El desastre de Dos Bocas
La tal refinería es, con el Tren Maya y el Aeropuerto “Felipe Ángeles”, una de las obras elefantiásicas de López Obrador cuya inutilidad (la de las obras) se ha puesto de manifiesto varias veces.

De política y cosas peores
“Cuando la partera es mala le echa la culpa al fund…”. El dicho dicho, perteneciente a la rica paremiología mexicana, parece propio del vulgacho, pero no lo es. La Real Academia Española admite el vocablo “fund…” para nombrar al sitio donde la espalda pierde su honesto nombre, y le asigna sinónimos curiosos, a más de “cul…” y “nalgas”: “cheto”, “funene”, “botamay”, “tambache” y “sisiflís”. Yo añado otros, igualmente registrados por la RAE: “tafanario” y “traspontín”. El vocablo “cul…”, considerado plebeo entre nosotros, es de uso común en España. La señora viuda de Incera, en cuya casa me hospedé cuando estuve en Santander, solía decir que su difunto esposo usaba lentes “como cul… de botellas”. Una vez hecha la precedente aclaración repito aquello de que “Cuando la partera es mala le echa la culpa al fund…”. Eso significa que cualquier pretexto sirve al necio para justificar su error. Eso mismo decía otro decir de la generación pasada: “Desde que se inventaron las excusas se acabaron los pend…”. A colación viene esto a propósito de la refinería de Dos Bocas, que no sólo ha tenido un alto costo en dinero, sino también en vidas humanas. El último accidente sucedido ahí causó la muerte de cinco personas, y fue atribuido al “desborde de aguas aceitosas que provocaron un estancamiento que después se incendió”. La tal refinería es, con el Tren Maya y el Aeropuerto “Felipe Ángeles”, una de las obras elefantiásicas de López Obrador cuya inutilidad (la de las obras) se ha puesto de manifiesto varias veces. En el caso de la tal refinería, voces autorizadas le advirtieron al autócrata que el sitio donde se construiría la obra no era el adecuado, por el riesgo permanente de inundaciones, pero el empecinado dictador no oía razones y acababa siempre por imponer su voluntad. Las muertes ocurridas en Dos Bocas deben cargarse a la cuenta del caudillo, junto a las muchas otras que en varios renglones han causado su ineptitud y tozudez. Sedaré con un par de cuentecillos la zozobra que a la República debe haber causado el réspice anterior. “Esa información se la pueden dar en la Guardia Costera”. Doña Bierta se extrañó al oír esas palabras que en el teléfono dijo su marido. Le preguntó: “¿Quién era?”. Respondió el esposo: “Un tipo que cuando descolgué la bocina preguntó en voz baja de buenas a primeras: ‘¿Hay moros en la costa?’”. Candidito era un joven varón sin ciencia de la vida. Casto y honesto, jamás había conocido mujer en el sentido bíblico de la palabra. Ni siquiera hacía consigo mismo “cosas malas”, como decía el sacerdote que lo confesaba. Ignoro si haya sido por esa continencia o por algún otro motivo, el caso es que el muchacho empezó a experimentar ciertos síntomas que lo hicieron acudir a la consulta de un médico. “El doctor tardará en llegar” -le informó la guapa enfermera del galeno. Candidito se angustió: “Necesito verlo con urgencia. Siempre estoy nervioso, inquieto, desasosegado. Batallo para dormir. No sé qué me sucede”. La voluptuosa enfermera se sonrió. Lo tomó de la mano, lo condujo al interior del consultorio y en la camilla de exámenes le administró al mancebo un tratamiento que no sólo le quitó los síntomas que lo habían llevado ahí, sino que además lo satisfizo mucho. Le dijo la enfermera: “Son mil 500 pesos”. De buen grado los pagó el paciente. Tres meses después, los síntomas le aparecieron de nuevo. Regresó al consultorio. Esa vez sí estaba el médico. Tras escucharlo, le extendió una receta para un tranquilizante y le indicó: “Son 800 pesos”. Dijo Candidito: “Si no tiene usted inconveniente, doctor, preferiría el tratamiento de mil 500”. FIN.
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