Una vida sufrida, una muerte inmerecida
El caso “Noelia” ha sido uno de los más resonados mediáticamente en Europa y en Hispanoamérica.

Antier, a las 6:00 de la tarde de Barcelona, España (10:00 de la mañana de Hermosillo) falleció sola en un hospital de esa ciudad, Noelia Castillo, española, a sus 25 años de edad, mediante la inyección intravenosa de tres sustancias, dos de ellas fuertes sedantes y otra que detuvo su respiración, todo esto a solicitud propia de Noelia tras un largo litigio judicial revisado por varios tribunales hasta obtener una aprobación definitiva. Ha sido la última de poco más de 1,100 casos de eutanasia legal consumados en el ibérico País a partir del año 2021 cuando fue legalizada esa modalidad de dar muerte.
El caso “Noelia” ha sido uno de los más resonados mediáticamente en Europa y en Hispanoamérica, tanto por la temprana edad de Noelia así como por no estar ella sufriendo ninguna enfermedad terminal.
Y muy en especial, por algunos rasgos fundamentales de su vida que es oportuno mencionar someramente en este espacio para entender la evolución de este triste caso, como son el haber nacido y crecido al cobijo de un matrimonio desavenido (sus padres sufrieron un divorcio temprano) y una familia proclamada en los medios como disfuncional así como por haber sido ubicada para residir en una estancia de asistencia social oficial.
Además haber sufrido una violación por su novio estando ella bajo efecto de algún sedante, también un intento de abuso sexual en una discoteca y más adelante una violación tumultuaria o grupal que intensificó su afección emocional al grado que cuatro días después intentó suicidarse lanzándose al vacío desde un quinto piso y, aunque su propósito no fue logrado, quedó con lesiones serias en la columna vertebral que le dejaron una incapacidad parcial para mover las piernas así como intensos dolores que persistieron sin alivio completo.
En tales condiciones Noelia solicitó la autorización legal para que su vida fuera acabada mediante una modalidad de eutanasia lo que la llevó a un ir y venir de alegatos judiciales durante casi dos años hasta que finalmente recibió autorización definitiva para morir mediante un procedimiento en apariencia médico que fue un acto de eutanasia activa, es decir, con medicamentos administrados por personal de salud lo cual ocurrió en el Hospital Sant Camil de San Pere de Ribes.
Aprovecharé este espacio para anotar algunos comentarios vertidos en uno de los tantos noticieros aparecidos en la red de YouTube, éste concretamente que ha acumulado, apenas pasadas las 24 horas de su muerte, tantas como 65 mil visitas y haber recibido más de 500 comentarios de entre los que tomo dos o tres para dar una idea del sentir social sobre el tema y el caso.
Un comentario que en sólo tres palabras refleja la opinión de muchos otros: “Le fallaron todos”. Y podemos comentar que hay mucho de cierto en esto: Sus padres, su familia, sus amistades y las instituciones del Estado que habrían de haberse aplicado mucho más a la atención de Noelia, le fallaron.
Ciertamente todos fallamos y es útil asimilarlo bien y manifestarlo para provecho de los demás.
Otro comentario: “Noelia, que Dios te dé la paz que tanto necesitabas”. Y podemos decir que la paz no la puede dar el Estado en automático ni siquiera poniendo a disposición personas profesionales e instalaciones a veces imponentes; se necesita acompañamiento personal con calidez, entrega y ternura; una niña, una jovencita necesita saberse cobijada y amada por los suyos y por todos.
Y ahora este: “¡Un horror! Nunca el Estado la ayudó: La empujó a la muerte”. De nuevo, no bastan paredes, piso, techo, lecho y nutrientes pues siempre hay algo que las instituciones políticas suelen dejar de lado: Atender personas no casos ni casuísticas; menos estadísticas y más miradas a los ojos.
Y, claro, cuando el Estado, las instituciones y muchos medios felicitaron a Noelia por pedir su propia muerte y le dijeron: “Claro, claro, adelante, es tu derecho” pero nunca le gritaron: “Te queremos mucho Noelia, de verdad te necesitamos, perdónanos”… y pues, lo que tenía que pasar, pasó.
Jesús Canale
Médico cardiólogo por la UNAM.
Maestría en Bioética.
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