PT: ¿Qué necesidad?
Será hoy cuando la definición real del PT se dará a la hora en que el citado Plan B sea presentado al pleno senatorial para la decisión final.

ASTILLERO
El extraño oleaje de aparentes reacomodos entre aliados permitió ayer que el llamado Plan B brincara la aduana de las comisiones senatoriales con pocas novedades: Los opositores de siempre se mantuvieron tal cual (destacó la dureza del panista Ricardo Anaya, quien se esmeró en señalar deficiencias técnicas y políticas de la iniciativa presidencial), Morena y el Verde consiguieron sin problema la mayoría relativa y el Partido del Trabajo sostuvo la especulación sobre sus desacuerdos y objetivos, al ausentarse a la hora del voto.
El petismo, pues, no votó en contra de la propuesta electoral de la presidenta Sheinbaum. Tampoco se abstuvo. Se ausentó a la hora de la votación, como si tal maniobra hubiese sido concertada. En todo caso, será hoy cuando la definición real del PT se dará a la hora en que el citado Plan B sea presentado al pleno senatorial para la decisión final.
Una versión generalizada propaga que el inusual comportamiento “rebelde” del PT obedece a la convicción de que estaría en grave riesgo de perder registro y presencia si acepta el Plan A (que fue rechazado) y, ahora, en el B, si permite el punto ventajoso para Morena de la concurrencia de la Presidenta en las elecciones intermedias del año próximo.
Vale, a estas alturas de las especulaciones, asomarse a lo que el coordinador de los diputados federales del Partido del Trabajo, Reginaldo Sandoval, se preguntó el pasado 14 de enero respecto a cuál sería la razón de que el movimiento llamado Cuarta Transformación estuviese impulsando una reforma electoral que, desde aquella fecha, ha significado discusiones y disensos internos entre directivos de los tres partidos aliados y ha propiciado un discurso presidencial que busca responsabilizar a las agrupaciones de menor calado, Verde y PT, de una especie de traición a los postulados 4T y a los compromisos de campaña de la ahora Presidenta de la República.
Sandoval planteó que en aquel momento (y, evidentemente, ahora el acoso trumpista es peor), los partidos aliados deberían estar considerando impulsar la unidad nacional. Además, advirtió, respecto a la iniciativa electoral presidencial, que con las reglas vigentes se le ha ganado ampliamente a la derecha: “Si con estas reglas ganaste Ejecutivo, Legislativo y Judicial, dijo el filósofo michoacano, muy popular pero muy querido, ¿qué necesidad?”.
Siguiendo la línea de análisis juangabrielista cabe plantear que el ánimo reformista de Palacio Nacional no alcanzó, en su primera emisión, el Plan A, los más altos niveles deseados, y que el que se presentará hoy en el Senado ha sido señalado como Plan Ch, por chiquito. ¿Realmente puede esperarse una modificación sustancialmente positiva del sistema político mexicano tan deteriorado (por usar un adjetivo ligero)? La revocación de mandato presidencial, que será impulsada no por los opositores sino por Palacio Nacional y Morena, más bien como ejercicio confirmatorio, ¿es realmente necesaria o es solo parte de una estrategia electoral para 2027? ¿Es necesario facultar a la Presidenta para hablar a favor de sí misma, desde plataformas oficiales, en presunta defensa contra una revocación muy probablemente no pedida por la oposición?
Por lo pronto, el extraño disenso entre exitosos aliados 4T, que han conseguido la mayor concentración de poder institucional de la historia electoralmente moderna, ha permitido (más allá del desenlace que se prevé se produzca hoy en el Senado) combatir la versión opositora de que en México hay falta de democracia pues, se argumenta ahora, hasta al interior de la coalición gobernante se producen desacuerdos. Y, a fin de cuentas, la “incapacidad” superior para concertar votaciones unificadas podría permitir la inhibición de más reformas constitucionales, evitando a Palacio Nacional confrontaciones con instancias empresariales y estadunidenses. Así que, a fin de cuentas, ¿hay necesidad o no? ¡Hasta mañana!
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