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Cuando el deseo de ayudar impide que la otra persona crezca

¿Cuántas veces confundimos querer el bien del otro con querer que el otro haga lo que nosotros creemos que es lo mejor?

Juan Tonelli

Historias demasiado humanas

Se va a dar la cabeza contra la pared. Y yo sólo quiero lo mejor para él.

Mi amigo repitió esas dos frases varias veces mientras compartía su preocupación en la cena anual de egresados. No hablaba fuerte, pero su tono tenía algo de insistencia contenida, como si necesitara que alguien confirmara lo que él ya había decidido creer. Hablaba de su hijo, que estaba pensando en dejar una carrera universitaria que -según él- era perfecta para él y tenía todo para triunfar.

A cada rato volvía a la misma idea: Que su hijo no estaba viendo lo que le convenía.

Mientras lo escuchaba, con la copa quieta entre las manos y el murmullo de las otras mesas mezclándose con la nuestra, me quedó dando vueltas una pregunta incómoda: ¿Cuántas veces confundimos querer el bien del otro con querer que el otro haga lo que nosotros creemos que es lo mejor?

Nadie queda afuera de esta confusión: Padres con hijos, parejas entre sí, amigos preocupados. Personas que aman sinceramente, pero que, casi sin darse cuenta, empiezan a ocupar el lugar de quien cree saber cuál es la vida correcta para el otro.

Ahí aparece también otra tentación muy conocida: La de los consejos. Sobre el trabajo, la pareja, la carrera, la vida. Y casi nunca nos preguntamos antes de darlos si el otro los pidió, si realmente quiere escucharlos o si simplemente necesita atravesar su propio proceso.

Porque aconsejar tiene algo tranquilizador. Nos ubica en un lugar de claridad, de experiencia, de aparente lucidez. El problema es que la vida rara vez se aprende por experiencia ajena.

Hay una historia conocida sobre una mariposa que no logra volar porque alguien, intentando ayudarla, le facilita la salida del capullo y le evita el esfuerzo que necesitaba para desarrollar sus alas.

Cuántas veces, en el afán de querer el bien del otro, olvidamos algo básico: Que amar también es aceptar que el otro es libre. Libre para elegir su camino, sus aciertos… y también sus errores.

En un momento mi amigo dejó de hablar y miró el vaso. Lo giró apenas entre los dedos, como si buscara ahí una respuesta mejor que la que no podía obtener de su hijo. Después dijo algo más bajo, casi para sí: “Yo a su edad también quise dejar todo”. Nadie en la mesa contestó. Por un segundo, la preocupación por el hijo dejó ver otra cosa: El recuerdo intacto de alguien que todavía no terminaba de perdonarse sus propias dudas.

Eso no significa desentenderse. Significa algo bastante más difícil. Estar cerca sin dirigir la vida del otro. Advertir cuando sentimos que hace falta. Opinar si nos lo piden. Y aceptar que hay experiencias que nadie puede vivir por otro, por más razón que creamos tener.

Mientras mi amigo seguía hablando de su hijo y de la decisión que estaba por tomar, también se me cruzó otra posibilidad, menos cómoda: ¿Y si él tenía razón? ¿Y si el golpe que veía venir era real?

Tal vez lo era.

Y sin embargo también pensé que, a veces, lo que más nos desespera de las decisiones ajenas no es el daño que pueden causarles, sino la impotencia de no poder evitar en otro el dolor que nosotros ya conocimos. Tal vez por eso algunos consejos suenan menos a sabiduría que a intento tardío de corregir la propia historia.

Pero incluso en ese caso hay aprendizajes que no se incorporan escuchando. Se incorporan viviendo.

Entonces la pregunta queda flotando: ¿Amar es proteger al otro de sus caídas o es caminar al lado, aunque no siempre entendamos el rumbo, y estar lo suficientemente cerca como para amortiguar el golpe si la cosa sale mal?

No para decir “yo te lo dije”. Sino para decir algo mucho más útil: “Estoy acá”.

Juan Tonelli

Escritor del libro “Un elefante en la habitación”, y conferencista.

www.youtube.com/juantonelli