El Imparcial / Columnas /

Lo que todos perdimos sin darnos cuenta

¿Cómo puede ser que unas palabras tan simples, casi infantiles, tengan el poder de conmovernos hasta las lágrimas?

Juan Tonelli

Historias demasiado humanas

¿Cómo puede ser que unas palabras tan simples, casi infantiles, tengan el poder de conmovernos hasta las lágrimas?

Esa fue la pregunta que me quedó dando vueltas cuando escuché al médico y escritor húngaro Gabor Maté, a quien admiro profundamente, contar algo inesperado. Dijo que una noche entera lloró al leer el final de “Winnie-the-Pooh”.

Y no fue cuando era niño, sino ahora, a sus 82 años.

En la escena final, “Christopher Robin” se despide de sus amigos del Bosque Encantado porque tiene que empezar la escuela y ya no podrá jugar con ellos como antes. El libro termina con una imagen sencilla: Pase lo que pase en ese bosque, un niño y un oso siempre estarán jugando juntos.

Maté contó que esa frase lo desarmó. Lloró toda la noche.

Y mientras lo escuchaba, me pasó algo curioso: Yo también me emocioné. Como si esas palabras simples tocaran una fibra que todos reconocemos aunque no sepamos bien cómo nombrarla.

Tal vez justamente ahí esté la clave, en la simpleza.

Hay verdades que no necesitan sofisticación para ser profundas. Muchas de las más importantes aparecen formuladas casi como si fueran para niños. Lo decía también el zorro en “El principito”: Lo esencial es invisible a los ojos.

No es que no lo sepamos, sino que con el tiempo dejamos de vivir como si lo supiéramos.

Entramos en un mundo donde empiezan a aparecer otras prioridades: Cumplir, rendir, demostrar, producir. La vida se llena de metas, de objetivos, de exigencias que parecen inevitables. Trabajamos para sostener responsabilidades, para cuidar a otros, para construir algo propio.

Nada de eso está mal. Lo inquietante es otra cosa: Cuando el trabajo deja de ser una parte de la vida y empieza a convertirse en la forma de justificarla.

Eso fue lo que Maté dijo haber descubierto mirando hacia atrás. Durante gran parte de su vida se empujó a trabajar cada vez más, con una sensación persistente -muchas veces inconsciente- de que tenía que demostrar que merecía estar aquí. Ser útil, producir, aportar, hacer más. Como si el derecho a ocupar un lugar en el mundo necesitara validarse todo el tiempo.

En su caso, ese impulso terminó en una carrera intensa: Medicina, investigación, libros, conferencias, décadas dedicadas a entender el trauma humano. Sin embargo, cuando lo cuenta hoy, no lo hace con amargura sino con una claridad casi incómoda.

Si pudiera vivir su vida otra vez, dice, no trabajaría tanto.

Y no se trata de que el trabajo no importe, sino de algo que muchos descubrimos tarde: En esa carrera por demostrar valor, a veces terminamos sacrificando lo único que le daba valor a la vida: El juego, la alegría, el tiempo libre.

Los estudios sobre personas al final de la vida muestran algo que se repite una y otra vez: Casi nadie se arrepiente de no haber trabajado más. En cambio, muchos lamentan haber vivido demasiado lejos de lo que realmente importaba.

Quizá por eso la escena del Bosque Encantado puede hacer llorar a un médico de 82 años.

Porque recuerda algo que todos conocimos alguna vez. Antes de convertirnos en adultos preocupados por cumplir expectativas, fuimos niños capaces de pasar horas y horas jugando sin sentir que teníamos que justificar ese tiempo. Simplemente estábamos vivos.

Lo difícil no es olvidar eso, sino aceptar que lo fuimos perdiendo sin darnos cuenta.

Tal vez por eso esas palabras aparentemente ingenuas tienen tanta fuerza. Porque atraviesan las capas de obligaciones, de metas y de urgencias con las que solemos cubrir lo esencial.

Y nos dejan frente a una pregunta incómoda: ¿Ante quién sentimos que tenemos que justificar nuestra existencia?

La vida no es fácil, y nadie vive sólo de jugar. Hay responsabilidades, compromisos, trabajos que sostener. Pero entre esa exigencia permanente y la posibilidad de vivir con algo de alegría debería existir un equilibrio posible.

El problema es que muchas veces lo entendemos cuando ya es demasiado tarde.

Quizá la sabiduría inesperada de un viejo oso de peluche vaya en otra dirección.

No recordarnos que siempre podemos regresar al bosque,sino que, cuando finalmente queremos hacerlo, descubrir que el bosque sigue ahí…pero nosotros ya no sabemos jugar.

Juan Tonelli

Escritor del libro “Un elefante en la habitación”, y conferencista.

www.youtube.com/juantonelli