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Cuando Dios manda, nadie se pone de acuerdo

“La violencia jamás puede conducir a la justicia, la estabilidad y la paz que los pueblos anhelan”. Con esas palabras, León XIV se dirigió ayer a los beligerantes en Oriente Medio.

Eduardo Ruiz-Healy

Eduardo Ruiz-Healy

“La violencia jamás puede conducir a la justicia, la estabilidad y la paz que los pueblos anhelan”. Con esas palabras, León XIV se dirigió ayer a los beligerantes en Oriente Medio. Lo hizo por cuarta semana consecutiva.

Lo que él ve con consternación es algo que la humanidad ya conoce demasiado bien: Una guerra en la que todas las partes invocan a Dios para justificarse. Y ninguna puede permitirse perder sin perder también a su divinidad. La guerra que estalló el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel atacaron a Irán, es cualitativamente distinta de cualquier conflicto reciente y, peligrosamente, parecida a las peores guerras religiosas de los últimos dos mil años.

Hace unos días el secretario de Defensa de EE.UU, Pete Hegseth, clausuró una conferencia de prensa recitando el Salmo 144 de la Biblia: “Bendito sea el Señor, mi roca, que adiestra mis manos para la guerra y mis dedos para la batalla” y en el Pentágono se propagó la narrativa de que Trump fue “ungido por Jesucristo para encender la señal de fuego del Armagedón” -la batalla final del fin de los tiempos descrita en el Apocalipsis-. Y luego, predicadores evangelistas le impusieron las manos y bendijeron en la Oficina Oval.

Por otro lado, la República Islámica descansa en la doctrina que justifica la autoridad final del Líder Supremo y su representación de Dios hasta el retorno del Imán Oculto, desaparecido en el siglo IX, quien regresará al final de los tiempos para instaurar la justicia divina. Resistir es obligación sagrada. Tras el asesinato de Alí Jameneí, los clérigos proclamaron que vengarlo “es el deber religioso de todos los musulmanes del mundo”.

Israel añade su propia razón religiosa cuando Benjamín Netanyahu dice: “Leemos en la Torá: ‘Recuerda lo que te hizo Amalek’. Recordamos y actuamos”. En la Biblia, los amalecitas son presentados como enemigos de Israel y Dios ordena su exterminio total. Para él, avanzar sobre Palestina y Líbano no es expansionismo; es el cumplimiento de la profecía.

Tres actores y un mismo Dios reclamado en exclusiva por cada uno. Y la misma lógica mortal: Si Dios ordena, nadie puede ceder sin perder su legitimidad. La historia tiene memoria larga. Las Cruzadas duraron dos siglos. La Reconquista española tardó 770 años en completarse. Las guerras entre católicos y protestantes arrasaron Europa entera. En 1914, los soldados alemanes marcharon con Gott mit uns -Dios con nosotros— grabado en la hebilla del cinturón. Al otro lado de las trincheras, los aliados rezaban al mismo Dios y murieron 10 millones en sólo cuatro años. El patrón es invariable: Cuando la guerra se sacraliza, la diplomacia se vuelve imposible. Ceder es apostasía. Negociar, traición cósmica. ¿Cómo pueden ponerse de acuerdo tres líderes que afirman obedecer a Dios?

Trump y Hegseth usan a Dios para justificarse. Los ayatolás, para resistir. Netanyahu, para conquistar territorios. León XIV no necesita justificarse ante nadie: No tiene nada que ganar ni posee un solo misil. Esa impotencia material es, paradójicamente, su única autoridad moral.

La tragedia más antigua de la civilización es que la voz más cuerda siempre es la que tiene menos poder para que alguien la escuche. Los demás -los que no hablamos con Dios- solo miramos cómo los iluminados deciden nuestro destino.

Eduardo Ruiz-Healy

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