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Lambisconería que avergüenza

La tal revocación está muy lejos de ser una institución democrática. Es más bien -más mal- un instrumento concebido por AMLO para mantener su dominio personal y asegurar la continuación de su cacicazgo.

. Catón

Si no lo hubiera visto no lo habría creído. La estampita que hicieron imprimir algunos senadores de Morena con las imágenes de López Obrador y Claudia Sheinbaum constituye el último extremo de la adulación y la bajeza. He aquí que en esa estampa los dichos personajes aparecen entre nubes junto con la Virgen de Guadalupe, el Ángel de la Independencia y el águila mexicana. Risible sería el patético dibujo si no fuera exacta representación del régimen que se ha apoderado de nuestro País y lo está llevando a la desgracia. Mostrar así, como figuras cuasi religiosas, al caudillo y a su lugarteniente, exhibe la cortesanía de esa caterva de politicastros que rodean al jefe máximo y a quien está poniendo el segundo piso a su falsa transformación. Los senadores que incurrieron en tan pedestre lambisconería avergüenzan a México y nos avergüenzan a los mexicanos. Desde luego la malhadada estampita se hizo sin el consentimiento de quienes en ella figuran, pero es una muestra mínima de la bajuna condición moral del bando o banda que ha acompañado y sigue acompañando al cacique de la 4T. Obviamente esa nadería es nada al lado de los graves daños que al País ha causado este régimen hecho por parte iguales de ineptitud y corrupción. Ahora se debaten los temas relacionados con la revocación de mandato, espada de Damocles que el demagogo autócrata dejó pendiendo sobre la cabeza de su sucesora a fin de asegurarse su fidelidad, la cual ciertamente ha obtenido. La tal revocación está muy lejos de ser una institución democrática. Es más bien -más mal- un instrumento concebido por AMLO para mantener su dominio personal y asegurar la continuación de su cacicazgo. Desde la sombra López Obrador sigue ensombreciendo a México. Esta última frase, columnista, me causó un repeluzno, estremecimiento o calosfrío que me bajó por la espina dorsal partiendo de la cerviz hasta llegar ahí donde la espalda pierde su decoroso nombre. Ea, narra ahora algunos cuentecillos que seden esa zozobra o inquietud. Don Ultimiano estaba a punto de doblar la servilleta. Eso de “doblar la servilleta” es un eufemismo para no decir que el pobre señor estaba feneciendo. En el lecho de la última agonía le preguntó a su esposa: “Ahora que me vaya de este mundo, Borbolota, ¿te acordarás de mí?”. “Claro -respondió ella-. Sobre todo recordaré las veces que fuimos a Las Vegas”. Prosiguió el señor: “¿Me amaste todo este tiempo?”. “Claro -volvió a decir doña Borbolota, cuyo repertorio de expresiones afirmativas era algo reducido-. Te quise bastante, especialmente los días de quincena”. “Y dime -continuó el agonizante-. ¿Me fuiste fiel?”. Contestó doña Borbolota: “¡Ay, Ultimiano! ¡Qué preguntón te has vuelto!”. La linda Susiflor le comentó a su amiga Rosibel: “Cada día cuesta más trabajo conseguir marido”. “Es cierto -confirmó Rosibel-. Sus esposas los cuidan mucho”. Sor Bette, la madre superiora, reprendió al jardinero del convento: “Otra vez viene usted borracho, Baquílides”. Con tartajosa voz respondió el temulento: “No, copa. Le juro que nada más me tomé una madrecita”. En el campo nudista una guapa socia le dijo a otra: “Me molesta ver cómo los hombres te visten con la mirada”. Don Biliardo era calvo de solemnidad. En la mesa del café uno de los amigos le pasó la mano por la calva y dijo luego, burlón y divertido: “Se siente igual que las pompas de mi esposa”. Don Biliardo se pasó a su vez la mano y exclamó: “¡Mira! ¡De veras!”. En la habitación número 210 del Motel Kamawa la muchacha le reprochó a su galán: “Si fueras un caballero no me habrías hecho esto”. Acotó el tipo: “Y si tú fueras una dama no me habrás cobrado”. FIN.

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