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No hay fascismo sin militarismo

Para llevar adelante su insana ambición de poder López Obrador se apoderó de las fuerzas armadas.

. Catón

De política y cosas peores

La escultural feligresa le dijo al curita joven: “Me pasa algo muy raro, padre. El sonido de las campanas me pone romántica, y me hace desear de inmediato estar con un hombre”. El curita llamó al sacristán y le dijo: “Ya sé que son las 9:30, Velino, pero de una vez llama a misa de 12:00”. Llegó un señor al más allá, y visitó tanto el Cielo como el Infierno. (Pongo las dos palabras con mayúscula por aquello de la equidad). En la morada celestial San Pedro le ofreció al visitante un sándwich de jamón frío e insípido. Lucifer, en cambio, le sirvió en el averno un gran plato de paella con todos los añadidos propios de ese rico manjar. “Recaudo hace cocina, no Catalina”, dicen los guisanderos para significar que sin buenos ingredientes no se puede hacer un buen platillo. Tras disfrutar el sabrosísimo condumio el visitante regresó al Cielo y le preguntó a San Pedro cómo era posible que le hubiera dado un seco sándwich, cuando en el infierno Satán le sirvió aquella exquisita vianda. Explicó el apóstol de las llaves: “Pa’ los poquitos que somos aquí no me voy a poner a cocinar paella”. (Pregunto: ¿Y qué fue de las 11 mil vírgenes?). El changuito del circo le comentó a la cebra: “Ayer amanecí con calentura. El patrón se equivocó y me llevó con el veterinario del elefante. Lo supe por el tamaño del termómetro rectal”. No hay fascismo sin militarismo. Esa verdad está comprobada por la Historia, de modo que no necesita ser inscrita en bronce eterno o mármol duradero, y ni siquiera en plastilina verde. Para llevar adelante su insana ambición de poder López Obrador se apoderó de las fuerzas armadas. Difícil me es decir que las compró, pero eso sería hablar con claridad mayor. Les ofreció a los altos mandos posiciones y prebendas alejadas de su función constitucional, pero que llevaban consigo jugosas prestaciones económicas. Deber patriótico habría sido rechazar esas ofertas, pero tal deber no se cumplió, y en ese tiempo el Ejército y la Marina, lo mismo que la Guardia Nacional, pasaron de servir a México y a los mexicanos a servir a un partido político y a su caudillo. También algunos de sus jefes se sirvieron con la cuchara grande, según se vio por los ingentes casos de corrupción entre militares y marinos. Debo hacer una importante acotación. Yo estoy agradecido con esas corporaciones, pues gracias a su presencia mi estado natal, Coahuila, goza de una paz y una tranquilidad ausentes en otras entidades. Ese reconocimiento, sin embargo, no anula lo anteriormente dicho en relación con AMLO y algunos mílites de su sexenio. Igual de militarista que su antecesor se mostró este pasado domingo la presidenta Sheinbaum, cuya celebración del Día de la Mujer en el Campo Marte es una paradoja que sería risible si no fuera inquietante. El trato privilegiado que se sigue dando a los militares evidencia las intenciones hegemónicas del régimen, cuyas acciones tienden todas al fortalecimiento del maximato que sin lugar a dudas ha creado López Obrador. Dos peligros afronta México en la hora actual; uno externo: Trump, el otro en el interior: AMLO. Ahora que la mujer es igual al hombre -salvas interesantes diferencias- quizá sea posible pedirle a la Presidenta que en nombre de la Patria haga frente a esos dos riesgos, ominosos por igual. Sonó el teléfono en la casa de la señorita Himenia, célibe de 39 años repetidos varias veces. Quien llamaba le dijo: “Hablo de la clínica siquiátrica. Cierre usted bien sus puertas y ventanas, porque se nos escapó un maniático sexual”. “Ya lo sé -replicó la señorita Himenia-. Mañana se los devuelvo”. FIN.