumiando su ineptitud. O peor aún, no se animarían a cazar y se morirían, convencidos de que cazar no es lo suyo. Pero ellos no se detienen a lamentarse; simplemente vuelven a intentarlo. Entienden, por instinto, que el fallo no es porque son estúpidos, sino porque es lo normal. Lo común es fallar, equivocarse. El éxito es la excepción. En la biología y en la vida.
A nosotros, en cambio, el error nos paraliza. Nos contaron el cuento de la eficacia y nos compramos una ansiedad que no nos deja mover. Vivimos en la dictadura del resultado, donde exhibimos el trofeo y escondemos el moretón como si fuera inaceptable.
Cuando intenté ser pianista, tuve ese mismo aprendizaje. En la audición que tuve con un gran maestro interpreté una pieza de Bach, a mi modo de ver, en forma perfecta. Cuando terminé, él me dijo:
-“No cometiste ningún error…”.
-“¿Y eso está mal?”, pregunté yo en forma retórica e irreverente.
-“Y…estabas mas preocupado en no equivocarte que en expresarte. Yo hubiera preferido que cometieras 10 errores, pero que la obra estuviera viva…”.
Instantáneamente supe que él sería mi maestro.
Y es que el fracaso, cuando se pega a la piel como un tatuaje de identidad, se vuelve letal. Dejamos de decir “fallé en esto” para concluir que “soy un fracasado”. Y ahí es donde nos volvemos conservadores de nuestra propia imagen, cuidando un invicto de cartón que nos condena a la quietud, a la imposibilidad de experimentar, de aprender, de crecer, de vivir.
Roger Federer confesó hace poco una cifra que debería ser de aprendizaje obligatorio en las escuelas: De todos los puntos que jugó en su carrera, ganó apenas el 54%.
Casi la mitad de las veces, perdió. Fue uno de los más grandes tenistas de la historia porque aprendió a no romperse cada vez que la pelota quedaba en la red. Su genialidad no estaba en el saque ganador, sino en la capacidad de soltar el error anterior para jugar el siguiente. Michael Jordan falló más de nueve mil tiros y perdió casi 300 partidos. Jordan no es el mejor de la historia a pesar de esos fallos, sino gracias a ellos.
El éxito de ambos no es la ausencia de error, es el sedimento de lo que quedó después de haber fallado mil veces. Su genialidad estuvo en la entereza de seguir tirando.
Fracasar duele, arde. Pero hay una profundidad casi sagrada en el error: Es el momento donde el aprendizaje deja de ser teoría y se vuelve experiencia. El error te devuelve a la tierra y te quita la soberbia. Tenemos que entender que cada fracaso nos acerca más al éxito.
Quizá la verdadera madurez sea reconciliarse con el error. Entender que el 54% de Federer es una victoria absoluta. Que yo necesitaba dejar de preocuparme por el error para poder expresarme. Conectar con nuestra capacidad de fallar es lo que nos vuelve humanos. Porque el único fracaso real, el que verdaderamente nos debería dar miedo, es el de haber pasado por aquí sin intentarlo una y otra vez, sin haber entendido que la vida no se mide por las veces que las cosas nos salieron bien, sino por las que nos volvimos a parar cada vez que la realidad nos golpeó.
Juan Tonelli
Escritor y conferencista.
Autor del libro “Un elefante en la habitación”.
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