Estar con alguien y sentirnos solos
Nos acostumbramos a vivir en la cultura del “todo bien”. Una puesta en escena donde mostramos nuestra versión más prolija, la más segura, la que no tiene fisuras.

Historias demasiado humanas
A veces, en medio de una cena ruidosa o en la inercia de una charla de oficina, ocurre algo difícil de explicar: Te sientes espectador de tu propia vida. Estás ahí, cumpliendo el ritual, devolviendo la sonrisa en el momento justo, diciendo lo que se espera que digas, pero por dentro te sientes un poco afuera de la escena. Es una soledad rara, rodeada de gente, mucho más fría que la de estar solo en una habitación.
Durante años pensé que había algo mal en mí. Que era demasiado sensible, o demasiado complicado, o simplemente incapaz de disfrutar como los demás.“No seas intenso”, me repetía, mientras me ponía la máscara de la funcionalidad para poder encajar. Hasta que, casi por casualidad, me encontré con los resultados del Estudio de Harvard sobre el Desarrollo Adulto.
Llevan casi 90 años estudiando qué nos mantiene vivos y, sobre todo, qué nos mantiene bien. La conclusión es tan simple que incomoda: No es el éxito, ni el dinero, ni la fama. Es la conexión. Pero no la conexión entendida como acumular contactos en una agenda o seguidores en una pantalla. Hablan de la conexión real, la que aparece cuando dos personas bajan la guardia y se permiten ser vistas sin actuar.
El estudio es implacable: La falta de conexión emocional no es sólo tristeza; el cuerpo la vive como peligro. El corazón se fatiga, las arterias se tensan, el cerebro se inflama. Biológicamente estamos diseñados para el encuentro. Sin conexión, el sistema entra en alerta, como si estuviera desprotegido frente al mundo.
El problema es que conectar de verdad tiene un precio que no siempre estamos dispuestos a pagar: La vulnerabilidad.
Nos acostumbramos a vivir en la cultura del “todo bien”. Una puesta en escena donde mostramos nuestra versión más prolija, la más segura, la que no tiene fisuras. Pero esa versión, justamente por perfecta, queda lejos de los demás. Nadie conecta con alguien que parece de mármol. La conexión aparece en las grietas, cuando uno se anima a decir que no puede, que tiene miedo o que simplemente hoy no tiene nada interesante para contar.
Conectar es un verbo de acción, pero también de quietud. Requiere frenar la inercia del hacer para simplemente estar. Es ese segundo extra en el que sostienes la mirada después de una pregunta. Es el silencio que no te apuras a llenar con una broma para escapar de la incomodidad. Es dejar de oír el ruido de fondo para escuchar de verdad al que tienes enfrente.
A veces me pregunto cuántas oportunidades de sentirnos acompañados perdemos sólo por miedo a no ser adecuados. Estamos sedientos de una intimidad que nosotros mismos saboteamos cada vez que intentamos parecer perfectos.
Harvard puso números y evidencia, pero la experiencia aparece todos los días. La conexión no es un momento extraordinario; es un hilo casi invisible que se teje en lo mínimo. En bajar el celular cuando alguien te habla. En animarte a decir que hoy no estás bien. En descubrir que, cuando dejas de actuar, el mundo no se rompe. Al contrario, se vuelve un poco más habitable.
Pasar del simulacro al encuentro. De la presencia física a algo más verdadero.Quizá no se trate de que alguien nos solucione la vida, sino de saber que, en medio del ruido o en la mitad de la noche, hay alguien que ve quiénes somos sin el disfraz.Y que con eso alcanza para que algo adentro deje de estar en guardia.
Juan Tonelli
Escritor y conferencista, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.
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