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Reflexiones

“Cada quién su vida”. Frase es ésa relativa a la santa virtud de la tolerancia; y que hace recordar la evangélica enseñanza: “No juzguéis si no queréis ser juzgados”.

. Catón

De política y cosas peores

La enfermera Clisteria se quejó con el sindicato: El director del hospital había usado con ella una expresión impropia. La comisión de Honor y Justicia fue a hablar con el doctor. ¿Qué le había dicho a la enfermera que tanto la ofendió? “Se los diré -empezó a relatar el médico-. Anoche tuve una operación que duró hasta las 2:00 de la mañana. Llegué a mi casa, y estaba ya durmiendo cuando sonó el teléfono a las 4:00 de la madrugada. Era la enfermera Clisteria. Me dijo que había un asunto urgente en el hospital que hacía necesaria mi presencia. Me levanté casi dormido; resbalé en el tapete; caí sobre el buró; quebré una lámpara y me hice una herida en la cabeza. Salí rápidamente en mi coche y choqué con un poste. Llegué a todo correr al hospital, y la enfermera Clisteria me informó cuál era el asunto urgente que requería mi presencia inmediata: Se habían recibido 10 termómetros rectales. Me preguntaba qué debía hacer con ellos. Yo lo único que hice fue decírselo”... Babalucas se metió a boxeador. En su primera presentación como profesional, tras un pequeño incidente al principio -su manager le dijo que iba a entrar en la pelea de fondo, y Babalucas subió al ring vistiendo uno de encaje-, su adversario lo hizo sangrar por siete de los nueve orificios naturales de su cuerpo y lo derribó varias veces para la cuenta de protección, todo en el mismísimo primer round. Tambaleante, acertó apenas Babalucas a llegar a su esquina después de visitar las otras tres. Le preguntó su manager lleno de inquietud: “¿Qué te sucede Kid Babas? Dijiste que podías noquear a tu rival con los ojos cerrados”. “Sí, -replica Babalucas-. ¡Pero el cab… no los cierra!”... Rosilita -equivalente femenino de Pepito- oía el cuento que le leía su papá: “La dulce princesita paseaba por el jardín de su palacio. De pronto oyó una voz que la llamaba: ‘¡Princesita! ¡Oh, dulce princesita!’. Miró hacia abajo y vio que un horrible sapo era el que le hablaba. ‘Princesita -le dijo el animalejo-. La bruja del bosque me convirtió en sapo. Pero si me das un beso me transformaré en un hermoso príncipe’. La princesita tomó el sapo en sus manos, lo llevó a su cuarto y en la cama le dio un beso. Entonces el feo sapo quedó convertido en un hermoso príncipe”. Rosilita se rió por lo bajo. “¿Qué? -le preguntó su papá-. ¿No creíste el cuento?”. “Yo sí -respondió la chiquilla-. Pero ¿lo creerían los papás de la princesita?”... ¿O quién es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: El que peca y luego paga, o la que cobra al pecar? Esa inane paráfrasis de las redondas redondillas de Sor Juana alude a la renuncia que un cierto Gobernador de Nueva York tuvo que presentar hace años luego de que se conoció su episódica relación con una prostituta de lujo. El pobre pavitonto, víctima de una sociedad hipócritamente puritana -o puritanamente hipócrita-, afrontó cargos hasta de tráfico humano, pues llevó a la costosa maturranga de un Estado a otro para refocilarse con ella. Muy cara le costó la refocilación, y durante mucho tiempo el desdichado anduvo con el ánimo caído, y todo lo demás también. Recurro a ese olvidado asunto para repetir en estos días vacacionales aquello de “Lo que de noche se hace de día aparece”, y lo otro que dice: “Los amores de los perros siempre se ven. Los amores de los gatos siempre se oyen. Los amores de los hombres siempre se saben”. Pero como dice el sapiente apotegma popular: “Cada quién su vida”. Frase es ésa relativa a la santa virtud de la tolerancia, y que hace recordar la evangélica enseñanza: “No juzguéis si no queréis ser juzgados”. Y la otra, más conocida aún: “El que esté libre de culpa”. FIN.

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