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Dolores Huerta: ‘Mi silencio acaba aquí’

Dolores Huerta nos demostró el valor del “Sí se puede” y de no quedarse callados. Su carta, contundentemente, termina diciendo: “Mi silencio acaba aquí”.

Jorge  Ramos

Jorge Ramos

El grito de “¡Sí se puede!” (“Yes we can!” en inglés) llevó a Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos en el 2008. Lo repetía constantemente en sus eventos de campaña, y prometía lo que hasta ese entonces parecía imposible: Que un afroamericano ocupara la Casa Blanca en un país con una larga historia de racismo y discriminación. Luego se convirtió en una frase que encapsulaba las aspiraciones de los millones de latinos en Estados Unidos. Y hasta hoy se usa para empoderar a los más diversos grupos, igual en la política y las universidades que en la sección de libros de superación personal.

Pero la frase no era nueva. Décadas antes, en los años 60 y 70, se había utilizado en las protestas por los derechos de los campesinos en California y se le había atribuido a su líder, Cesar Chávez. Nadie dudó que al héroe del movimiento que creó el United Farm Workers, el sindicato de trabajadores del campo, y que tanto hizo por mejorar la situación de los campesinos -salarios más justos, baños, límite de horas, descansos, condiciones dignas de trabajo- se le hubiera ocurrido una frase tan poderosa. Resumía en sólo tres palabras historia, lucha y destino.

El problema es que la frase no era de él.

Era de Dolores Huerta.

La gran lideresa del movimiento campesino lo dejó pasar. Nunca le pidió a Obama que le diera crédito, ni tampoco se quiso pelear con los que le atribuían falsamente el “Sí se puede” a su compañero de lucha, Chávez, quien murió en 1993. En mi carrera como periodista, me he cruzado varias veces con Dolores. La respeto, la admiro y siempre he buscado su opinión en momentos importantes. En una de mis últimas entrevistas con ella le pregunté sobre ese grito, y me sorprendió al decir que se le había ocurrido a ella. No me lo esperaba. Yo no lo sabía. Y luego de enterarme, no necesitaba mayores explicaciones. Estaba muy claro que Dolores había guardado silencio por años para no contrariar el legado de Chávez, aun cuando en ese punto fuera engañoso. Pero algo se había roto, y Dolores quería contar la verdad.

Con esa misma visión histórica y actitud estoica, Dolores guardó silencio durante seis décadas sobre las violaciones y abusos sexuales que sufrió a manos de Chávez, y que fueron publicadas por el diario The New York Times tras una investigación de cinco años. “Ambos actos sexuales con César resultaron en embarazos”, escribió luego Dolores en una carta pública, en inglés y en español, explicando que hizo “arreglos” para que sus hijas fueran criadas “por otras familias que pudieran darles una vida estable”.

¿Por qué no le contó esto a nadie?

“Cargué con este secreto durante todo este tiempo porque construir el movimiento y asegurar los derechos de los campesinos fue el trabajo de mi vida”, escribió Dolores, de 95 años, en su carta. “El desarrollo de la unión fue el único vehículo para lograr y asegurar esos derechos y no iba a dejar que César ni nadie más obstruyeran el camino”.

Pero hubo, también, una razón mucho más personal para decir ahora toda la verdad. “Estoy compartiendo mi historia porque el New York Times ha indicado que no fui la única -había otras,” escribió en la carta. “Más mujeres están alzando su voz, compartiendo que fueron abusadas sexualmente y agredidas por César cuando eran niñas y adolescentes. Saber que él dañó a niñas me enfurece. Mi corazón sufre por aquellas que han tenido que sufrir solas y en silencio durante años. No hay palabras lo suficientemente fuertes para condenar las acciones deplorables que él cometió”.

Y luego, ella misma, nos da una salida: “Las acciones de César no reflejan los valores de nuestra comunidad ni los de nuestro movimiento”.

¿Qué hacer?

El primer paso es apoyar y dar toda nuestra solidaridad a Dolores y a las mujeres que fueron atacadas por Chávez. Esa es la prioridad. Y ciertamente, hay que cambiar nombres de decenas de escuelas y calles en todo el país. No basta con decir que César Chávez tenía un lado oscuro. Vamos a tardar años en digerir el efecto dañino que esta revelación ha causado en generaciones que crecieron venerando el nombre y el legado de Chávez.

Quizás la lección más obvia es que nos equivocamos, siempre, al convertir en héroes y santos a simples seres humanos. Si nos concentramos en los principios de movimientos y acciones colectivas, salimos más fuertes.

Dolores Huerta nos demostró el valor del “Sí se puede” y de no quedarse callados. Su carta, contundentemente, termina diciendo: “Mi silencio acaba aquí”.

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