Guerra que pone al mundo en vilo
Aunque en esas tierras vivió y murió Jesús, el tiempo y las circunstancias han borrado sus huellas. Ir ahí constituye ahora riesgo grave.

De política y cosas peores
Un norteño llenó cierto formulario. Escribió su nombre, fecha de nacimiento, lugar de origen, etcétera. En el renglón correspondiente a raza puso: “De a madre”. Y es que en lenguaje popular ser raza significa ser campechano, simpático y amable. Nadie me tache de irreverente, y de no ser raza, si digo que jamás me ha interesado conocer los llamados Santos Lugares. Para mí los Santos Lugares son Saltillo, la Sierra de Arteaga y el Potrero de Ábrego. Los de Jerusalén están contaminados tanto por el turismo como por la modernidad. Hoy por hoy no se pueden visitar. Del mismo modo que las guerras santas son las menos santas de todas las guerras, a esos lugares conocidos como santos se les ha despojado de toda santidad por las sangrientas pugnas que el país donde se encuentran ha desatado contra sus enemigos, que igualmente los han atacado siempre. Aunque en esas tierras vivió y murió Jesús, el tiempo y las circunstancias han borrado sus huellas. Ir ahí constituye ahora riesgo grave. Una sentencia popular afirma al hablar de la muerte: “Si te toca aunque te quites, y si no te toca aunque te pongas”. Lo mejor en todo caso es no ponerse en el tocadero. “Trump es el líder -dijo Netanyahu-, y yo soy su aliado”. Entre los dos, junto con Irán, tienen al mundo en vilo. Las tres partes son merecedoras de reprobación, pues atentan por igual contra la paz, y los malos efectos de sus actos llegan a todas las naciones. Santos lugares los míos. No quiero ir a los otros. Caminemos en seguida por senderos de mayor solaz. El azorado médico examinó con lupa la entrepierna del enojadísimo paciente. Le dijo: “¡Qué barbaridad! Se supone que el medicamento que le di lo único que reducía de tamaño era la próstata”. Don Ultimiano estaba grave. Con feble voz le pidió a su mujer: “Ahora que yo me vaya cásate con el compadre Nasalio. Es mi mejor amigo y el más leal”. “¡Uy, no! -exclamó la señora-. Ronca mucho”. La esposa de Lucifer, preocupada, habló con él: “¿En qué nos equivocamos, Fer? Nuestro hijo se porta como un angelito”. El viajero no conocía el idioma del lugar. Ansiaba comer un bistec de res, y para hacerse entender de la mesera se puso los dedos índices en la cabeza es hizo: “¡Mu!”. La mujer se volvió hacia su marido: “Viejo: creo que el señor quiere hablar contigo”. Conocemos bien a don Chinguetas. Es un marido que no se resigna a serlo. Le gusta la cuchipanda, o sea el relajo, el jolgorio, la diversión. Hace unos días, su esposa lo sorprendió en el lecho conyugal acompañado por una suripanta con la que al parecer tenía familiaridad, pues la llamaba “mamacita”, “negra linda” y “cochototas”. Al ver a su consorte en ese trance por demás irregular la señora prorrumpió en justificadas expresiones de iracundia. Don Chinguetas le dijo: “Tú tienes la culpa de encontrarme así. Deberías usar zapatos que hagan ruido”. Noche de bodas. Terminó el primer acto del amor, y el joven Inepcio le preguntó, ansioso, a su flamante mujercita: “¿Te gustó?”. “¿Cómo que si me gustó? -respondió ella con aspereza-. ¿Qué ya fue todo?”. Babalucas iba en su coche por el campo con una linda amiga. Era de noche; llovía copiosamente y soplaba un viento gélido. El vehículo se descompuso, y se vieron obligados a pedir alojamiento por esa noche a un granjero. El hombre aceptó recibirlos, pero les dijo que tendrían que compartir la misma cama. Ya en el lecho los dos, la casa a oscuras y en silencio, Babalucas le musitó al oído a su hermosa compañera: “No podemos resistirnos al llamado de la naturaleza”. “Tienes razón” -admitió ella, bien dispuesta. Y dijo el badulaque: “Vamos a ver qué hay en el refrigerador”. FIN.
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